¡OH, AGUARDADA AMANDA!

¡OH, AGUARDADA AMANDA!

Fernando Curiel

Lo cuento tal como me lo contaron

 

I

El texto llegó a mi i-mail, por una cuenta, aeda@gmail.com, a la que cuando intenté, acusar recibo, y solicitar que el remitente se identificara, me encontré con que había sido borrada. Me convenció, no obstante, su honestidad sincera, y decidí “subirlo”, como se me encarecía, a nuestro colectivo blog PUÑO ELECTRÓNICO. Lo comparto.

 

II

“Mi nombre no viene al caso, yo sí”, empieza diciendo. “Desde mis más tempranas luces, ya oscurecidas por el tiempo, escuché el tañer de la lira de Apolo. Nada me detuvo, contuvo, retuvo, intubo (este recurso medio hipnótico de soltar sinonimias se le aprendí a don Octavio Paz, poeta deslumbrante, ni qué decir). Ni, pasados los años, Cervantes, cuando en la quemazón de libros que le habían sorbido los sesos a Don Quijote, el cura, de nombre, Pero Pérez, pero de merecido sobrenombre, Torquemada, escupió: “Lo que sería hacerse poeta, que según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”; ni cuando, el susodicho Cervantes, en su formidable Viaje del Parnaso, sentencia al de los poetas “escuadrón vulgar”.

Nada me arredró: blandí la péndola, con el manguillo rasgué holandesas, me animé y desanimé, pero en la puja he estado siempre, desafortunado malafortunado. Desánimo de mis padres —él acaudalado contratista de equipo militar, ella cliente frecuente de secciones de sociales—, escándalo de la parentela envidiosilla de nuestra bonanza, cuchufleta de mis escasos amigos, burla de los editores que tiraron al cesto de basura mis creaciones.

No cejé jamás. Ni opté por las ediciones de autor, que infaman por igual al que las obsequia y al que las recibe. Pero cometí el error de vestirme a la bohemia usanza. Ya puede imaginarse usted: abollado sombrero alón, camisa de reusado cuello, pantalón todo el cuajado de lamparones, corbatón, negro saco al que mis hombros servían de desguanzada pértiga. Craso error”.

 

III

“Entonces la vi, en la toma de posesión de Joe Biden, que a falta de otra cosa qué hacer —prohibidas mis caminatas por el corazón de Chapultepec y la Alameda—, me soplé íntegra. Y apareció Amanda Gorman, portando, un circular, sombrerito rojo (como el de aquellas azafatas de Air France), cubierta su tierna juventud por un abrigo amarillo Prada, y en el dedo medio de la mano derecha un reluciente anillo (luego sabré que cortesía de esa otra marca que es Oprah Winfrey). Derechita, dueña del escenario, declamó “La colina a la que trepamos” (traducción libre, mía), para universal asombro, instantánea admiración. Chiquitas dejó, a mi entender, a las ya maduritas Lady Gaga y J.O.L. Y a mí, atónito, avergonzado de mi sombrero alón, de mi corbatón, que no me quitaba ni para, me excuso, ir al excusado. Los mandé al carajo. Decidí saber todo sobre aquella aparición”.

IV

Procede el poeta sin nombre (y sin laureles que presumir), al recuento de sus descubrimientos. Que sintetizo. Hija de una profesora de Los Ángeles, iluminada precoz ganadora de cuanto premio se topaba a su paso, locales, regionales, nacionales; dedicada a álgidos temas sociales, la discriminación racial, el desprecio blanco a sus iguales afroamericanos, y el apremio de honda reconciliación. El breve pasado fulgurante de la poetiza.

Mientras que él, infelice, no paraba de metáforas en la que los ojos femeninos anidan en profundas ojeras, sus labios escancian mirra, las pestañas oscilan cual palmeras, las perlas envidian la dentadura; de inmovilizar a la amada, o ponerla a pasar camino a la iglesia, qué rara belleza. ¡Qué horror! ¡Qué dislates! A sus mientes se impuso, abofeteándolo, la cuarteta que había escrito esa mañana:

 

Cual exhalación perfumada caminas

Yo aturrullado

A los cielos clamo

Que no se me cierren los ojos

“¡Oh espantable espanto”, se dijo, por todo comentario. Ella, en cambio… Transcribió, transido, la opinión de una perita en imagen. La Jovencita Gorman era ella toda una “It girl”, formidable sus contenidos. Anotó la cifra del número de seguidores en las redes (que aquí alguien llamó “benditas”, para después maldecirlas): 3,000,000 en Instagram (¡con que el 1%, comprara sus libros!). Que Amanda ya había firmado jugoso contrato con IMG Models. Que confesaba que la moda formaba parte de su poética, remarcada con sombreros, guantes, turbantes, trencitas casi rastas.

Anhelante (informa) se dispuso al siguiente show, el Super Tazón, a celebrarse en Tampa, que contaría con su intervención, numerito poético del que se esperaba mayor teleaudiencia que en la toma del nuevo presidente norteamericano, y la vicepresidenta, que tampoco se tienta el corazón si de guardarropía dernier cri se trata. ¿Qué más? ¡Ah!, sí. Embelesado, registró que Amazon vendió cual chiclosos Toficos, la obra disponible, ya publicada a sus tempranos veintes por la escritora. Por último, escaneó cuanta fotografía encontró disponible de la Gorman. Todas de pasarela.

Su anacrónica cita de chiclosos Toficos, me dio una pista para calcular la edad probable del anónimo remitente. ¿Quién sino un setentón, puede acordarse de aquellas golosinas, tentadoramente envueltas, peligrosísimas a la dentadura?

Y el día del Super Tazón, sonó en el timbal del calendario. Domingo 7 de febrero, 5 p.m.

 

 

V

Transcribo:

 

“Amanda Gorman, enfundada en un abrigo de marca, pero para mi armiño, con un collarcito blanco en el mollete que vislumbré Corona Real, aplomada, hablando de esa heroicidad que significaban enfermeras y cuerpo médico, grueso del público en el estadio. Pensé que merecía ocupar el show del Medio Tiempo, en vez de ese anodino Weeknd. Amanda sólo comparable a Tom Brady, él a ella. Mucho me hubiera gustado conocer la opinión de la esposa del lanzador, la supermodelo brasileña Gisele Bundchen, sobre el atavío de Amanda.

El camino para mí estaba señalado.

Adiós atuendo de aeda bohemio, que a lo mejor le convendría al soso cantante canadiense. Mis temas serían épicos, sociales. Pasión histórica.

Comenzaría con el encuentro del realista Agustín de Iturbide con el insurgente Vicente Guerrero, además, éste, de ascendencia africana. Me detendría en la noche que Don Agustín pernocta en el Convento Bernardino de Siena, en Taxco, próspero Real de Minas, camino a Acatempan. Sueño inquieto, a duermevela.

El abrazo, los acuerdos pactados.

El México que nace del parto de la Independencia de España.

Quién quita y les interese a los organizadores del homenaje patrio a Don Vicente. Yo no tendría empacho en recitarlo”.

Y tantán.

 

 

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