AMOR COVID

 

AMOR COVID

Fernando Curiel

Lo cuento tal y como me lo contaron…

 

I

En la lluvia de mensajes, en línea, del Año Nuevo, se reencontraron, manifiesto azar, por WhatsApp. Ella —primero las damas—, en Puerto Vallarta, de vacaciones con dos amigas; él, en Monterrey, visitando a un amigo de los entrañables, al que intentaba sacar del profundo hoyo de la depresión. ¡Años, titipuchal de años, que no sabían uno del otro!, pensaron al unísono al descubrirse, por error de alguno de los dos, o del sistema que no es tan matemático como baladrona. Arrojada por quién sabe qué Divinidad, te asalta un rostro del pasado. Pero ahí estaban, en la diminuta pantalla, culpables, ansiosos. La entrecortada impensada charla, más de silencios y miradas que de palabras, saltó hacia atrás y hacia adelante. Diez años habían pasado. Pero ahí estaban, conectados por encima del territorio, mandando al diablo confinamientos, cambios de luz del semáforo sanitario, diseñado por un tal experto en vialidad mortuoria, López-Gatell. Sorpresa, para ella, del mismo rostro medio moro, de perfiladas facciones, aunque menos crespo cabello, y la barba canosa, pero la misma voz timbrada, y ya imperante la mirada melancólica. Para él, confirmación del bello rostro que lo subyugara, moderno camafeo; los carnosos labios, resueltos en leves arrugas en las comisuras, huellas de la vida que se gasta. El milagro se logró con el solemne compromiso, si sobrevivían a la peste, de comer, al retorno a la Ciudad de México, en el departamento de él, en la Condesa, calle de Tamaulipas. Había presumido a su fámula —empleó la expresión Colaboradora— como excelente cocinera. “¡Como de todo, aunque me he vuelto moderada vegetariana!”, dijo ella sin fanatismo. Lo que, a él, deleitándose en ese preciso momento con uno de los perfectos asados de su viejo cuate, preparados en un jardín resguardado del sol regio, le encantó. ¿Colgaron, se puede seguir diciendo así? Colgaron, pues, como se intenta apagar una intensa llama.

Y sobrevivieron, y el día llegó, a finales de enero de 2021, miércoles. Arribó puntual, delgada, augusta pero cimbreante, hermosa pese al cubrebocas. Él ya le aguardaba, también embozado, en el cajón para visitas que rentaba. Los costados tocándose, el viaje en el ascensor al séptimo piso, lo pensaron, observándose de soslayo, viaje al Cielo.

Él abrió la puerta, la invitó a pasar, llamó a su asistente entrada en años, provista de cubrebocas y mascarilla al igual que servicio de capitanes y meseros de La Taberna del León, uno de los restaurantes favoritos de su “Señor Amo”, como anacrónicamente lo llamaba, pese a la incomodidad de éste. Presentaciones. Singular conjunto humano. Condujo a su invitada a un sofá tipo Chester —uno de sus lujos—, y se sentaron ambos, separados por la bolsa de ella, de la que extrajo una coqueta botellita con gel antiviral, que compartieron. El anfitrión, le preguntó, si gustaba un Martini, y le contestó afirmativamente. Se levantó para preparar en una coctelera los tragos, satisfecho de varias comprobaciones. El visto bueno de ella, a todas luces, al decorado y muebles del departamento, sobre todo a los cuadros —originales de Lilia Carrillo, Arturo Rivera, Liliana Mercenario Pomeroy, Cuevas; excelentes reproducciones de Cauduro, Warhol, Hopper; un gran cartel con Brigit Bardot en su mejor época—; el elegante atuendo tipo sastre, color perla, de su invitada; y el acierto de su propia elección de ropa, fusión pura: tenis de otoñal tono ladrillo, unos leggings de mezclilla deslavados y algunos hoyuelos, saco de pana y suéter de cuello alto color camello, sin faltar un pañuelo hindú y un nip en forma de discreta flor en la solapa.

De regreso él al sofá, bebieron los martinis, poniéndose al corriente de sus vidas. Ella había abandonado en definitiva la pintura, vuelto diseñadora de ropa femenina y accesorios, y junto con una socia, habían abierto una tienda a distancia, que, a causa de la Peste, subía como la espuma. Señalando la bolsa, le preguntó:

—¿Te gusta?

—“Sí, mucho”. Contestó con sinceridad él.

—Yo la diseñé.

Él, por su parte, seguía en lo mismo: colaboraciones en Milenio, libros de investigación y de creación —que, aclaró, pensaba que eran las caras de una misma moneda—, cuya salida se había complicado por razones para qué abundar… La peste, el contagio, el medieval turn… Pero participaba en un blog por demás exitoso. Nada más que contar.

—¿Ya no das clases en la UNAM, vaya a distancia?

—No. Ya me jubilé.

 

«Los amantes» de René Magritte

II

Ella o él, o ambos, sacaron el tema de cómo se habían conocido. Versiones empatadas, salvo detalles menores. Ella había expuesto sus primeras pinturas en una galería, Central, de fugaz duración. A él, cronista chilango, le había llamado la atención, la afortunada mixtura de graffiti y fotografía, con el resultado de collages que se debatían entre arte público y arte privado. Y así lo escribió, junto con las minucias de un paseo, desde Central, hasta el Centro Histórico y sus cantinas y pequeñas tiendas, mercadería variopinta —plumas fuentes, monedas, corbatas escocesas, sombreritos femeninos de año del caldo—; tienditas y mercaderías, condenadas a desaparecer; extinción, que el cierre, seguido de aperturas y nuevos cierres, por culpa de la pandemia, y su ingobernabilidad, consumaron. Fue una buena cáustica nota que ella, por casualidad leyó alborozada. Anotó el correo electrónico que se consignaba al final de la columna. Le escribió. Simplemente quería agradecerle sus expresiones alentadoras. Fue él, y lo admitió ahora, quién propuso que tomaran un café. Dudó, antes de aceptar, pero aceptó. Quedaron en El Balmoral del Hotel El Presidente, en Reforma, cerca de donde ella vivía aún con sus padres. Polanco. Sorpresa, para ella, que en vez de un intelectual desgarbado, y amargoso, se topó con un distinguido “Carita” —¿de dónde diablos sacado esa expresión del remoto pasado?—, dueño de un gracejo que le brotaba a flor de piel. ¿Y él? Con una deliciosa jovencita, veinte años menor, sensual, niña bien. A ese encuentro, siguieron otros, acercándolos, hasta que, de pronto, y ni ella ni él tenían una explicación, dejaron de verse. Diez años habían pasado. Y la Peste enlutaba el planeta. Y se habían reencontrado inesperadamente en sus celulares. Y ahí estaban, en persona, embozados.

Pasaron a la mesa, no sin un previo lavado de manos y una previa aplicación de gel, cortesía de la invitada. Menú a la altura de lo anticipado. Una crema de sangriento betabel, con crutones de verdad; unas costillas, que solas se desprendían del hueso, cubiertas de una mezcla de mostaza y miel, y acompañadas de un puré de papa de sabor y textura únicos; todo regado con un vino tinto, Cune, que ella —se me pasó mencionarlo— había traído, como si previera la índole de las viandas. Siguieron con un helado Häagen Dazs, de dulce de leche, y un café cargado preparado en la cocina, en una de esas máquinas Nespresso, que no hace mucho anunciaba George Clooney.

Regresaron al sofá. Ella repasó con calma los cuadros de Lilia Carrillo, prometiendo maravillas que canceló su temprana muerte, momento de La Ruptura, lustros antes de que su invitada viniera al mundo. La sirvienta y cocinera, halagada, oronda, se despidió hasta el día siguiente. No sin deslizar alguna flor sobre su Señor Amo y expresar el gusto de haber conocido a la Señorita.

Ya a solas, él le pregunto, ocultando a duras penas su ansiedad:

—¿Tienes tiempo aún?

—Para nosotros, sí. Respondió ella, firme.

—¿Qué se te antoja?

El intenso cruce de miradas, corrigió la pregunta: “¿Qué se nos antoja?”

 

III

Sin palabras, que sobraban, se colocaron los cubrebocas, y la condujo sin apremio a la recámara, que todavía iluminaba, a través de las cortinas, el atardecer. Se miraron desvestirse. Se abrazaron, agradecidos, las bocas al resguardo. Oleadas de tibieza, abolidas las distintas —distantes— edades. Él sin inhibiciones por su abultado vientre en un cuerpo delgado, los colgajos de pellejos, testimonios fehacientes de la devastación. Ella natural su hermoso cuerpo treintañero, firmes los senos, playa límpida su vientre, límpidas sus perfectamente espigadas piernas —que él asoció a las de la Bardot, en el póster—, límpidos sus hombros estrechos.

Se recostaron, ella dándole la espalda. Le rozó el cuello perfumado, el nacimiento del lacio cabello azabache. Sólo entonces le acarició con delicadeza los senos de enhiestos pezones. Las duras nalgas aún juveniles y su vientre abultado, se acoplaron. Las acarició, y, en seguida, por entre las firmes piernas, la vulva, que masajeó. Ya lubricada, introdujo dos de sus dedos, previamente al viaje de su pene erguido Príapo —lo que no dejó de complacerlo— en el ardiente abismo. Se mecieron sin prisa, mascullando, bajo los cubrebocas, amores y vidas mías. El clímax, los unió más allá del orgasmo, en el pasado, ella por cumplir apenas veinte años, él sesentón. Permaneció dentro de ella, dulcemente sollozante. Y él también lloró. Imposible no volver a mecerse, ahora más transfundidos. Dormitaron, sin desenlazarse.

Unas dos horas después, pasaron al baño, ella primero, no sin que nuevos cubrebocas, que él proveyó, sustituyeran los anteriores, empapados por las palabras dulces, el llanto incontenible. Cuando él reapareció, ella terminaba de vestirse,

—Te espero en la sala, le dijo.

Él se vistió entre sueños maná.

Así fue, señoras, señores, conciudadanos…

 

IV

De nuevo sentados en el sofá Chester, ella desplazó el bolso al piso de parqué, y se acurrucó en el hombro de él.

—No volveré a perderte. Le dijo, resuelta.

—Ni yo a ti, ¿Sofía? ¿Sofía Díaz Robledo?

En la sorpresa del encuentro por WhatsApp, y en el departamento —Niña, Mozuela, la llamaba— no se atrevió a confesarle que ya no recordaba su nombre, o no estaba del todo seguro de recordarlo. El apellido, sí, Díaz Robledo, fuerte promesa de la plástica mexicana, según escribió en el pasado en su crónica, que los llevó a conocerse.

—Sofía, sí.

—¿Tu recuerdas como me llamo yo?

—Roberto.

—Sí.

Los cubrebocas, si no apagaban, asordinaban las voces. Se descubrieron, ambos de perfil. México, el planeta Tierra, dejaron de importarles. Podían seguir su curso de barcos ebrios; ellos se amaban, rabiosamente, tesoro pecio. De por medio, exámenes de Covid-19, que se harían al día siguiente, y que les serían faustos, podían jurarlo, tiempo sobraría para besarse boca o boca, respiración del alma. Lo dijo, ella, o él, o ambos. Sobrevivirían, porque la vida, dos amantes entre los desastres del Apocalipsis, eran más fuerte que la muerte. Resurrección, de una pareja que se encontró, coqueteó una temporada, se perdió y se rencontraba para realmente conocerse.

Y tantán.

Un pensamiento

  1. Excelente relato Fernando. Admiro y envidio tus frases ocurrentes y atinadas: «diseñado por un tal experto en vialidad mortuoria»… Me gusta el disimulo entre la realidad y la ficción; la ruptura de lo cotidiano debido a la pandemia; pero sobre todo su pertinencia.

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