REALIDAD QUE SE MUERDE LA COLA

REALIDAD QUE SE MUERDE LA COLA

Fernando Curiel

 

Uno. Hasta la madre de una realidad que, cual perro se muerde la cola, sólo que en círculos cada día pandémico más reducidos, me ocupo mejor de seguir las huellas de los caminos que nos han conducido hasta aquí. A esta política narcisista y nostálgica y monocorde, a esta sociedad al borde de la quiebra psíquica, a esta capital de torres de guetos, a este futbol (mediocrísimo) pero bolsa de valores, a mi propia (para variar, me cuelo) obra.

Dos. Congruente con esta intromisión, declaro. Mi real bautizo, en las letras, data, no de mi lamentable novela, La aproximación (pa’titulito), sino de Que viva Londres¡ (en subsecuentes rediciones, Vida en Londres). 1973. La diagramación corrió a cargo del en breve célebre pintor Arturo Rivera; la publicó Editorial Novaro; y según rumores que me llegaron, arañó el Premio Villaurrutia, a la sazón prestigiosísimo (ya me tocaría en los 80’s). Empeño de mi amigo (fundamental) Tito Piazza.

 

Tres. Dos influencias debo reconocer. El experimentalismo, la búsqueda, la contracultura de La Onda, mi generación cronológica; y la ruptura de géneros literarios (esos cinchos) del Ateneo de la Juventud, mi generación elegida. De ahí el formato, entre tipográfico e icónico, su movimiento, el ir y venir del relato, del diario de viajes, de la crónica, del pastiche. Apuntes y notas, recortes de periódicos, cartas, ensayos más o menos (menos que más) serios. Rompía una tradición dominantemente lineal, inauguraba una tradición (pocas veces obsequiada). A lo mejor, exagero.

 

Cuatro. Dividido en dos partes, abre con la humorada (ilustrada por Rivera), de que cuando al Canal de la Mancha lo abate espesa niebla, de la Isla brota un clamor conmiserativo: “¡Europa está bloqueada!”; y del atrevido supuesto, de que los en verdad Modernos somos los americanos que viajamos a Europa, en busca de lugares exóticos como el propio Londres, París, Madrid, Berlín; mientras que los Primitivos son los europeos que nos visitan en busca del Paraíso Perdido (pérdida por causa, justamente, de la Modernidad). Eisenstein, Artaud, Lowry, Breton (etcétera) en el caso de México.

 

 

Cinco. Veo regresar a la juventud pop-rebelde, al hogar y al consumo; atestiguo el atentado contra Frank Zappa, en pleno concierto (ZAP!, seguida de aaaa, es la onomatopeya con la que Rivera raya dos páginas); visito, amparado por mi condición libre (ni oficio ni beneficio), los obligados sitios de peregrinación turística (lado Norte del Támesis, tiempo faltaba para los Docklands  de la orilla Sur); inventó una letra con la firma de Paul MacCartney, con el tema de la travesía pedófila en la que Lewis Carrol seduce a la niña Alice Liddel contándole las peripecias de Alicia en el País de las Maravillas…

 

Seis. Descubro en la Tate Gallery (tiempo faltaba para la Modern Tate, que luego transitaré), el ultra vanguardismo de Eduard Paolozzi, escocés, Wharlol de estas tierras de infieles, y en la misma galería, la infernal pintura de William Blake; refuto con una larga lista de baños públicos (“Dónde bañarse en Londres”, llámase el capítulo), la conseja de que el inglés no es muy dado al aseo; intento constreñir a unos cuantos puntos la formidable influencia de grupo de Bloomsbury (ya sabe usted, Virginia Woolf, su esposo Leonard, Strachey y demás pandilla)…

 

Siete. Me detengo en el capítulo VII, de la primera parte: “Europe & Britain: 3 días 3 de la historia contemporánea de Inglaterra”. O de cómo se enfrentaron en una especie de lucha campal, las dos visiones ancestrales. La de apertura, que concibe a Gran Bretaña, parte, y no cuerpo extraño, del continente europeo; y la de cierre, que reclama lo isleño. Cito de la entrada del viernes 29 de octubre de 1971: “Desde la noche de ayer, Thomas Moore salta, grácil, en el estrecho marco de su tumba; él, inglés europeizante si los hubo en esta isla. Inglaterra forma parte ya de la comunidad económica continental. Rescata a, y es rescatada por, Europa. Con una mayoría de 112 votos en la Cámara de los Comunes, y de 393 en la de los Lores, venció ampliamente, descansadamente, la propuesta de la Administración Heath”. ¿Quién iba a imaginar el revire que vendría? Para esta crónica, optamos por la tipografía de una máquina de escribir. Periodismo.

 

Ocho. A la postre de tantos años, de un siglo que termina y otro que empieza (de la patada), me convenzo de que Vida en Londres, refleja con fidelidad, explícita o tácitamente, las condiciones de su hechura. Compatriotas claves como Ignacio y Luz Elena Durán, José y Patricia Díaz de la Garza, Hugo Gutiérrez Vega, Diana Salvat, la “local” Jean Franco; encontrados ocasionalmente, Carlos Monsiváis y Guadalupe Marín. Mi entonces esposa Hilda Rivera, nuestro hijo Adrián, hoy notable escritor, de tiernos tres años de edad (nos aguardaba un regreso sentimental al puerto). Las horas de paseo descubridor, de lecturas en los contados cafés, de escritura en las magníficas bibliotecas públicas, de recorrer librerías. Esa universidad de papel: Penguin.

 

Nueve. Las rojas casetas telefónicas con su servicio (invención) “Dial a poem”; los rojos autobuses de dos pisos, desde cuyo “Imperial” la ciudad era una película, vista por primera o mil veces; las rutas del legendario Tube; esos negros taxis al que esta nueva versión de la Peste, de origen aún misterioso (pero iracunda venganza de una Naturaleza reiteradamente acosada y violada), ha sacado de circulación y arrumbado en corralones y deshuesaderos, a las afueras de Londres.

Diez. Los pubs; los puentes del Támesis (Chelsea Bridge, Albert Bridge, Waterloo Bridge, etcétera); los extraordinarios parques (Kensington Gardens, Regent’s Park, Hyde Park, Saint James, etcétera); los lugares, primero y último de residencia, Chelsea y Primrose Hill; el fish % chips, de preferencia envuelto en leve celofán y papel periódico, al que jamás me des-aficionaré (recomiendo, cuando éramos libres, el que podía conseguirse en el City Market de San Jerónimo).

 

Once. La Reina Isabel, lejana la ancianidad, era (es) émulo de mi admiradísima Reina Victoria. El impávido príncipe Carlos, ya estaba, espera que te espera la sucesión; Diana aún no aparecía, su tragedia, menos aún los hijos, William y Henry…

 

Doce. Decir, entonces, Brexit, hubiera sido tanto como invocar a las brujas de Macbeth.

 

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