EL TÉMPANO DE HIELO

Hace ya muchas letras

 

EL TÉMPANO DE HIELO

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

¿Recuerda usted a Ernest Hemigway (Illinois, 21 de julio de 1899-Idaho, 2 de julio de 1961)? Estoy segura, usted leyó Adiós a las armas (1929), Muerte en la tarde (1932), Por quién doblan las campanas (1940) y su inolvidable El viejo y el mar (1950). Pues recordemos juntos una de sus propuestas teóricas más importantes.

En la entrevista de George Plimpton a Hemingway, recogida con las aplicadas a otros autores en El oficio de escritor (México, era, 9º reimpresión, 2002), el novelista afirma que toda obra narrativa conlleva dos historias acopladas y dependientes una de otra: ambas integran algo así como un témpano de hielo. En la punta de ese témpano aparece la historia inmediatamente visible, la que sobresale en la superficie del mar, la fábula que siguen los personajes, la que todos vemos: sólida, clara y cuya urdimbre es inobjetable. La otra, origen y razón de la que aflora, es sólo del dominio del narrador y sólo es percibida por el lector suspicaz en una lectura cuidadosa: es la bomba de hielo pétreo subyacente bajo la serena e imperturbable superficie del mar: esta poderosa infrahistoria genera el modus de las interrelaciones humanas: las ramificaciones del odio, el sabor de la amargura, el dolor de las fracturas emocionales, la rabia de las ambiciones frustradas, las lágrimas de las esperanzas fallidas. Su valor artístico es evidente: conduce hacia el ser humano en su propio caldo de cultivo, y brinda al escritor los temas dignos de ser iluminados por el cristal de su mirada. En el develamiento de esas oscuridades, el narrador, dueño de la policromía de su paleta, ofrece su visión del hombre y del mundo.

Estamos de acuerdo: la sustancia de toda novela no está en la trama que siguen los personajes ficcionales, sino en la interpretación que debemos hacer de lo usualmente no expresado: el universo abisal del mundo exterior. Las insulsas “vidas color de rosa”, los aburridos y falsos “amores felices”, los absurdos e irreales entes dichosos no interesan a ningún lector, a no ser que esas apariencias encubran complejas y riquísimas hondonadas merecedoras de una agudísima lectura. Si no es éste el caso, esos personajes no son sugestivos, no poseen una realidad que los sustente, no pueden participar de una obra narrativa.

Hemingway, observador nato, lo sabía: el buen éxito de una novela radica en la apercepción total que el escritor ejerce sobre todos los elementos integrantes de ese “témpano de hielo”, tanto en su indubitable presencia exterior como en su parte oculta.

¿Y qué podríamos hacer para lograr “una lectura experta” y disfrutar de los móviles de cada historia exterior? Quizá nos convendría comprender nuestra actitud personal ante el entorno e intentar saber de qué y cómo está urdida la base de nuestro ser, la que dejamos a la vista y la que celamos hasta de nosotros mismos. Es obvio: no podemos andar por ahí mostrando las entretelas de nuestra conciencia, pero debemos penetrarlas, con férrea honestidad, y asumir su presencia. Intentar descubrir nuestro inframundo es primordial para el ejercicio lector, pero es una práctica ineludible para el buen éxito de un narrador. Y creo, muy personalmente, que este encuentro con nosotros mismos no sólo nos auxilia en la iluminación de las líneas de un libro… también puede ayudarnos a ejercer otros conceptos de la palabra lectura.

Narrar es abrir una granada hermosa y firme, cuya belleza sólo comprenderemos al contemplar en sus adentros las mil gotas de vida encapsulada, metáfora sugerente y reveladora de nuestro modus en los momentos de crisis.

La escritura de Hemingway revela el magistral conocimiento de esos “témpanos de hielo”, explicación y fortaleza de sus historias donde cada línea es una invitación a introducirnos valientemente, sin escafandra, en sus profundidades. ¿O no lo cree usted así?

 

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