RUPTURAS

RUPTURAS

Fernando Curiel

Lo cuento tal y como me lo contaron

 

I

Jorge, uno de mis entrañables contlapaches —aunque me llevaba unos buenos diez años—, me narró, autorizándome a subir el relato al blog PUÑO ELECTRÓNICO, pensamientos y sueños que, en estos tiempos de confinamiento y estado no declarado de guerra, lo obseden. A condición de no revelar su verdadero nombre, ni, coqueto, su edad. Esto me lo dijo, bromeando sobre la expresión que se le salió al Ejecutivo Federal, en su reaparición de siete largos minutos, mientras discurseaba y paseaba, disperso y medio fantasmal, por pasillos y oficinas de Palacio Nacional. ¿Qué expresión?

—Venerables ancianos.

“Puedes decir que en esas ando”, me dijo Jorge, pero me prohibió mencionar con sus verdaderos nombres a las mujeres de su relato, a muchas de las cuales conocí, conozco. Porque de mujeres va esta historia.

—Puedes bautizarlas con esos nombres de ninfas y náyades, a los que eres aficionado.

Me sugirió.

Jorge es un exitoso arquitecto, graduado en la UNAM y posgraduado en una universidad norteamericana, si bien rato hace que su socio, uno de sus más brillantes ex alumnos en la Facultad de Arquitectura, lleva el despacho. Lo escaso que permite la espantosa recesión. Más que obras nuevas, remodelaciones, ampliaciones. Aún apuesto, dueño de una tonsura que, de frente, oculta con abundante copete —más aún: a su edad se ha inclinado por un corte medio punk—, de mediana estatura, dado a los trapos elegantes, con la reminiscencia dominante de tweeds, pantalones de casimir gris, zapatos de ante color ladrillo, camisas a rayas y corbatas regimiento. Casó una sola vez, aunque sin retoños.

Está recluido en su enorme departamento —dos niveles— de la Colonia del Valle, y al golpe de los cambios de luz del convenenciero semáforo sanitario —que no siempre obedece—, pasa cortas estancias en la casa que se construyera en un pueblito del Estado de México, en el mero centro. A un paso, Iglesia, Mercado, Cantina.

II

La cosa empezó a mediados del Año I de la Peste, mientras miraba, por accidente, una película mexicana. La actriz, Ana Serradilla, le trajo de golpe el recuerdo de una amante muy parecida a Ana. Quizá un poco más alta, pero con la misma mirada de águila al acecho, y el mismo accidentado, anguloso perfil. Hermosa joven, reconoció Jorge, que siempre le había atraído. A la real, no a la del celuloide, la bauticé Anarda, y más adelante volveré a ella. A partir de ese momento, Jorge se vio visitado por un desfile, doloroso —doloroso a destiempo— de rupturas, la enorme mayoría por él provocadas. Nos comunicábamos por correo electrónico, WhatsApp, mensajes, y uno o dos encuentros en su departamento para beber café o unas copas de vino, su cava siempre me ha deslumbrado.

Se reconoció dos “fallas brutales”: incapacidad de crecer al lado de una pareja, y la anacrónica, adolescente, cada vez más ridícula por el paso de los años, búsqueda de la Princesa. Así, Princesa, la llamó, sin ocultar la auto afligida socarronería. Una y otra incapacidad, las encerró en la fórmula Amor de Cabotaje. Navegaciones amorosas, a la vista, todo el tiempo, las seguras, las salvadoras costas, lejos, lejos, el Mar Abierto y sus abismos. Más adelante, le vino en gana otra muletilla justificadora: Fatiga de Metal. Todos los sistemas funcionan al pelo, a la perfección, el manual, el eléctrico, el electrónico. Pero el avión no levanta vuelo.

¡Ah!, y cuando salía de viaje, fuera de México, finalizaba la relación, así ésta esplendiera. Para quedar en libertad. ¿Qué tal si aparecía la Princesa?

“Maestro del subterfugio, la coartada”.

Se lo dije. Y sonrío, la melancolía manchándole la mirada.

 

III

Estaba por cumplir 14, 15 años, y la niña de la que estaba decididamente enamorado, y parecía corresponderle, dudaba sin embargo entre Jorge y un galancete, mayor que ellos, que la asediaba. Lo platicaron, en una fuente de sodas, de una familia Guízar, en Coyoacán. El temprano adolescente, sin luchar, la empujó a los brazos de su rival. Su primera ruptura. Crecería, enamorándose conquistando y conquistado, pero él con la cuerda de la guillotina en su mano. Creyó que la soltaba, con el gran amor que casó, años de inmensa dicha, amartelados, uno, cinco, diez. Pareja, la recuerdo, el uno para la otra, máxime por la ausencia de hijos. ¿Qué pasó entonces? El tiempo, la costumbre, su corrosión. Capaz fue de lograr un supuesto mutuo acuerdo, cuando, en realidad, él, simplemente, volvía a huir. Para recomenzar la búsqueda, remudar pasiones sin reposo…

 

IV

Jorge se extendió en nuestras charlas. Yo, rehúyo hacerlo con quien esto lee. Elijo dos casos, tristeza químicamente pura.  El primero, ocurrió en Nicaragua, dónde su despacho ganó la licitación para construir un hospital. Tiempos sandinistas. Conoció a una joven doctora, llena de vida, bella, de vuelta de un fracaso sentimental. La nombro Lysi. También semejaban gajos de una misma fruta. Nicaragua da al Pacífico y al Atlántico. Recorrieron sus playas desiertas, edénicas; en una de ellas —me dice interrumpido el relato—, Julio Cortázar, en sus últimas.

Concluido el hospital, Jorge debía regresar a México. Propuso ella: ¿por qué él no extendía su despacho a Mangua, ya que su familia guardaba estrecha amistad con uno de los más poderosos Comandantes, al frente del gobierno? ¿O por qué no se la llevaba a México, si él estaba divorciado? Guardó silencio, pero la memoria no le perdonaría el adiós. Playa del Pacífico. Sol radiante. Ella —su hermoso cuerpo desnudado por un bikini amarillo—, sentada sobre una toalla húmeda, protegiéndola del fuego que despedía la arena. Él de pie, a su espalda. Ella no miraba en dirección del mar, abatida la cabeza, su cuello dejaba al descubierto una pelusilla castaña. Ahí asestó el tajo.

 

V

El otro caso es el de Anarda. La conoció el brindis de una premiación de arquitectura, él entre los elegidos. Se dedicó a observarla de reojo. Esos ojos de hermosa ave de presa. Ese cuerpo cimbreante aún inmóvil. Estaba entonces casada con un colega. Ambos divorciados, se reencontraron como si lo dispusiera la Diosa Fortuna. Se amaron largo tiempo. Y, ¡ay!, se presentó un viaje de trabajo que lo retendría meses en Europa. Cruel, dispuso la ruptura. Una tarde, en el bar del San Ángel Inn. Alambicados, absurdos, insostenibles argumentos. Argucias. “No me saques de tu vida”, repitió una y otra vez, Anarda. La sacó.

 

VI

Cuando, le pedí autorización —la Peste repuntaba feroz, ante una autoridad que daba bandazos y una población que se insubordinaba— charlábamos por Zoom. La situación, al finalizar enero, aconsejó diferir mi visita al departamento de la Del Valle. Si las ocasiones anteriores, a distancia o cara a cara —entre ambos la sana, humanamente insana, distancia—, advertí cómo la mancha de pesadumbre nostálgica, le cubría la entera mirada, y chorreaba empapándole el rostro, indemne al tiempo, pero no al corazón. Me recordó a Giovani Drogo, el personaje, oficial militar, de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, que acababa de leer. La espera de la guerra, en una solitaria fortaleza fronteriza, entre escarpados cerros y, a la vista, el amenazador desierto yermo, espera que se premia cuando la muerte empieza a pronunciarse, equivalía a la inútil esperanza de Jorge. Como en la guerra a secas todo se vale, en la del amor, todo se vela.

Deja un comentario