MADRID SIBERIA

MADRID SIBERIA

Fernando Curiel

Para Raquel Barragán

 

Uno. La imagen, fija o en movimiento, ha terminado por ser la realidad; no su constancia o prueba, sino la realidad misma. El texto (este mismo), pasa a la condición de nota al pie, escolio y, quizá, en el futuro (¿cuál futuro?), redundancia.

Dos. La imagen, bastándose a sí misma, sin palabras. Ni más ni menos que lo que está ocurriendo con los “emoticons” en el intercambio de correos electrónicos.

Tres. El incendio en el Puesto Central de Control 1 de la Subestación Eléctrica Delicias del Metro, que dejará, por tiempo indefinido suspendido el servicio en todas las estaciones de las líneas 1,2,3, 4,5 y 6. Los interiores y exteriores del Capitolio, en Washington, durante la toma de las hordas azuzadas por Donald Trump, unos días más, si no lo destituyen, Presidente nefasto del Imperio.

Cuatro. Las brigadas de familiares en desesperada búsqueda de sus desaparecidos, y a los que las autoridades, permanentemente afanadas en asuntos electorales (no de gobierno), les entregan palas (fotografía publicitaria de por medio). Las filas interminables de los sin techo esperando la pitanza en centros de caridad.

Cinco. La espera tortuosa para ingresar a hospitales Covid, para adquirir o reabastecer, tanques de oxígeno, cuestión de vida o muerte. Imágenes en contrapunto, con la de los presidentes de los partidos políticos que nos han tocado en suerte (perra), levantando el brazo para sus candidatos de lo que sea. No importando que los métodos de designación, sean al punto, impugnados rabiosamente por los perdedores.

Seis. Aunque, debo reconocerlo, imágenes abundan, sin necesidad de glosa, que admiran. De eclipses, de la luna por estos días esplendorosa en su redondez y brillo perfectos, de gigantescos bloques de hielo navegando a la deriva por el mar (imagen, lo admito, con sus visos de amenaza de destrucción).

Siete. O como las escenas de maravillas subacuáticas que fotografían, Antonio Orozco, Kasumi Murata y sus amigos devotos del buceo. O de abisales acantilados, costeros o de tierra firme. O de amaneceres y atardeceres de natural tecnicolor.

Ocho. De una de tales imágenes, que ya le dan la vuelta a esta Tierra tomada, segundo año, por la peste, me place hablar (aunque redundante). Madrid sepultado (casi) por la nieve.

Nueve. Infinitas ocasiones he caminado por las calles, plazas, “salsipuedes”, del Madrid que podríamos llamar evidente, desde que lo pisé por vez primera (para volvérseme adicción), en 1972, de vuelta a la patria (todavía Luis Echeverría bajo el síndrome de la bicicleta: “Si me paro, me caigo”), luego de una larga temporada londinense, el dictador Paquito Franco artificialmente vivo.

Diez. La Gran Vía tan ponderada por Agustín Lara, la calle de Alcalá, la del Prado, La Carrera de San Jerónimo, la Castellana; la Puerta del Sol, la Plaza de España, la Plaza Mayor, la de Oriente en la que en el pasado se celebraban los cumpleaños del Generalísimo. El Viaducto, Las Vistillas.

Once. Por Madrit, Madriz, Madrid, andaba en 1976, cuando se reanudaron las relaciones diplomáticas entre México y España, rotas cuando el desenlace de la Guerra Civil (fuente del trastierro republicano a nuestro país, de El Colegio de México, y del insostenible mito de que el exilio nos aportó las luces de la modernidad).

Doce. Ceremonia de reanudación que se celebró con una Feria México (el ejemplar Adrián Lajous, al frente, y las colecciones históricas de libros de la UNAM volando en un santiamén), instalada en el Campo del Moro, y que López Portillo, herencia de don Luis, aprovechara para un viajecito, a la raíz familiar, Caparroso, acompañado de su tribu.

Trece. Oportunidad tuve, más adelante, de constatar la obra benéfica, de la que dejó constancia en un librillo formidable, Bandos del Alcalde, de Tierno Galván al frente de la Ciudad del Oso y del Madroño; gestión que no se repetiría por los subsecuentes alcaldes ni del PSOE ni del PP.

Catorce. El Ateneo de Madrid, en la calle del Pardo, se me volvió centro de investigación (pesquisaba los pasos de Reyes, Martín Luis Guzmán, Vasconcelos y demás cabecillas del exilio mexicano), y me alojé tres meses, los autorizados, en la Residencia de Estudiantes, en la Colina del Chopo, ahí donde Dalí, García Lorca y Buñuel, hicieron de las suyas.

Quince. Oportunidad asimismo tuve de ver cómo, al destape y la “marcha” y la liberación, en lo social;  a la transición y a la alternancia post franquista, en lo político; y a la predominancia editorial que tanto beneficiará al Boom! de la Nueva Novela Latinoamericana; se las llevaba el diablo, por culpa de la permisiva drogadicción juvenil, la lacra de la corrupción pública, y al mismo tiempo, pedanterías europeizantes y desaforados separatismos.

Dieciséis. El caso es que me colmó de asombro ver las recientes imágenes, innecesarias de palabras, de la Plaza de Las Cibeles, y la Gran Vía y la Puerta del Sol, cubiertos por la nieve. Tapiz sobre el que los madrileños se pusieron a esquiar, y los trineos jalados por perros (no se llegó al extremo de renos), a deslizarse por un suelo helado siberiano.

 

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