TEATRO PANDÉMICO

TEATRO PANDÉMICO

Eulogia Crespo

 

La extraordinaria pintora Liliana Mercenario Pomeroy, me declara su amistad, que tomo al vuelo, y me pregunta mi juicio sobre el “holocausto que viven los animales y las especies amenazadas por nuestra estupidez, avaricia y falta de compasión”. De escándalo, indignación y furia, le contesto puntual. Y sobre entiendo que entre las “especies amenazadas”, o comparables, se cuentan las de las plantas, las piedras, las flores, las formaciones coralinas y, quiero imaginarlo, aquellas Ciudades cultivadas por la historia y maltratadas por sus actuales pobladores (depredación que por el momento inhibe la pandemia, aquí sí “como anillo al dedo”).

 

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No soy ama de mascota alguna, perro o gato. Ni tengo peceras, ni pájaros cantores (aunque con emoción, recuerdo de mi infancia, hileras de jaulas musicales).  No han faltado quien me encuentre perfil para que me haga de un felino, pero, confieso que no distingo entre un siamés y un turkish van, o entre un tiffante y un ragdoll, de acuerdo a los nombres que estos sí me he aprendido, mencionados por aquellos que me recomiendan semejante compañía. A lo que no soy indiferente, es, a la falta de compasión, por la parte humana, a su hermana animal. Salvo claro, y disculpo la redundancia, excepcionales excepciones. Brutal indiferencia a esos regalos de lealtad, presencia, retozo. ¿Y a cambio de qué?  Correspondencia, amor de iguales, atención, cuidados. Nada más. A un mero accidente, debemos achacar el esguince de Joe Biden, jugueteando con su perro.

 

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De todo tipo de reivindicación, exigencia, se está ocupando el ser humano. Contra la discriminación racial, contra la violencia hacia las mujeres que acaban por lo general en feminicidio, contra el abandono del gobierno de sus deberes culturales, contra la homofobia, etcétera, etcétera. Inclusive me entero, de un movimiento gabacho contra la preeminencia blanca, a lo “Llanero Solitario”, en el mundo cow boy. Cuando en realidad hubo, y hay, entre la población afro-americana, virtuosos jinetes. Pero, otra vez descontadas excepcionales excepciones, ¿por qué no cunde, hasta volverse universal reclamo, la defensa (cito de nuevo a Liliana) de “las especies amenazadas por nuestra estupidez, avaricia y falta de compasión”?

 

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Juro que no acaba de, reconocerse, de asimilarse, que lo del Covid-19, es una bofetada que la Naturaleza, tan expoliada, objeto de auténtico mal trato (¿no se está acabando el Amazonas, con el consentimiento del presidente de Brasil, por abuso de la deforestación), nos devuelve rabiosa. Y si compasión es comprensión, deberíamos empezar por casa. Compadecer, comprender, que perros, gatos, arbustos, maravillas pétreas marinas, abusadas ciudades, son nuestros prójimos.

 

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Gracias a la pintora, y colega de PUÑO ELECTRÓNICO, nueva amiga, y a todos los que, como ella, ven a la Tierra, hoy por hoy ella misma en peligro, como espacio compartido, animado, por todo tipo de seres.

 

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