Chejov

 Chejov

Elena Escalante Ruiz

El 11 de julio de 1890 el médico Antón Pávlovich Chejov desembarcó en la colonia penitenciaria de Sajalín, en el archipiélago del mar de Ojotsk, o mar del Japón. La travesía desde Moscú le tomó tres meses y fue tan riesgosa como interminable: un clima inclemente, barcos de vapor y desvencijados coches de postas. Todo esto en contra de la opinión de su familia y amigos, quienes pensaron que el viaje era “una locura, una obstinación, una extravagancia”,[1] pues nunca comprendieron sus verdaderas razones para emprenderlo. Como bien explica a su amigo Alekséi Suvorin, en una carta fechada el 9 de marzo de 1890: “Sólo deseo escribir doscientas o trescientas páginas y de ese modo saldar una deuda que he contraído con la medicina, con la que, como usted bien sabe, me he portado como un cerdo.” Apenas desembarcó, Chejov envió un telegrama a su familia: “He llegado. Estoy bien.” Todo esto lo sabemos gracias a las cartas que envió a familiares y amigos y que, afortunadamente, aún se conservan.

Para algunos biógrafos y críticos, las razones dadas por Chejov para emprender tan aventurada empresa no son del todo claras y especulan con otras: las verdaderas. Una de ellas es el libro Memorias de la casa muerta (1860), basado en los horrores que su autor, Fiódor Dostoyevski, vivió a lo largo de los cinco años que duró su condena a trabajos forzados en el penal siberiano de Omsk. Vivencia que, sin duda, marcó un punto de inflexión en el genial corpus dostoyevskiano.

Recordemos que, para entonces, Chejov ya era un autor reconocido. Dos años atrás, en 1888, había recibido el premio Pushkin por su colección de relatos En el crepúsculo (1887), y quizá comenzaba a plantearse la idea de dedicarse por completo a la literatura. Desde esta perspectiva el viaje a la colonia penitenciaria de Sajalín parecería atractivo debido a dos motivos fundamentales: ejercer la medicina y conocer la verdadera realidad de los exiliados políticos y presidiarios, en busca de un punto de vista objetivo como estímulo para su trabajo. Todo esto, por supuesto, es mera especulación.

Durante tres meses Chejov permaneció en Sajalín y pudo conocer el sufrimiento en sus aspectos más crueles. A su regreso a Moscú, escribió a su amigo Suvorin: “… lo he visto todo, a excepción de una ejecución capital [ ] … la impresión que me ha dejado el viaje es bastante penosa. Mientras estaba en Sajalín sólo sentía en mi interior un sabor amargo, como después de haber comido mantequilla rancia; ahora, en cambio, Sajalín se me aparece en el recuerdo como un verdadero infierno.”[2]

Los cientos de páginas que el medico Antón Chejov escribió sobre la colonia penitenciaria de Sajalín, son accesibles a cualquiera que desee conocer los aspectos más oscuros de la condición humana. Paradójicamente, Chejov nunca consideró [3]La Isla de Sajalín, una verdadera obra literaria.

 

 

 [1] Carta dirigida a Alekséi Suvorin (editor de Tiempo Nuevo), con fecha 9 de marzo de 1890.

[2] Carta con fecha 9 de diciembre de 1890.

[3] La isla de Sajalín se publicó en su totalidad en 1895. En 1893 apareció de forma periódica en la revista El Pensamiento Ruso. Los capítulos XX-XXI fueron censurados.

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