El  Libro  De  Buen  Amor

Hace ya muchas letras

Ana Elena Díaz Alejo

 

El  Libro  De  Buen  Amor

 

En sus sabrosísimas lecciones de Literatura Medieval, el doctor Julio Torri comentaba el gran entusiasmo y la consiguiente imitación, entre clérigos y letrados del siglo XII, suscitada por el Ars Amatoria de Ovidio, altísima figura de las letras latinas. Todos ellos seguían la doctrina amorosa –o técnica amatoria– del poeta romano, si bien la aderezaban con alguna no siempre somera acción novelesca o teatral. A esta luz, El libro de buen amor, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita, debe ser considerado como un “arte de amar”. ¿Recuerda usted “La pelea de don Carnal con doña Cuaresma”?, delicioso texto que nos hacía leer en la escuela secundaria nuestro profesor de literatura?, ¿o prefiere, como yo, su magnífico autorretrato?

El cuerpo a muy grant, miembros largos, trefudo [fornido], / la cabeza non chica, velloso, pescuezudo. / El cuello non muy luengo, cabel prieto [musculoso], orejudo. / Las cejas apartadas, prietas como carbón, / el su andar infiesto [derecho], bien como de pavón [pavo real], el paso segurado e de buena razón, / la su nariz es luenga, esto le descompón. / […] la boca non pequeña, labios al comunal  [comunes], / más gordos que delgados, bermejos como coral, / las espaldas bien grandes, las muñecas atal [como deben ser] / […] Los pechos delanteros, bien trefudo el brazo, bien cumplidas las piernas / […] Es ligero, valiente, bien mancebo de días, / sabe los estrumentos e todas juglarías, / doñeador [mujeriego] alegre, ¡por las zapatas mías!

Por su alegría de vivir, este enamoradizo preste garañón, cuyo desempeño en ciertos lances era muy del gusto de las damas rústicas –y no tan rústicas, según nos informaba don Julio, con cierta mirada suspicaz–, podría ser un digno contemporáneo de Boccaccio. Su versión del mundo: risueña, jocosa y pícara en momentos de excesivas disciplinas. Natural de Alcalá de Henares, nació por allá del 1283 y “bajo el amparo de Venus”, lo que esto pueda significar, dato ostentado por él con gran orgullo en sus páginas. Padeció prisión por orden del arzobispo de Toledo y murió en la Guadalajara peninsular hacia 1340. La Universidad de Toledo, considerada entre las principales de su tiempo, ha permitido suponer a los estudiosos del arcipreste que su educación posiblemente procedía de sus aulas.

El  mérito más reconocido en el Libro de buen amor, así como su gran encanto, es el haber trasladado a términos campiranos las galas y artificios un tanto desvaídos de la poesía latina medieval. De los 25 apólogos del libro –nos decía don Julio Torri–, 21 proceden de Esopo, y llegan hasta La Fontaine y Samaniego. Los orígenes orientales no esconden la urdimbre inmortal de sus hilos –oh, divina Sherezada, madre de todos los cuentos que en el mundo han sido.

La palabra amor, en la pluma del arcipreste Juan Ruiz, alude a una connotación profana, esto es: “el amor que se conforma con las delicadas reglas de la cortesía…” En sus tiempos, las costumbres clericales alcanzaban grandes libertades: hoy, desde luego, nos alarmarían –quizá no demasiado. Como buen escritor, es un excelente reflejo de su momento: ética y estética nos llegan a través de sus inevitables juicios, como éste intencionadamente revelador del alma femenina conocida por él con soberana amplitud:

 

Talente [Condición] de mujeres ¡quién lo podría entender,  

sus malas maestrías [habilidades] e su mucho mal saber! 

Cuando son encendidas e mal quieren facer,

alma e cuerpo e fama, todo lo dejan perder.

 

¿No le hubiera parecido interesante sostener una cálida conversación con Juan Ruiz, arciprete de Hita?

Buen resumen de estos libros deleitosos e inolvidables nos ofrece Julio Torri en su espléndida Literatura española (FCE. Breviarios, 56), excelente lectura para un  pousse-café. ¡Disfrútelo!

 

 

 

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