DE LA INDESEABLE PERFECCIÓN

Hace ya muchas letras

DE LA INDESEABLE PERFECCIÓN

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

A mi generación se le enseñó ─en el hogar, en el colegio, en la vida social─ la importancia de la perfección: virtudes, excelencia, pureza…, y debíamos admirarlas en quien las poseía. Nosotros, infelices y débiles infantes, nunca valdríamos nada si vegetábamos ácimos de esas divinas levaduras. ¿Qué fueron, si no, el albo traje de la virgen, recamado de azahares, ante el ara del himeneo?, ¿qué la tesis defendida bravamente por el joven universitario ante un jurado, después de gran batalla verbal para recibir los honores de un título profesional?, ¿qué la monjil toca protectora de la perdida cabellera de la doncella cuya juventud habría de marchitarse entre los fríos y húmedos muros de un convento, en pos de la veneranda santidad como corresponde a una esposa del Señor? ¡Oh, Pureza!

Y esas metas nos provocaban grima: estábamos muy lejos, lejísimos (aquí entre nos, afortunadamente), de llegar a las excelsitudes que nos convirtieran en soles de galaxias inalcanzables.

Recordemos los versos de “Bellísima”, del gran poeta Eduardo Lizalde:

 

 Óigame usted, bellísima,

 no soporto su amor.

 Míreme, observe de qué modo

 su amor daña y destruye.

 Si fuera usted un poco menos bella,

 si tuviera un defecto en algún sitio,

 un dedo mutilado y evidente,

 alguna cosa ríspida en la voz,

 una pequeña cicatriz junto a esos labios

 de fruta en movimiento,

 una peca en el alma,

 una mala pincelada imperceptible

 en la sonrisa…

 yo podría tolerarla.

 

Pero su cruel belleza es implacable,

bellísima,

no hay una fronda de reposo

para su hiriente luz

de estrella en permanente fuga

y desespera comprender

que aun la mutilación la haría más bella,

como a ciertas estatuas.

  

¿Qué significa para el poeta la presencia de un “defecto” como requisito para amar a una mujer?, ¿por qué lo exige para “tolerarla”? ¿por qué su “cruel belleza” lo aleja?

El poeta necesita la certeza de la condición humana: la perfección es imposible en alguien real. Sin este importante requerimiento, ella es inefable, intangible, inexistente.

Debemos admitirlo: la impecabilidad es una abstracción y quien aspira a poseerla, aspira a la Nada: la Nada es inasequible, es estéril. Ostentar un defecto es formar parte de la Naturaleza. Ser perfecto es una entelequia: sólo la necedad nos invitaría a pretender semejante objetivo. Más aún, el compararnos con imposibles individuos inmaculados o considerarlos modelo de vida es una lamentable demostración de nuestra ceguera y de nuestra inconsistencia. Esa especie no existe. Y si la pureza –en cualesquiera de sus órdenes– se convierte en nuestra meta, reconozcámoslo: la ignorancia nos impide asumir nuestra realidad.

Sí, ya lo sé, llegan a nuestro pensamiento esos figurones cuya mirada nos contempla desde una pose ad hoc en una estampa, o integran todas las hagiografías, o conforman panteones históricos inimaginables… y, por supuesto, la sociedad ─falsa admiradora de toda virtud─ los venera. Pero tengamos en cuenta que esa veneración está dirigida a metabolismos excepcionales y que no todos los seres están condicionados por las mismas motivaciones o por la misma historia, así que… detengámonos: ¿los santos siempre fueron santos?, ¿qué me dice de san Ignacio de Loyola? ¿Los héroes están invariablemente dispuestos al sacrificio como vocación perenne?, recordemos a los adalides de tantas guerras. ¿En qué momento los actos se confunden? ¿Hasta dónde las virtudes ajenas son, sólo por eso, venerables? ¿Quién precisó las condiciones de lo perfecto? Felipe de Jesús fue en sus mocedades un chico muy malito. Hay vírgenes que no lo fueron tanto. ¿Cuál es la medida? ¿Será posible eso? Definitivamente, no lo creo.

Aceptemos nuestro propio acervo –rico o pobre– de bondad, de verdad y de belleza, y confesemos: no es creíble poseer tantos valores. Pero no suframos por ello: la carencia o el exceso no son el límite: nuestro mal ejemplo también es saludable, por lo menos puede ser modelo de las tareas no convenientes. Nuestra fealdad es indudablemente útil, siquiera como punto de comparación para el lucimiento de los hermosos. Sin nuestra falta de bondad, ¿a quién tomarían como ejemplo los oradores sagrados para sus homilías? Sin nuestras mentiras, ¿no restaríamos al mundo ciertas felicidades?

¿Ha pensado usted en la monotonía planetaria si todos fuéramos bellos?, ¿en el tedio, si todos fuéramos buenos?, ¿en la crueldad, si todos fuéramos veraces? ¿Y qué me dice del importante referente de los valores? ¿Existe la verdad sin la mentira?, ¿la belleza sin la fealdad?, ¿el bien sin el mal? Ni siquiera hay mucho qué pensar al respecto, ¿no le parece?

Pero volvamos nuestra atención hacia la “Bellísima” de Eduardo Lizalde, motivo central de estas líneas: el poeta concluye con una idea que nos invita a pensar:

 y desespera comprender

que aun la mutilación la haría más bella,

como a ciertas estatuas.

 

¿O no lo cree usted así?

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