¡AY, DON JUAN!

HACE YA MUCHAS LETRAS

¡AY, DON JUAN!

Aana Elena Díaz Alejo

 

En estos días de invocar a los ausentes, recordemos la figura portadora de una de las variantes del misterio del Amor unido a la munífica presencia de la Muerte: el legendoso libertino Don Juan Tenorio, creado por Tirso de Molina ─el mercedario fray Gabriel Tellez─, posible bastardo del duque de Osuna, circunstancia yacente bajo la actitud rencorosa del dramaturgo hacia “ciertas clases viciosas e injustas” y en el tono “amargo y negativo” hacia la vanidad de la “aristocracia muy religiosa”.

 

Tirso nace en Madrid, en 1584 –bajo el reinado de Felipe II–, pero declara su amor a Toledo. Deseoso de conocer tierras novohispanas, disfruta de nuestra hospitalidad durante dos años y, en compensación, nos dedica un par de paginillas sin mayor trascendencia. Se hace amigo de “nuestro” Juan Ruiz de Alarcón, cuya ambiciosa mirada se encaminó acertadamente hacia tierras peninsulares. De la amplísima obra de Tirso recordaremos siempre, sin lugar a dudas, El burlador de Sevilla y convidado de piedra, aparecida en 1630 como parte de una antología de dramaturgos de su época.

Tirso crea el mito del seductor. No es novedoso el tema: los cazadores de damas pertenecen a todas las épocas, y las cazadas también. De tradiciones orales y de recopilaciones regionales, Tirso espiga ciertas constantes sociales y las vehicula hacia un escenario donde recrea al pícaro experto en infamias y traiciones: ejercicio fácilmente realizable en una clase mojigata señalada gozosamente por el escritor.

 

Hoy día debemos hablar de Don Juan en dos estaciones. La primera pertenece al siglo XVII: aquí Tirso mezcla la justicia con los intereses personales y considera el perjurio como ley común en los grupos cuya convivencia con el Amor y la Muerte es verdaderamente extraña.

 

La segunda estación corresponde al siglo XIX: José Zorrilla viene a nuestra Patria a “hacer la América” (según su propia confesión), y trata de ganarse amistades importantes imitando los líricos recuentos de algunos de nuestros barrocos. En la corte de Maximiliano y Carlota es “contratado” como lector áulico y el 4 de noviembre de 1865 inaugura, con su Don Juan Tenorio, el Teatro Imperial de la Ciudad de México. Su servil pero bien pagada tarea le gana el justo y merecido desprecio de los hombres de la Reforma quienes diez años antes lo habían recibido con honores.

En México, Don Juan Tenorio encuentra asideros, despierta sentimientos atávicos, va atrevidamente hacia profundidades muy secretas… y el personaje se arraiga en tierras nacionales. El “mito”, radicado en conductas sociales, toca fondo. ¿De qué méritos goza ese matoncillo tentador de atolondradas mujeres deseantes recordado cada año desde hace ciento cincuenta y cinco?, ¿de qué se vale para retar a los muertos, convocar su presencia y ser escuchado? La idea relativa al Amor como sentimiento despreciado por cualquier barbilindo, y la concepción de la Muerte a la disposición de un insolente, son las dos ramas sustentadoras de la presencia de este personaje, ya inevitable en las carteleras teatrales y hasta en vergonzantes programas a cargo de cómicos de plazuela.

Don Juan no es un hijo amado por sus padres literarios: dotado de las peores condiciones, es un engañador nato, un amoral: sus “virtudes” mayores son su innegable poder de seducción y su magistral destreza con el florete; su máxima ambición: llevar a cualquier mujer a un lecho efímero para luego abandonarla, si bien debemos reconocer que Don Juan no es culpable único: el terreno es fértil: hay una sociedad cómplice propiciadora de las circunstancias necesarias que ambos dramaturgos nos recuerdan.

Sujeto sin valores, ni la Verdad ni el Bien ni la Belleza formaron parte de su reservorio ético o estético. Tirso parece odiarlo, pero Zorrilla transforma al malhadado galán en un sujeto portentoso en cuyos adentros se incuba el seductor por antonomasia. Indudablemente, la conducta de Don Juan expele un tufillo a impotencia masculina ─afirmaría gustoso el doctor Gregorio Marañón─, realidad siempre repudiada por un varón convencional, y tal vez por ello el personaje nos apena, si bien, ya sabemos, hay devociones lectoras proclives a la creación de antihéroes. Éste es el caso del pobre Tenorio quien, a pesar de todas sus iniquidades –o quizá por ellas ̶ , vive y goza de una fama que sobrepasa las lindes teatrales.

La fábula es muy sencilla y está basada en dos fracturas, una social y otra religiosa. En la primera, el fascinante truhán, en cuyo catálogo erótico ha incluido “Desde una princesa real a la hija de un pescador”, pretende completar su nómina con “una novicia que esté para profesar” y la elegida es Doña Inés, doncella de linaje muy alto hasta donde logra escalar el inigualable Don Juan y no tiene empacho en mancillarlo, si bien, como siempre, el terreno le es favorable.

 

La segunda fractura es el reto a la Muerte, acto imperdonable en una   sociedad católica. Así, en la segunda parte de la obra, Don Juan, pasados los años y de regreso en Sevilla, acude al cementerio a saludar a sus antepasados, contempla la estatua mortuoria del Comendador, padre de Doña Inés, y lo invita:

 

Tú eres el más ofendido;

mas, si quieres, te convido

a cenar, comendador,

[…]

y a fe que favor me harás,

pues podré saber de ti

             si hay más mundo que el de aquí

   y otra vida, en que jamás,

a decir verdad, creí.

 

El fantasma del Comendador se presenta a la cena consabida, pero sólo es visible para Don Juan. Sus amigos acompañantes han caído en profundo sueño y, al despertar, no le creen. Movido por el pundonor propio del pícaro, defiende su palabra en duelo, su último duelo. Tirso y Zorrilla asumen su muerte: ¡no quieren que siga viviendo! Pero algo sucede: Don Juan no puede morir a pesar de Tirso y de Zorrilla: la sociedad lo requiere y exige su presencia. Y Don Juan vive a pesar de sólo ser una sombra adventicia, símbolo efímero de sentimientos mal entendidos.

Confiemos en el buen gusto de las compañías teatrales de hoy para llevar a escena la obra de Zorrilla tal como él la concibió para el gusto de un público pleno de anhelos, de prejuicios, de vanidades y de miedo… ¡Y disfrutemos, entre tantas vilezas, la perennidad de los versos fascinantes, candentes y profanos, que el más famoso amante de todos los tiempos destila falazmente en el ansioso oído de Doña Inés, a la luz de la Luna y con el trasfondo del río donde chocan las barcas:

 

                                No es verdad, ángel de amor,

                                  que en esta apartada orilla

                                   más clara la luna brilla

                                    y se respira mejor?

 

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