M A G N Á N I M A S   M I N U C I A S

Hace ya muchas letras

 

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

M A G N Á N I M A S   M I N U C I A S

El buen éxito en la vida no es el que conduce nuestro nombre hacia una luminosa y espectacular marquesina. ¿Está usted de acuerdo conmigo? Entonces convengamos: triunfar es un proceso construido con la eterna arenilla proveedora de los insomnios y de los sueños acompañantes del pasar por el mundo y vivirlo y apreciarlo exactamente de la manera como lo hacemos.

Si usted y yo pertenecemos al grupo de los caminantes urbanos en esas horas aún húmedas después de una llovizna generosa y refrescante, cuando la ciudad desprende de sus baldosas un olor a barro y a piedra y a verde y a quimeras, ¿qué puede brindarnos mayor goce que una taza de café conversada con un buen amigo o una película comentada en el bar con los cinéfilos más agudos? ¿Y el deleite prodigioso al escuchar la voz de un tenor jugueteando con florituras inusitadas, a pesar de ser más devotos de Wagner y menos de Verdi? ¿Y el poder entrar en un magnífico jardín boscoso, esplendente de vida, cuyos rumores acrecen a cada momento sobre la sonoridad de las hojas? ¿Y el tembloroso calosfrío de la magia al encontrar a viejos condiscípulos y rescatar del pasado a los admirados maestros o a los libros leídos al alimón para cumplir con las tareas literarias?

Recuperar el tiempo, respirar la ciudad, disfrutar de todo eso que aún nos conmueve: no huir del mundo. Esto será derrotar a la desdicha, alejar la fatiga de existir, esperar el nuevo instante a la vuelta de cualquier segundo: el buen éxito es la pervivencia del ser en la propia memoria y en el entorno; la contemplación renovada de los pasos de cada día al recibir el saludo de las flores enseñoreadas en el jardín deseantes de la ducha matinal; sonreír ante la silente mirada de nuestro gato, al regreso matutino por su dosis de afecto: él sabe que para eso estamos ahí. Y el “saber que alguien sabe”, ¿no es haber cimentado bien el camino?, ¿no es una mínima dosis de inmortalidad?, ¿no es una perla de tiempo engastada en un arillo de laurel?

¿O prefiere usted pasar por la vida perseguido gozosamente por una cauda de asistentes implacables?, ¿o gusta de llegar a su relegado lecho a recuperar fuerzas y descubrir la presencia amenazante del teléfono cuyo chillido pronto entrará velozmente en su sueño y le arrebatará la paz?, ¿o le encanta el barullo de los compromisos sociales inaplazables sin concederse la delicia de un buen coñac con alguien “de su entrañable confianza”?

Sí, lo sé bien, algunos necesitan las luces torrenciales del escenario citadino, otros están urgidos por el flash inesperado, unos más viven sensualmente agobiados por esa vocecilla interior exigente del sitio principal. Sí, hay quienes aman los reflectores sobre sí mismos, hay quienes gustan de respirar en tensión perenne. Afortunadamente, usted y yo tenemos bastante con el diario viajar de puntas por el filo de la vida pero a sabiendas de contar con nosotros mismos e intentar, de vez en vez, poner orden en la vida –no demasiado, por supuesto– y reconocer las faltas –pero también los aciertos– y retejer las ilusiones cotidianas: somos dueños de un caudal de minutos para conversar con ese yo a quien muchas veces no deseamos oír. Y con todas estas minucias, estoy segura, triunfamos en la vida, ¿o no lo cree usted así?

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