DESIDERATA BIBLIOGRÁFICA

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

DESIDERATA BIBLIOGRÁFICA

Para doña Elena Ramírez Villault

 

“Ya elegiste el libro que vas a regalarte al empezar el año”, me decía mi abuela anualmente. Y aún hoy, me obsequio un libro cada enero. Y he ahí el momento difícil y gozoso: la elección, previo recuento de recomendaciones y de propagandas. Sí, así es, el ciclo empieza y debo iniciar mi desiderata.

Permítame compartir con usted mis reflexiones a propósito de las infinitas desideratas bibliográficas elaboradas en el transcurso de mi existencia: los libros que necesito leer, los que debo leer, los que deseo leer. La vida personal siempre en juego. Actores o espectadores, cada suceso compartido u observado o escuchado o leído me ha transformado. ¿No acaso, después de cierta conversación, he ido a la biblioteca a buscar datos para iluminar esas ideas efervescentes cuyo rebullir en mis entendederas me ha alterado tanto?

La lectora de bibliotecas de Antoine Wiertz

Y la Memoria –cautelosa dama– se aproxima: ¿a quién deseaba yo leer sin interrupción a mis tiernos diez años?, ¿a Verne?, ¿a Salgari?, tal vez, quizá porque mis párvulos deletreos, iniciados en una versión infantil de El Quijote (Ballescá, 1936), me abrieron un mundo aventurero. Mi educación laica me concedió la buena fortuna de nunca pasar por los amenazadores “edificantes del espíritu”, conocidos hoy con el lamentable mote de “caldo de pollo”, ni por los paupérrimos de la “superación personal”. Para mi ventura, me ahorré las clásicas hagiografías universales. ¿Y en la secundaria? ¡Ah!, ¡miel sobre hojuelas! Allí, con la sapiente guía de doña Elena Lombardo Toledano, mi maestra de literatura, conocí a Clemencia, de Ignacio Altamirano y viví grandes aventuras con Astucia, de Luis G. Inclán, aunque ─ordenaba la maestra─ siempre a la vera de algunos capítulos de nuestro México… y me enamoré de esos capítulos y ya no pude abandonarlos. En el camino hacia el magisterio, doña Emma Godoy me acercó a poetas inolvidables: ella me presentó a sor Juana y a santa Teresa, y también a Luis G. Urbina. Ya en trances universitarios, y gracias a los mandatos de don Rafael García Granados, la historia nacional se confirmó como parte obligatoria de todas mis desideratas. Pero también la enérgica palabra de don Adolfo Sánchez Vázquez me acercó a Carlos Marx. Mis perspectivas más altas se transformaron, volví a los textos leídos, agregué nombres y títulos. Y la nómina se movía, agresiva, entre lo ineludible y lo tentador al alcance de mi mano.

Eva en la biblioteca, de Miháy Bodó

Hoy, después de revisar mi índice de lecturas, sigo disfrutando de esas letras inmejorables para comprender al México de nuestros días: las de los grandes mexicanos: me subyuga la voz enardecida del Maestro Ignacio Altamirano; me elevan los matices épicos de la prosa política del Maestro Justo Sierra; me deleita la fascinante sonoridad cromática de la palabra mágica de Gutiérrez Nájera. Y sigo conservando en mi lista el sublime erotismo de Manuel José Othón, las delicuescencias juguetonas y evanescentes de los modernistas, los agónicos desasosiegos de Ramón López Velarde, y el único, el personal arte amatoria de Salvador Novo y de Xavier Villaurrutia. Ellos nunca han salido de todas mis desideratas.

Salvador Dalí, s/t

Al tocar el pasado ─usted lo sabe─, corremos un riesgo amenazador: en un ahora conformado con múltiples ingredientes, las páginas amadas ya no nos entregan el encanto descubierto en otras horas. En vías de precaución, y a su tiempo, acrecenté mi lista y enfrenté nuevos nombres: me fue imprescindible acudir a Rosario Castellanos, a Fuentes, a Elena Garro, a Paz y releer a sor Juana, a Bernardo de Balbuena, a los maravillosos jesuitas del siglo XVIII, pero también debía escuchar la poesía ineludible de Bonifaz Nuño y la provocadora de Eduardo Lizalde. Hoy, ¡al igual que todos los eneros!, debo hacer nuevas revisiones y… ¿o no la considera usted una buena decisión?, ¿o sí? Y usted… ¿cuántas desideratas ha escrito?

 

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