AMOR / SERVICIO

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

AMOR / SERVICIO

 

La palabra amor ronda nuestra vida, nuestro hacer cotidiano, nuestros pensamientos, nuestras preferencias, nuestro trabajo. Esta interesante voz, colmada a veces de miel casi hiblea, diariamente es ofendida con indiferencia, malas interpretaciones, ambigüedades. Nosotros no la conocemos: no nos hemos detenido en su significado nato. Y propongo no tener en cuenta la paupérrima definición ofrecida por el diccionario: a pesar de la columna que le dedica, no expresa situaciones y circunstancias elementales. Veamos. ¿Nos hemos preguntado por qué amamos?, ¿a quién o a quiénes y por qué?, ¿hemos de agregar el verbo deber? ¿lo haremos, de manera obligatoria, a los animales, a las personas, a los niños, a las plantas, a los delincuentes y a todos los seres con quienes compartimos el planeta?, ¿sí?, ¿no?, ¿por qué?

Todos somos hijos de nuestra Madre Naturaleza. Y esa Gran Madre nos ha parido y nos ha dado un sitio y, por ello, hemos de cumplir una función. ¡Y más nos vale cumplirla! Si no aceptamos esto pasaríamos a la categoría de objetos desechables sin derecho a ocupar un lugar en el espacio y, por lo tanto, rápidamente prescindibles.

Ciertamente, hay “amores” resultantes de algo, si bien no me he detenido a pensar si a estas actitudes se les puede calificar así. Me explico: amamos al perro, cierto: esta fidelísima criatura, cumple con su convenio de perro de manera muy indiscriminada, es decir: nos colma de afecto, nos cuida la casa, nos escolta en la caminata diaria, se retrata con la familia. Si el perro incumple sus compromisos perrunos, no nos sentimos en deuda con él: ¿qué hemos de agradecerle? Recordemos: obsequiábamos nuestro afecto a las vacas porque nos daban leche, pero hoy día, ¿acaso damos las gracias a la máquina por la fórmula encerrada lácteamente en un tetrapac? Amamos al gato: gracias a su olor no se acercan los ratones y, obviamente, si no hay ratones, no necesitamos gato, y no nos unirá a él ningún sentimiento. Amamos a los profesores de nuestros hijos cuando nos hacen verlos encantadores y brillantes a punto de entrar en la línea sucesoria de los futuros presidentes de la República –cuando ese cargo era digno de ser anhelado–; si no es éste el caso, los profesores dejan de recibir nuestra consideración y se convierten en despreciables empleados a quienes pagamos por un mal servicio.

Definitivamente, no regalaremos nuestra devoción a los elefantes ni a las mariposas ni a tantos hermosísimos seres con quienes compartimos la Vida: no nos sirven para nada. ¿O usted necesita especialmente para algo a una hormiga, a pesar de su admirable disciplina genética?, ¿o requiere para algún propósito específico a las musarañas?, ¿y qué me dice de la “utilidad” proporcionada por esas bellísimas y espectaculares tarántulas con traje anaranjado y rayas negras?, ¿o hay algún servicio práctico realizable por esas maravillosas aves cuya perfección y galanura se desplaza majestuosamente por los cielos?, ¿o sabe cuál es la importancia de todas las cepas de los saurios, desde Godzilla hasta las lagartijas güeras, extraordinaria evocación del Cretáceo?

Foto: Octavio Olvera Hernández

Oiga, hablemos claro, ¿a quién vamos a amar?, ¿y por qué?, ¿hemos de hacerlo forzosamente?, ¿y si a mí no se me da la capacidad de gimotear por una mirada o de entregar la existencia sin objeto específico?, ¿y por qué no seguimos el sapientísimo ejemplo felino basado en considerar como sus sumisos y obedientes esclavos a quienes lo rodean?, ¿o conoce algunos otros casos experimentados por usted de manera única, ¿no?, ¿tal vez sí? Ande, ¿nos cuenta su caso, por favor? Sí, sí, usted, anímese, lo escuchamos.

 

 

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