DEL ARTE DE AMAR

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

DEL ARTE DE AMAR

 

Entramos en el mes del amor y es inevitable abordar el tema, ciertamente sin matices comerciales o colores propios del momento. De inmediato, Ovidio (43 a.C. – 17 d.C. Ars amatoria, 1 d.C.), acusado por Augusto de “incitador al libertinaje”, se aposenta frente a nosotros. Su lectura se ocupa de asuntos muy específicos, si bien para nuestros días, “no pasan de ser bagatelas” –dice Víctor José Herrero Llorente, uno de sus más agudos prologuistas. En aquellos momentos, cuya consigna era el saber, Ovidio habla del arte de amar. Su testimonio “comprueba que, a pesar de nuestro delirio de progreso y metamorfosis, la condición humana permanece inalterada y las palabras del poeta, intactas”, afirma Laura Emilia Pacheco, en el iluminador y fundamental prólogo a esta obra (Océano, 2002) cuya edición recomiendo a usted para su mesa de noche.

Ya instalados en el siglo XX y a la luz de dos mil años, Erich Fromm (The art of loving, N.Y.,1959) nos pregunta: “¿es el amor un arte?”, premisa cuyo significado –muy amplio en nuestros días– no pierde su origen griego: tecné: (Virtud, disposición y habilidad para hacer algo. // Conjunto de preceptos y reglas para hacer bien algo). Aquí podemos añadir otras artes: poética, plumaria, popular o marciales, etc. Esto significa que sí podemos ofrecer con dedicación ejemplar nuestro especialísimo afecto a alguien o a algo, sí, si deseamos hacerlo bien.

«Los amantes», dibujo de Alejandro Peña

 

“El amor es un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento, y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad.”, dice Fromm, y cita a los distintos sujetos a quienes se puede aplicar esa emoción: fraternal, materno, erótico, a sí mismo, a Dios. Aquí, usted y yo podríamos agregar algunos otros: ¿Qué tal a nuestra ciudad, a los animales, a las plantas, a nuestra profesión. En fin, la lista puede llegar al cielo.

Fromm se pone un tanto exigente y nos avisa: lo primero es “dar”. Sí, y hay más.: Fromm tiene en cuenta la importancia de “ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor.” Esos elementos son: conocimiento, cuidado, respeto y responsabilidad. Y surgen ejemplos ilustradores e inobjetables: si usted ama a su jardín, lo cuidará gustosamente, y para ello deberá conocerlo: nunca atenderá bien lo desconocido. Y para evitar la degeneración de estas cualidades en “dominación y posesividad”, debemos respetar al sujeto amado: respetar “no significa temor y sumisa reverencia; sólo denota la capacidad de ver a una persona tal cual es”. Respetar a alguien es tener conciencia de su individualidad. De aquí concluimos: el conocimiento y el cuidado implican respeto.

Bajo estas premisas, obviamente nos responsabilizamos del acto de amar como acto volitivo: ser responsable es “estar listo y dispuesto a responder: quien ama, responde”, dice Fromm.

 

«Los amantes», dibujo de Alejandro Peña

Es obvio que aquí no cuentan los coqueteos, ni los juegos “eróticos”, ni los ejercicios relativos a la seducción profesional: se trata de un estado superior al que sólo pueden acceder quienes sean capaces de enfrentar esta clase de compromiso porque poseen la vocación suficiente para realizarlo, como en el caso de cualquier profesión: la condición física de los atletas es resultado de ciertas potencias, el corazón de los médicos está dotado de una sístole y una diástole poco comunes, la capacidad deductiva de los filósofos quizá exige cierto modelo de circunvoluciones cerebrales: definitivamente, sólo quienes reúnen las cualidades necesarias para amar pueden profesar ese derecho.

¿No le parece interesante este ideario? Desde luego es un golpe bajo a nuestra vanidad espiritual y exige de nosotros un recuento, curriculum vitæ en mano. Asumamos: sea cual sea el resultado, vale la pena releer a Fromm. Pero dígame, amigo mío, ¿usted ha amado? Ande… cuénteme… soy toda oídos.

 

 

 

 

 

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