REYES, MADRID

REYES, MADRID

Fernando Curiel

Uno. Al amanecer del 20 de enero de 2020, Segundo Año de la Peste, el barrio La Latina de la Villa y Corte de Madrid, de claros recuerdos para mí, se cimbró con una explosión brutal en un edificio de la calle de Toledo. Junto con pegado. La ciudad, que baña un río hipotético, el Manzanares, vivía aún los estragos de una tormenta, inusitada, Filomena, que la cubrió de nieve.

 

Dos. Ráfaga, me vino a la memoria el librillo, Cartas madrileñas, de Alfonso Reyes, que me encargara una Asociación Cultural de Amistad Hispano-Mexicana, que presidía José Prat, y entre cuyas vocales se contaba Ana Belén, de alguna manera refundadora de la Puerta de Alcalá. Al librillo en cuestión, lo ornó un prólogo de Manuel Andújar, ya de vuelta del exilio, y a quien yo tratara en México.

Tres. Lo que me propuse mostrar era el profundo, emotivo, conocimiento que de Madrid alcanzó el regiomontano, uno de sus habitantes entre 1914 y 1924. El Madrid real, todavía sin (plena) su Gran Vía, en no pocas zonas lodoso; y el Madrid “posible”. A diferencia de los naturales (carencia que enfatizara Manuel Azaña), Reyes pensó mucho la ciudad. Su paso marcó un ascenso, varios ascensos.

Cuatro. De su modesto cargo, en la Legación mexicana en París (primera escala de su huida de México), de donde lo expulsaran al parejo las bombas alemanas (Primera Guerra Mundial) y el fulminante despido que Venustiano Carranza decretara al cuerpo diplomático, nombramientos del porfiriato y del huertismo, a encargado ad interim de la representación mexicana en España.

Cinco. De las misérrimas posadas, en la calle Carretas y otras semejantes, en los alrededores de la Puerta del Sol; del edificio allá por la Plaza de Toros de Las Ventas, en el que se formara una comunidad de exilados mexicanos (el propio Alfonso, Martín Luis Guzmán, Ángel Zárraga); al postinero Barrio de Salamanca, calle de Serrano.

Seis. De escritor debutante, sin duda talentoso y prometedor (todavía en México, vio publicada por la parisiense Casa Ollendorff, su libro Cuestiones estéticas), integrante de la constelación del Ateneo de la Juventud, profesor y secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios; a hombre e intelectual en plenitud. Amigo de Azorín, de Del Valle-Inclán (Generación del 98); amigo y colaborador, señaladamente, de José Ortega y Gasset (Generación del 14); y cercano a quienes compondrán la Generación del 27. Su tertulia.

Siete. En la escena madrileña, se forjará por entero el ensayista, el poeta, el eterno curioso, el futuro helenista, el portento que todavía hoy, en su propio país, no goza ni del reconocimiento popular, ni de los ejércitos de lectores que merece una obra de la calidad y riqueza de la suya. Familiar, en cambio, bienquista, será su figura en el Madrid que se aprestaba a una Segunda República, misma que cancelarán sus propias contradicciones y el torvo franquismo. Escritor de tiempo completo al que sólo la muerte separará del yunque.

Ocho. Al mismo tiempo que urde una columna periodística, bajo el enfoque de las relaciones entre historia y geografía, tiempo y espacio, imagina un episodio que, me temo, no pondera en lo que vale la propia crónica matritense. El “minuto a Mallarmé”, celebrado, silencioso, en el Jardín Botánico, cabe el Parque del Buen Retiro, y al que concurriera la “crema de la intelectualidá”. En Madrid escribe sus impresionantes Cartones…, primeras y agudas impresiones del recién llegado, sí, pero asimismo su Visión de Anáhuac. Y Simpatías y diferencias, y El suicida y etcétera.

Nueve. Y pensar que otra hubiera sido la vida de Alfonso Reyes. Hijo de mi General Bernardo Reyes, más que probable sucesor de Porfirio Díaz, gobernador y forjador de Nuevo León; figura trágica que terminará rebelándose contra el presidente Madero, héroe del momento, y siendo ametrallado frente a Palacio Nacional el primer día de la Decena Trágica (savia de dos notables manuscritos de su hijo, cronológicamente, Mi óbolo a Caronte, que tendré el privilegio de editar, y Oración del 9 de febrero).

Diez. Pero la historia lo llevó a España. Escribí en Cartas madrileñas: “La segunda quincena de agosto de 1914 llega a San Sebastián, procedente de Burdeos. Durante dos meses prepara el ‘asalto de Castilla’. El 3 de octubre, el tren deposítalo en la Villa y Corte. Viaja con él otro mexicano, el pintor Ángel Zárraga, Reyes tiene 25 años, esposa e hijo (a quienes deja por lo pronto en San Sebastián) y poquísima plata. Pero, también, una pluma Waterman adquirida en Brentano´s de París por 40 francos. Su ‘batuta’ o varita mágica”.

Once. De esta suerte armado, empieza a abrir plaza en terreno ajeno, a enfrentar las pruebas del destino, poner tierra de por medio a la animosidad de venganza que impelía la imagen del ensangrentado padre abatido, a abrirse puertas, a ganar amistades y voluntades, a vivir la lejanía de sus patrias chica y grande, a ser y sobresalir. Lo hace constar. “Mi primera visión de Madrid (…) fue muy dolorosa. Y, sin embargo, yo sentía no se qué amistad, qué compañía, en cualquier persona que abordaba”.

Doce. Hoy reparo en que debí destacar el papel de su hermano, el no menos brillante Rodolfo, quien lo acogiera en San Sebastián, camino a su conquista de Madrid.

 

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