DIANA HA PARTIDO

DIANA HA PARTIDO

Fernando Curiel

 

Mis recuerdos tempranos son los de una niña y adolescente hermosa, inteligente, líder y Reina estudiantil, inquieta, cocinera chef, con planes profesionales, de aguda responsabilidad, de recursos oratorios, atraía por la pintura que intermitentemente ejercitará, hasta sus tiempos postreros.

 

Prehistoria

Crecí entre mujeres. Mi madre, Teresa Defossé, diseñadora y empresaria de modas; mis tres hermanas, Diana, María Teresa, Guadalupe, todas a mi corazón dilectas; primas a porillo, en las ramas paterna y materna; y las nanas -recuerdo sobre todo a Ubaldina Fitz-, fieles en las buenas y en las malas. Primero murió María Teresa, “Chachis”, incapacitada desde su nacimiento, después Guadalupe, y hace poco, en este noviembre del horripilante Año de la Peste, Diana. ¿El padre? Ausente, tras una carrera de galán cinematográfico, después de una o dos películas, en picada. Fernando Curiel Espinosa de los Monteros.

Diana y yo, niños (ella nacida en Guadalajara, yo en la Ciudad de México), seguimos a la madre, en su huida conyugal, a Taxco de Alarcón (por el dramaturgo novohispano, supuestamente ahí nacido). Las siguientes fotos son del Real de Minas que encontramos: recoleto, peatonal, todavía en el despliegue del Diseño Taxqueño (plata, desde luego, Spratling y sus discípulos; pero también muebles de preciosas maderas, estampado de telas, diseños de ropa, estilizadas artesanías).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Teresa, hija de ingeniero de minas francés y madre mexicana, aunque nacida en Zacatecas (por el periplo del padre, en busca de vetas argentíferas), había vivido en Taxco infancia y adolescencia felices. Ahí permanecerá al retorno, su tienda Teresa Original marcando tendencias como ahora bombásticamente se dice; verá nacer a sus dos siguientes hijas; se divorciará y casará por segunda vez; prosperará, se retirará a su plantas y pintura y, al final, escapará de nueva cuenta rumbo al Norte. No la acompañaré, no la acompañaremos mis hermanas y yo al morir.

Mis tres hermanas

Si yo crecí entre mujeres, ellas lo hicieron en el dominante ambiente patriarcal de aquellos ayeres, y del que, ¡oh paradoja!, era excepción la madre (encabezará la primera manifestación feminista del pueblo, que acelerará el divorcio). “Chachis” morirá ajena a la injusticia y furia del mundo (a ella dedico mi libro Navaja: “A Chachis, ángel que regresa”). Guadalupe romperá el cerco y se convertirá en historiadora y notable ejecutiva académica en la UNAM. Diana, pese a sus dones, no.

 

 

No continuará estudiando, casará, tendrá sus hijos, fracasará en su matrimonio; pero cumplirá con entusiasmo el rol socialmente asignado: esposa y madre hogareñas, abuela cuando llegue el momento. La aventura empresarial de seguir al frente de Teresa Original, derivará en desencuentro, sinsabores, fractura, su salida (sin retorno) de Taxco. Yo ya me encontraba de regreso en la Ciudad de México, librando mis propias batallas.

Diana

Mis recuerdos tempranos son los de una niña y adolescente hermosa, inteligente, líder y Reina estudiantil, inquieta, cocinera chef, con planes profesionales, de aguda responsabilidad, de recursos oratorios, atraía por la pintura que intermitentemente ejercitará, hasta sus tiempos postreros. Siempre imaginé sus destinos posibles, contrafactuales, a la luz de sus talentos y preocupación por sus semejantes. Abogada, quizá en el ramo laboral, y, por qué no, diputada del PRD cuando el PRD todavía significaba algo políticamente.

Nunca cesó nuestra complicidad, y la conté entre mis lectoras. Hondo hueco deja en mi vida, ausentes su perspicacia, su chispa bulliciosa, su indomable “resorteo” púgil frente a adversidades y caídas que no fueron pocas.

Emblemática fotografía

Mañana de su boda, en Taxco. Posamos al frente de Santa Prisca, esculpida montaña de cantera. Los Defossé, los Curiel, la familia política de Diana, los Torres. Familias amigas, los Pineda, los Michelini. Teresa mi madre y su segundo esposo, Amadeo Rocha, para mí cómplice antes que padrastro (palabra que abomino, tanto como “empoderarse”). Ya en alas de la fama cinematográfica, el hermano de mi padre, Federico. Jóvenes, mis amigos, Manuel Rivera (fallecido prematuramente) y, en sus comienzos, el luego notable actor bajacaliforniano Manuel Ojeda. Veo a mis primas Patricia por tanto tiempo amada, a Gabriela, y a Roxana niña (ahora mismo talentosa escritora y entrañable amiga), hijas de Federico y Estela, hermana de Teresa. Niña también mi hermana Guadalupe. Ubaldina. En el centro de la placa, hermosa, rutilante, Diana. La vida prometiendo sus dichas y hosanas, ocultando sus venenos.

 

 

En mis constantes regresos a Taxco, desde el balcón del Bar Paco, memoro la escena.

Pendiente quedó su visita a mi Casa Jacaranda, a la vista el casco del Real de Minas, Santa Prisca, y el Barrio de la Veracruz, y ahí el domicilio familiar definitivo (hoy Hotel Santa Paula). Pero pude, dichoso privilegio, despedirme, telefónicamente, de mi admirada Diana, días antes de su partida, el cáncer ufano de su silenciosa victoria.

Suena trillado: pero descanse en paz de una vida, plácida y tormentosa, luces que se vuelven sombras que a la postre se iluminan.

Deja un comentario