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Claudio Acevedo

Propincuo follower:

Con mis votos por otro año de sobrevivencia, le platico mis últimas peripecias. A una de mis vecinas en el edificio de Picacho, joven africana que ha descubierto a México como su segunda patria, y ama a sus tres cachorritos perrunos como a las niñas de sus claros ojos, le pedí el favor de hospedar a mi Moroleón, los cuatro días con sus noches que me refugiaría en mi paradisíaco rinconcito del Estado de México (no revelo más); Estado al igual que el Distrito Federal (que según he leído, seguirá siéndolo mientras aloje a los Poderes Federales), en manos de la Peste.

De la depresión de Vicky, mi bici, hice de tripas corazón. De plano.

Apurado como ando, de recobrar las noticias de mi país tantos años olvidado, metí en mi macuto, los tres tomos de la desmadrosa pero documentadísima Tragicomedia mexicana de José Agustín, el venenoso Estilo personal de gobernar, de Daniel Cosío Villegas, y La semana de colores de Elena Garro.  Escritora que al tiempo que más me gusta más me intriga.

Y le di días de asueto a mis computadoras.

De regreso, invité a comer a mi encantadora y solidaria vecina, y a sus cachorros claro está. Moroleón, ofendido hasta el rabo por mi ausencia, ni siquiera me peló, y cuando la invitada y sus cachorros se despidieron, intentó seguirlos. Del estado de ánimo de mi bike, para qué le digo.

Ya a solas, conseguí atraer la atención de Moro, contándole el cuento de la Garro, “El día que fuimos perros”.

Dos niñas, Eva y Leli, permanecen en la casa, mientras la familia huye del calor (¿Iguala?) a la Ciudad de México. Todo se trastoca. Ellas deciden convertirse en perros, Cristo y Buda por nombres, y se echan junto al perro real, Tom, que las acepta como sus semejantes. Viven días paralelos, que en ocasiones se invaden, beben agua como perros y comen comida de perro. Escapan a la calle, Tom, impedido por la cadena, no. Observan, perros, cómo un hombre mata a un semejante (“¡Cabrón!”), escena cotidiana. De regreso a la casa, recobran su forma humana.

Lo conseguí. Moroleón se echó a mis pies.

Decidí, por la noche, ponerle a Vicky, ¨Ladrón de bicicletas”. Luego le digo, follower, cómo me fue.

Por ahora, permítame compartirle, para alimentar mi nostalgia británica, a Abbey Marie Clancy (@abbeyclancyoficcial), modelo que me recuerda a no recuerdo qué actriz que conocí en no recuerdo qué cena de cineastas londinenses.

¡Buen año!

 

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