DESEMBARCANDO EN MONTEVIDEO

DESEMBARCANDO EN MONTEVIDEO

Fernando Curiel

 

Para Elena Escalante

 

Uno. Entre los efectos desalentadores de la Peste, que repunta inmisericorde, está la prohibición del viaje, no importa la paradoja de que se viaja para regresar al punto de partida y de que, apenas se regresa, se prepara de nueva cuenta la maleta. Saciada la curiosidad europea, volví los ojos a América, y polos opuestos, en el Norte, Nueva York, Babel, tumba del Rey King Kong y su amor imposible, y San Antonio de Béjar, tan constantemente mexicana (le atribuyo, más que un estilo Cecil B. de Mill, un estilo Cecil B. de Maya).    

Dos. De Centro América, regresaría a Antigua, hermosa, al borde de deshacerse a causa de su subsuelo sísmico, y, si cayera el tiranuelo Daniel Ortega, por supuesto a Managua, no menos amenazada por temblores (el de 1972 casi la devasta), y donde viví una larga temporada al cargo de la puesta en marcha de un proyecto, un Instituto México que se redujo a polvo, compensado por el descubrimiento de mujeres y hombres extraordinarios. Ya entrado en gastos, visité León, tumba de otro Rey, Rubén Darío, y Granada, ciudad esta imborrable.

Tres. De las ciudades conocidas del Cono Sur, de tres guardo encendida memoria. Río de Janeiro, delirio de Morros, vegetación, favelas, mar y una pequeña laguna que por goteo lo alimenta; Buenos Aires y Montevideo, de prosapia europea. Aunque frente a la magnificencia de la Gran Buenos Aires, me gana la predilección por Montevideo. Breve, recoleto, de históricos cafés que resisten el paso del tiempo; lo más cercano a la pequeña Ciudad de México de los 30’s y los 40’s. En mis visitas, me trasladé por el Río de la Plata, esa otra pampa a la que infamaran los siniestros “vuelos de la muerte”.

Cuatro. Dos sucesivas lecturas, la de Shakespeare Palace, de Ida Vitale, y Julio Cortázar, de Cristina Peri Rossi, si bien experiencias en ambos casos del exilio de las autoras, por culpa de la dictadura militar uruguaya, me devolvieron a mis desembarcos en el puerto de Montevideo, mis paseos por la ciudad concentrada, la visita al barrio de Cerritos y al edificio donde Marcha mantuvo la llama de la crítica (con el tiempo, Carlos Quijano, su director, y Juan Carlos Onetti, su secretario de redacción, amigos dilectos), y el virtuoso encuentro entre las selecciones del Uruguay y de Brasil en el Estadio Centenario (cortesía del querido  Héctor Orestes Aguilar).

Cinco. Me ocupo por ahora, en exclusiva, del primero de los libros citados, no sin subrayar que el breve ensayo sobre Cortázar, brinda, como las cebollas, numerosas capas. Amén del conocimiento del autor que re etiquetara, sobre todo en Rayuela, a París (observación de mi autoría), en la época de su reconversión revolucionaria (Cuba castrista, El libro de Manuel); la sorpresa de una amistad epistolar, caminante de ciudades, total, entre Cristina y Julio, que éste último corona con una serie de poemas a ella dedicados, escudriñadora de recovecos íntimos tanto de la Musa como del poeta.

Seis. El libro de la también uruguaya Vitale, discreta poetisa y crítica, de súbito trasladada a la fama literaria por el premio Princesa de Asturias, premio de consagrar (la mala leche jura y perjura que el cambio de género de la presea, de Príncipe a Princesa, fue una enmienda a la pifia del jurado de haberlo otorgardo, en el ramo novela, a una periodista todo menos que novelista mayor), traza su destierro a México (en definitiva, dejo exilio para los cortes radicales, empezando por el idioma), entre 1974 y 1984. Al que seguirá el exilio, este sí, en Austin, Tejas, y, definitivo, el regreso al Uruguay.

Siete. En caleidoscopio, desfilan incertidumbres primeras, aquel México tercermundista puro pico, el amparo laboral de El Colegio de México camino a su nueva sede, los domicilios (el bautizado Shakespeare Palace, en Anzures, el de mayor hondura en el recuerdo), la incorporación de su pareja Enrique Fierro, la aclimatación de todo orden, un episodio en el que, un poco más y se estrellan contra su “vocho” tres compatriotas indígenas llovidos de un puente del periférico, las nuevas amistades (en mi vida personal, unas bienquistas y otras nomás no), saudades, nostalgias, momentos de deslumbrante prosa poética.

Ocho. En México, a quien traté, todo simpatía y bonhomía, fue a Enrique. Pero la vida me brindaría, en Austin, la fortuna de una tertulia con Ida y Enrique, Belem Clark y otra pareja para mí entrañable, la formada por Miguel González Gerth y Tita Valencia (protectores de mi sobrina Aura Estrada en sus tiempos tejanos, y en cuya, boda, la de Tita y Miguel, la haríamos de padrinos Vicente Quirarte y yo).

Nueve. Encuentros memorables, bajo aquel cielo temperamental que podía cambiar de humor cuando menos te lo esperabas. Se desplomaba en aguaceros o en ardor playero. O leí mal, o en el ejercicio de memoria de Ida, se escapan Miguel y Tita. Me sorprendió. El caso es que, en uno de sus viajes a México, de ambas parejas, se me dio la suerte prolongar, una noche, en mi “bunker” de Copilco el Alto, los encuentros de Austin.  Obran fotografías.

Diez. No niego, sólo eso faltaba, que, en algún punto de este no futuro, se abriera un hueco, un pasaje que entreverara pasado y porvenir, y me viera salir de nueva cuenta del departamento bonaerense de Noe Jitrick y Tununa Mercado, para dirigirme al puerto, abordar el batiscafo y emprender la navegación infinita por aguas terrosas hasta no divisar, fin de viaje (pero inicio de la cuenta regresiva del retorno), el puerto, sin aspavientos de gran tráfico, de Montevideo, República del Uruguay.

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