WALTER BENJAMIN, SE EXILA EN MÉXICO

 WALTER BENJAMIN, SE EXILA EN MÉXICO

(ejercicio contrafactual)

Lo cuento como me lo contaron

I

Dos veces señalado por el engatillado dedo nazi, en tanto judío y en tanto intelectual, Walter Benjamin, una de las más sugerentes, proféticas, aleccionadoras mentes del pensamiento moderno (alemán y occidental), en un tris de ser atrapado por las bestias hitlerianas, se quita la vida en un punto de la frontera franco española, Port Bou, el 26 de septiembre de 1940, con una sobredosis de morfina. Una escultura, erigida con posterioridad, lo muestra mirando el mar.

Eso dicta la historia fehaciente. ¿Y la otra, la del estimulante juego de posibilidades, la virtual? Esta imagina, que, WB, porque se lo merecía, tanto o más que otros de sus compañeros de desgracia y lutos, consigue romper el cerco, y después de una parada que se quiso definitiva en Nueva York, llega a México, donde muere a edad avanzada. 1977. 85 años.

II

Pormenores. En 1933, el Presidente Hindenburg, nombra a Adolf Hitler, quien hubiera fascinado al criminólogo Lombroso, Canciller, digamos, Primer Ministro en una República de Weimar que se caía a pedazos. No cabían engaños de lo que se avecinaba. El sociópata, ya lo había anticipado en Mi lucha, mazacote de plagios y delirios: exterminar a la población judía, y ocupar el Este del continente en procura del espacio vital alemán, se contaban entre sus objetivos. El calculado incendio del Parlamento, “Las noches de los cristales rotos”, la persecución judía, el primero de los campos de concentración que coronarían Auschwitz y Treblinka, ya en la Polonia ocupada, respondían al primer objetivo. La Operación Barba Roja que lanzaría tropas, tanques y aviones sobre la Rusia soviética, al segundo. Su ascenso al poder respondía a una especie de aclamación popular.

Para los judíos, simples tenderos, empresarios, autoridades académicas, el dramaturgo Bertolt Brecht, los filósofos Adorno y Benjamin, entre otros muchos, la vida en Alemania se torna proscrita, asfixiante, intolerable, al borde de ser apaleada o ejecutada o confinada.  Con efecto hormiga, dándose clandestinamente la mano, se exilan, ora en los países del norte europeo, ya a Francia, con París como imán. Ruta esta última que sigue Benjamin, ayudado por el autor de La ópera de tres centavos. Ningún totalitarismo escapa a fisuras.

Del Infierno a la Gloria. Aunque en condiciones de pobreza, la larga estadía parisiense de Benjamín, lo colma de una dicha discreta, laboriosa. París, La capital del siglo XIX, como la definirá. Días sólo aparentemente rutinarios, pautados: por largos paseos descubriendo (entretejiendo) los hitos de una urbe sin parangón, perdiéndose en callejuelas que le hablaban de constancia medieval, atravesando el Jardín de las Tullerías, contemplando el río Sena y sus lentas barcazas, y, de pie, las manos entrelazadas, frente a frente, a La Bastilla, al Arco del Triunfo, a Notre Dame, al Panteón, a la torre de gótico impulso en acero; por las insaciables jornadas en la Biblioteca Nacional; por los momentos de encuentro, con compatriotas exilados, en los bulliciosos cafés y cervecerías; por los regresos a su buhardilla húmeda y despoblada.

Noticias del horror nazi. La imparable mancha parda que se extiende, incontenible, por su natal Berlín, por Münich, por Hamburgo, por Heidelberg, por Maguncia. Las incursiones nocturnas en casas judías de matones carniceros. El envenenado lavado de cerebro de niños y jóvenes (ya lo recordará, confesará, Günter Grass). La traición de Heidegger. Joseph Goebels concentrando la prensa, la radio, la cinematografía, y metiendo la mano en la entrepierna de las aspirantes a seguir los pasos de Marlene Dietrich… Y llega, demoniaco Destino Manifiesto racial, 1939.

Había tenido lugar la Guerra Civil Española, media población contra la otra mitad, con la diplomacia europea como si escuchara llover. Se empieza por la anexión de Austria. Se invaden Polonia y Checoslovaquia, y, suceso de pavores, se invade Francia. Los tambores de guerra empiezan a escucharse cerca de París. La huida se vuelve imprescindible, fecha que se apunta por sí misma en el calendario. Si no siempre amables, los rostros de los naturales de París, se tornan hoscos, en algunos se deletrea el placer de la delación. Faltaba poco.

¿A dónde? ¿A qué país, ciudad, escondido villorrio? ¿Qué rumbo tomar?

III

Estados Unidos, al otro lado del Atlántico, se ofrece puerto seguro. Allá logran llegar Adorno, Horkheimer, y otros colegas, la talentosa Hannah Arendt, amiga constante en París. Los seguiría. De París a Bort Bou; de Port Bou, con el auxilio de los maquis españoles, una vez cruzada la frontera, a Portugal. Y en Lisboa, el barco que, en tres semanas, cumplida una travesía amenazada por los submarinos alemanes, esos ocultos perros de presa, desembarca en Nueva York, hervidero de exilados de toda Europa. Aunque bien acogido por sus colegas del otrora Círculo de Frankfurt, brotan los conflictos. Inopinadamente, se abre la oportunidad de trasladarse a México, unirse a la aventura de un El Colegio de México, hasta hace poco Casa de España, al frente de un notable intelectual (se le explica), Alfonso Reyes, ex diplomático (en Francia misma, dos veces), y promotor de tiempo atrás de México, tierra de acogida de la inteligencia europea perseguida, toda ella, no sólo la republicana íbera, por el fascismo. Principios de 1941. Formidable el encuentro, en francés, con Reyes, gran conocedor además de Goethe. Ejecutivo. Si bien le asigna la tarea de traductor al idioma galo de autores alemanes, traducciones que Reyes vertería al español, lo libera de asistir al colegio, ubicado en una calle cuyo nombre le costará un huevo pronunciar —Gua-na-jua-to—, no obstante, su pronta adquisición elemental del español mexicano. Sobrentiende, Benjamin, que la fina mano izquierda del mexicano, prefería tenerlo aparatado del grueso de republicanos. Aunque se ocupa de encontrarle acomodo en el Edificio Ermita (circa 1930), plagado de familias españolas transterradas. Sin lugar a dudas, le hubiera llamado la atención, el reservado residente, extraño la verdad, que acabará asesinando a Trotsky, en su residencia de Coyoacán. También se entera que, por México, anduvieron Breton y Eisenstein…

IV

La de Benjamin, se torna figura conocida a los residentes de la Hipódromo-Chapultepec, de la Condesa y de la Roma, y a los asistentes al Palacio de Bellas Artes, en su morosa pesquisa de las huellas del Decó mexicano —primer indicio: el propio edificio Ermita—; o de la del Valle y del naciente Polanco, tras la de un estilo que lo sorprende, el Colonial Mexicano. Y a los escasos concurrentes al Palacio de San Agustín, sede entonces de la Biblioteca Nacional. Y a los numerosos cafés del centro, el Tupinamba, el Tacuba, el Sanborns del Palacio de los Azulejos. Se asoma a Cuernavaca, a Taxco, donde no puede evitar pasmarse ante Santa Prisca, labrado bosque barroco. El verdadero barroco. El Muralismo, no lo prende.

Hitler se suicida en su pocilga de Berlín. Concluye la pesadilla de la guerra. Nace una Europa soviética, que no lo tienta, ni siquiera, como a Brecht, la RDA. La vida le alcanza para atestiguar la captura, captura de una rata, en Argentina, en 1960, del pobre diablo exterminador burócrata, Eichmann. Y su proceso y ejecución, en Israel, proceso y ejecución que cubre la Arendt, con la que se cartea desde que abandonó Nueva York y enfiló a México (por ella sabrá que, el vil de Adorno desapareció el manuscrito de sus Tesis sobre la filosofía de la historia).

Lee, apaciblemente vengativo, vengador, las páginas de La banalidad del mal (no reserva, en su correspondencia con su autora, deslizando incisivas reflexiones, sus encomios).

Fallece, como ya se adelantó, a los 85 años. Gracias a las gestiones de Alfonso Reyes, se le había naturalizado mexicano. Nunca se movió del Edificio Ermita, a diferencia de sus vecinos españoles, que, cambiada su situación económica, empezaron a mudarse a Tlalpan, Coyoacán, o incluso a San Ángel. Embebido en su nuevo país, en sus fulgores y contradicciones, crueldad, dulzura artesanal, urbano y primitivo, poco, o nada, le interesó, que, al llegar a México, su mandamás fuera Manuel Ávila Camacho, o que en los días que todavía vivió, el papel lo desempeñara, José López Portillo. No lo sabía, pero se había inoculado un mal que se heredaría de sexenio en sexenio: la Insuficiencia presidencial. José Emilio Pacheco le dedica, extenso obituario, uno de sus mejores Inventarios.

Y tantán.

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