AMOR CIUDADANO

Hace ya muchas letras

AMOR CIUDADANO

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

Para comprender a Platón en sus plurivalentes diálogos, conviene empezar por el de Fedro, cuya excelencia de estilo ha inclinado a sus estudiosos a considerarlo, después de “El banquete”, como uno de sus principales escritos. Ambos diálogos van casi de la mano en cuanto a su preocupación por el Amor y por la Belleza, temas aún contemporáneos cuya hermandad ha sido eterna. No cabe duda: todas las relaciones posibles en el mundo marchan ligadas al Amor.

¿Podríamos afirmar que el Amor y la Belleza suelen confundirse en el justo momento en que la admiración se hace suprema y surge la devoción? Tal vez. Cada uno de nosotros se rige por los cánones heredados de una cultura familiar, de una clase social, de una educación e instrucción específicas, además de la dosis íntima de las preferencias aportadas por nuestra historia individual. Es difícil precisar ambos términos: el propio Platón rehuyó esa tarea. Pero la manía encasilladora, pragmática, que nos persigue siempre en busca de pesos específicos, nos impide llegar a lo esencial, y nos obliga a no creer en el Amor y en la Belleza como sustancias inefables.

Foto: Octavio Olvera Hernández

El carácter primordial de estas dos emociones –¿sentimientos?– ha dado lugar a su irradiación hacia todos los puntos de nuestra existencia y de nuestro entorno. Quizá por esto, Amor y Belleza son voces aplicables a la Naturaleza, a las personas, a los animales, a los objetos, ¡y a las ciudades! Sí, ¡a las ciudades! Ellas nos brindan el hábitat munífico de nuestro ser, nos ofrecen un estilo de vida, nos guían en la manera de pensar y de sentir y de comprender el mundo. Ellas guardan en cada uno de sus poros el recuerdo de nuestros pasos –triunfos y desdichas–, pero también conservan la huella del desamor, del desinterés, de la ignorancia.

Foto: Octavio Olvera Hernández

Sócrates prefirió beber la cicuta antes de ir al exilio y no ver más a su amada Atenas. Ciudadano ejemplar, amaba a su ciudad como a la madre generosa cuyo cobijo le había concedido amor y fortaleza. Cada una de sus baldosas conservaba el resonar de sus sandalias. Cada rincón le había ofrecido perspectivas gozosas de su maravillosa arquitectura. Y así cada plaza, cada edificio, cada piedra… siempre bienamados.

Pero hay ciudades, ¡pobres ciudades!, cuyos hijos no son amorosos. Busco y rebusco y no hallo los motivos de este increíble e inexplicable desamor. ¿Por qué hay ciudades victimadas por la inverosímil confabulación entre autoridades y ciudadanos para el común desprestigio? ¿Cuál es ese maligno placer de saberla mala, sucia, negativa? ¿Por qué convertir en ideario casi único y repetitivo las desgracias sociales?

Foto: Octavio Olvera Hernández

¿No sería mejor tener en cuenta los propios bienes, reconocer las victorias logradas, sabernos enamorados de nuestra ciudad y dar lustre a su fama y a su belleza ante el mundo? Por supuesto, necesitaremos la guía exacta de nuestra Historia y de nuestros pasos en el tiempo, la asunción de nuestros errores y de nuestras debilidades para luego, con firmeza y con amor, contemplar nuestra ciudad y responsabilizarnos de ella.

Es inevitable recordar aquí el prontuario básico del ars amandi de Erich Fromm: no hablemos de amor si no somos capaces de conocer, de cuidar, de respetar y de responsabilizarnos de quien decimos amar. ¿Verdad que estamos de acuerdo?

Foto: Octavio Olvera Hernández

No lo invito a amar a nuestra ciudad: usted ya la ama; lo invito a amarla mucho más, mucho, muchísimo más: ella es nuestro nido, nuestro presente, nuestro pasado, nuestro futuro, nuestra historia, nuestra vida y nuestra muerte. ¿O no lo cree usted así? ¡Claro que sí! ¡¡Salve, Gran Ciudad de México!! ¡¡¡ 2021 te colme de ventura!!!

Foto: Octavio Olvera Hernández

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