SOR JUANA

Hace ya muchas letras

 

SOR JUANA

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

Como usted sabe, el 12 de noviembre ha sido llamado el Día del Libro en honor de nuestra sor Juana, la Décima Musa, la niña atípica cuya curiosidad ante el mundo la aleja de juegos y diabluras. Criolla de origen, padece estigmas demoradores de su paso, ciertamente, pero tensadores de su espíritu y fortalecedores de su voluntad: es bastarda y es pobre: lastres sociales contra los que lucha, si bien la vigorizan para forjarse metas muy altas, la mayor de ellas: el conocimiento y el derecho a obtenerlo.

Sor Juana logra el señorío de su inteligencia, y sus propios hermanos de religión obstaculizan su camino y debe “abandonar los estudios humanos para proseguir, desembarazada de este afecto, en el camino de la perfección”, dice Octavio Paz.

Mujer excepcional del XVII mexicano, Juana Inés se ubicó desde distintas  perspectivas: dama de corte, lectora, pintora, compositora, cosmógrafa, matemática, filósofa, poeta, dramaturga, traductora de lenguas clásicas, archivista y contadora de su convento jerónimo y, por sobre todo, observadora de su entorno y reflexionadora sobre la conducta humana. Su nombre es asociado a rebeldías femeniles y a actitudes impropias de su estado religioso, al uso desmedido del don de pensar: defectos graves e imperdonables para su condición. Mientras puede ejercer su inteligencia, su capacidad de observación, su poder deductivo, su agudeza crítica, sor Juana habla, escribe, discute, se defiende, se confiesa, se presenta, se luce ante América toda y ante la España misma, y urbi et orbi, deja clara huella de su propia posición. Por su obra poética, dramática y ensayística –no son otra cosa sus cartas “en defensa”−, sabemos de los hechos señalados por la historia colonial como importantes: visitas de príncipes y hombres de la política virreinal (es solicitada para festejarlos en arcos y poemas), epidemias y desastres meteorológicos (es cronista de sucesos notables), festividades palaciegas (deja en su poesía juicio y constancia de su participación), ética y moral (define, entre escenas y personajes, las costumbres, lasitudes y rigores de su época).

En su celda, Juana Inés conversa con Carlos de Sigüenza y Góngora, ilustre y sapientísimo espíritu conjurado en una Nueva España sangrada por la España ambiciosa y desmesuradamente vampiresca. Ambos vislumbran el devenir histórico: valoran, enjuician y expresan conclusiones que los confirman como los primeros espíritus avizoradores del futuro de un México independiente. Insurgente de vocación, sor Juana, desde su celda, es la primera nacionalista activa en los instantes en que las ideas liberales tienden sus prístinas ramas.

Su vida –incesante exploración de respuestas– cumple su ciclo cuando su confesor, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, con velado matiz de paternal sugerencia, le ordena callar. Juana Inés, espíritu alerta, respetuosa y obediente hija de san Jerónimo, convencida de su imposible supervivencia, acata la inclemente orden.

A la luz de nuestros días, la palabra liberación forma parte del vocabulario más actual y parece inexplicable una mansa sumisión tan estricta y destructora, cuya agresión sacude la esencia espiritual de la monja. Juana Inés enmudece, y su silencio, vergüenza mayor del virreynato, nos llega como grito revelador de ese NO de la mujer, y no de la monja, frente a su tiempo. Bajo la aparente dócil obediencia existe un profundo desprecio por un sistema medieval nulificador de la mujer, y a la luz de la posteridad, esos roles se invierten: en la mudez humillante, escuchamos la elocuente y eterna llama viva: la voz reprimida de Juana Inés cobra una sonoridad mayor a su escritura. Ella, la hija ilegítima, la pobre, la de familia oscura, la desvalida, la señalada como diferente a sus adocenadas hermanas de religión; ella, la Musa Décima reconocida en la corte de Carlos II de España; ella, Juana Inés de la Cruz, asciende a la más alta representación generacional de América como luz reivindicadora de todo humanismo auténtico.

El silencio de sor Juana es el NO rotundo y categórico a una sociedad que impedía a la mujer la evolución intelectual; el NO al estigma señalador de los hijos ilegítimos; el NO a carecer de una identidad social; el NO a la negación al derecho de saber, de inquirir, de decidir, de expresarse; el NO a las normas mantenidas por tradiciones absurdas.

La voz de sor Juana, reprimida en 1693  ̶a sólo dos años de su partida ̶, es el enérgico mensaje a los hombres y a las mujeres del siglo XXI en la palabra de quien, a costa de su vida, profesó en las mejores causas.

Condenada a muerte, sor Juana es intimada a ofrecer auxilio personal a sus hermanas durante una terrible epidemia. Y sucede lo esperado, lo deseado por las autoridades eclesiásticas: se contagia y muere el 17 de abril de 1695. Juana de Asbaje y Ramírez nace el 12 de noviembre de 1648. ¡Sea en su honor el Día del Libro!

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