¿AUTOBIOGRAFÍA? ¿BIOGRAFÍA?

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

¿AUTOBIOGRAFÍA? ¿BIOGRAFÍA?

Ningún ser humano es enteramente trasparente,

ni para los otros ni para él mismo…

Ningún alma, ninguna vida, puede reducirse a una biografía.

Octavio Paz, Las trampas de la fe.

¿Ha sufrido usted la tentación de escribir su biografía? Es una forma de viajar en retrospectiva, pero deteniéndonos en algunos sucesos develadores de nuestra historia, carácter y actitud estética. No se trata de fabricar “memorias” o descubrir “confesiones” o divulgar un “diario”, sino de iluminar ciertos hechos cuyo análisis ha modificado nuestra concepción del mundo. Esto es ya entrar en el terreno de la literatura: ésta es la materia prima que un artista tiene el don de convertir en el reflejo de nuestra imagen y de nuestro tiempo.

Para su mayor eficacia, la experiencia en el género, exige normas, impone métodos, mantiene criterios, propone modelos. No escribamos pensando en los grandes monumentos de las letras grecolatinas: sería peligroso si la meta es Plutarco y sus Vidas paralelas donde los personajes griegos son enfrentados con sus pares romanos; sería absurdo seguir el modelo de Suetonio en Vidas de los doce césares. Pero jamás soslayemos los grandes propósitos biográficos tan evidentes en estos libros nada ajenos al inevitable elogio: acciones notables y exaltación de virtudes. Y tampoco releguemos la hagiografía: los santos siempre han reclamado su propio cielo terrenal además del divino.

Es inevitable volver la mirada hacia el pasado para reconsiderar escenarios, precisar momentos, emitir nuevos juicios, revivir lo quizá no deseable, volver a escuchar, volver a mirar, volver a decidir, volver, volver, volver… Y para mostrar este volver de manera menos ingrata, podemos llevar en la diestra las Confesiones de san Agustín: su palabra edificante nos liberará de esas culpas cuyo peso gustamos de echarnos encima por cualquier motivo; nos convencerá de capacidades inusitadas nunca asumidas como propias; nos señalará caminos excepcionales, casi quiméricos, para llegar a posibles límites. Y, sobre todo, nos fortalecerá con una de sus más importantes convicciones: cada acto ha tenido un motivo que lo justifique.

Como la de la gran mayoría, nuestra vida es una sucesión de acontecimientos anodinos y rutinarios y conviene hacer una buena discriminación: enviar al olvido aquello no valioso ni edificante. Por ejemplo: ¿a quién podría interesarle si nos apuntaron en la lista de honor en nuestro quinto año de instrucción primaria, o si sabíamos de memoria la tabla del 12 cuando teníamos cuatro años de edad, o si nos subíamos a los árboles de la huerta para comer mangos verdes? Por supuesto, podemos subir el tono: ¿sería sustancial divulgar que cuando contrajimos matrimonio ─por primera o cualquier vez─ no teníamos la menor idea del significado de la palabra libertad?, ¿o sería conveniente dar a conocer esa patética emoción ante nuestras primeras fracturas: salir de casa quizá para siempre, firmar la primer acta de divorcio, aguantar a pie firme las primeras ausencias? Y más cositas como éstas, verdaderas parvedades a la hora del recuento. Menciono esas “primeras veces” por tener un valor de situaciones “especiales”. En las segundas o en las terceras de lo que sea ─usted lo sabe─, la experiencia nos enriquece y nos respalda, adquirimos práctica, curtimos la piel y enfriamos la razón hasta lograr un estado levitante de serenidad equiparable a la contemplación de una película de Walt Disney, algo así como un ir y venir de lo visto, revisto y requetevisto (no se alarme, la Academia de la Lengua autoriza estas expresiones). ¿O acaso no opina usted lo mismo?

Y usted dirá: ¡Pero YO he vivido mucho! Y a coro, todos los hipotéticos lectores le responderán: ¿Y quién no? ¡Pero YO he amado tanto! ¿Y quién no? ¡Pero YO he llorado demasiado! ¿Y quién no? ¡Pero YO he luchado grandemente para triunfar! ¿Y quién no? Y así podríamos continuar la innumerable relación de lo ya vivido y vivible por la humanidad entera por los siglos de los siglos. Por esto mismo habremos de ser selectivos, ¿estamos de acuerdo?

Pues adelante, a desmenuzar la vida, a apretarla como si fuera ejercicio yoga ─si no duele, no sirve─, para arrancarle hasta la última gota de sus primordiales jugos, proceso inevitable en esta investigación cuyo análisis nos concederá la cédula de personajes de nuestra autobiografía…sin olvidar sus delgadísimas lindes con la biografía y su hermandad con los retratos. ¿Qué me dice de esas sucintas y eficaces pinceladas de Cervantes cuando describe a Don Quijote: “era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza” Y allí ha permanecido. ¿Lo está usted mirando?

¡Qué importante es la apercepción de quien plasma en un lienzo o en una página en blanco el conocimiento exacto de un instante y, cuidadoso cronista, lo fija como en una fotografía, como en un cuadro. ¿Recuerda el Entierro del conde de Orgaz, del inmortal Greco?, ¿y al Byron, del perspicaz André Maurois?, ¿y al Conde-Duque de Olivares, del magnífico Gregorio Marañón?, ¿y al Goya salido de la pluma sin par de Ramón Gómez de la Serna?

Toda biografía es un retrato; todo retrato una interpretación de quien lo realiza. No cabe duda: labor de artistas.

Definitivamente, con san Agustín y sin él, YO no quiero hacer mi autobiografía… ¿O usted sí?

 

 

 

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