HORRIBLE PUBLICIDAD HORRIPILANTE

HORRIBLE PUBLICIDAD HORRIPILANTE

Claudio Acevedo

 

Propincuo follower:

Usted sabe en qué clase de películas trabajaba yo en Londres. Ahora pienso que siempre, desde que me pasaba tardes enteras en el Cine Morelos de Cuernavaca, ese jacalón en pleno centro, viendo una y otra vez el melodramón marca nacional que nos asestaban, me soñaba actor. Y la industria del cine para adultos, industria candente como la de Altos Hornos de México, allá junto al Támesis, ofrecía franca fácil entrada. Bastaban juventud, desparpajo y, como en mi caso, deseo (tan abrasador como el otro) de borrar el pasado.

Le cuento que además de mi afición a la pintura (y a los pubs), que en las horas libres me llevaba a recorrer cuanto museo y galería se me pusieran al tiro, me dio por meterme a los viejos cines, enormes, en fastuosidad decadente, que yo comparaba a templos de religiones que sus fieles iban, función a función, abandonado.

Costumbre en la que reincidí, al regresar a México. En otra ocasión le enseñaré la lista, locales o en ruinas, o derrumbados, o reconvertidos en mini plazas comerciales, o salvados como teatros (el Metropolitan). La mayoría de los años treinta.

Y, de pronto, volvió a la vida el rito de “ir al cine”, con esas grandes cadenas que más parecen sucursales de Hollywood y tragaderos de palomitas y nachos.

Y de pronto el streaming, cine en casa, les empieza a ganar audiencias.

Y de pronto la planetaria Peste, que cierra las cadenas de proyección, y marca el triunfo del mentado streaming, que se ajusta a la condena de ver series o películas entre paredes hogareñas (afuera se contagia y pudre el mundo).

Y que, además, empieza a acaparar los Grandes Premios (sólo falta, y no mucho, el Oscar).

Así está la cosa.

Por último, follower, permítame compartirle, sin mayor comentario que su “palmito”, a Donna Zaragoza (@donna_zdiaz). Y hasta la próxima.

 

 

Deja un comentario