AMIGOS DE TEMPORADA

Hace ya muchas letras

 

AMIGOS DE TEMPORADA

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

Mire nada más con qué frase tan comprometedora he iniciado esta columna, pero en estos días la ciudad vive una especie de fiebre de “amistad” y de obligaciones “oficiales”: listas para las cenas, para los regalos de Navidad, para los de Reyes, y tener en cuenta a quién se le obsequia esto y a quién lo otro. Qué terrible situación. Es claro, hay voces cuyos caminos se entrecruzan peligrosamente: la palabra amistad es una de ellas: casi tan difícil de definir como la palabra amor. Y sobre esto hay sus pros y sus contras. Algunos dicen: “un amigo es el familiar que nosotros hemos elegido” (cito aquí la palabra familiar en el sentido de consanguinidad y no en el etimológico de sirviente). Y no falta quien afirme: “los amigos son los ladrones del tiempo”. Cicerón aseguraba: “la amistad brilla más entre iguales”. Diderot, siempre realista, estaba convencido: “todos quieren tener amigos y nadie quiere serlo”. Debemos precisar algunos puntos: a la amistad se le han adjudicado ciertos requisitos: agenda libre, paciencia y algunas virtudes propias de los benefactores profesionales, expertos en trances patéticos y conocidos con el húmedo título de “paño de lágrimas”, y ya conoce usted el destino de esas prendas. Esta circunstancia hizo exclamar a Rousseau: “No conozco mayor enemigo del hombre que el amigo de todo el mundo”. Indudablemente, se refería a esos intolerables y “encimosos” saleros de todas las mesas (ingratísimo localismo mexicano ni siquiera incluido en el Diccionario) y exigentes del agradecimiento por sus mieles no solicitadas. Y no se diga de los dotados de un invisible hisopo amenazante en disponibilidad permanente de otorgar bendiciones.

Como en el caso del Amor, para hablar de la Amistad es necesario tener muy en cuenta la experiencia personal y, naturalmente, asumir las particularidades de nuestro carácter. No todos gustan de pasar su tiempo en el ejercicio social, ni están capacitados para la sonrisa perpetua con o sin sentimientos amistosos, o para la disponibilidad irracional esperada al amparo de la buena convivencia. Aceptemos, la amistad no es eso. Hay quienes suelen vivir en solitud y disfrutan a raudales de su propia compañía. Y usted me dirá: ésos son los egoístas. Y yo le contestaré: ¿Y quién no lo es? Respetemos esas vocaciones.

Y cito otra vez a mi venerado Diccionario de la Academia: “la amistad es un afecto personal puro y desinteresado compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. ¿Y cuál es la medida para su conservación? Definitivamente: la concepción individual del mundo, la capacidad de reconocimiento de las propias fallas, la tolerancia de las fragilidades ajenas, entre otras actitudes necesarias para el equilibrio y supervivencia sociales.

Yo no podría afirmar con Cicerón, por muy Cicerón que sea, lo de: “el amigo verdadero se prueba en la desgracia”. Oiga no, ese principio me condenaría a ser la cuidadora vigilante de mis amigos para mantenerlos ajenos a todo mal y pasar con ventura el examen de amistad. ¡No, por todos los dioses! Yo deseo la felicidad de ellos porque los amo, y nada más, no para presentarme como una gran amiga.

Sí señor, ya podrán venir todos los clásicos a pontificar sobre el tema, siempre gustaré de la presencia de las personas con quienes puedo disfrutar horas interesantes y felices ante los dones, materiales o espirituales, obsequiados por nuestra Madre Naturaleza, y construir proyectos gratos para elevar nuestros espíritus e intentar ser mejores en todas las formas de la Vida.

Las organizaciones sociobenefactoras, las dirigentes de los llantos comunitarios, las organizadoras de apoyo a las víctimas de los desastres, etc. son relaciones de trabajo social o de débito político, laboral, académico, científico o religioso y cumplen con objetivos y principios preestablecidos. En cuanto a nuestros problemas personales, estoy plenamente segura: son “nuestros” y no debemos infligirlos a quienes nos obsequian su presencia y su sonrisa. ¿O sólo buscamos posibles agentes de nuestro bienestar?

Por favor, dígame: ¿tengo razón? Si no es así, debo aceptarlo: he sido muy mala amiga, sin que eso me niegue mi capacidad de colaboradora responsable en otra clase de compromisos. O, ¿qué opina usted?

Gracias, amigo, por su lectura. Le deseo Navidades gratas, bellas, plenas de felicidad. Hasta pronto.

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