MI PAISANO, VICENTE GUERRERO

MI PAISANO, VICENTE GUERRERO

Fernando Curiel

 

Uno. ¿Qué lo de Cuilapan de Guerrero, Oaxaca, el pasado 14 de febrero, fue un montaje? En efecto: las celebraciones patrias, son explícitamente una recordación de la historia nacional, y tácitamente, del régimen en turno. Su oportunidad de legitimarse, no frente a fieles y enemigos, sino ante el Tribunal de la Historia.

Dos. Nos sorprende, entonces, el galimatías de que Guerrero fue un precursor de Martin Luther King (el auténtico), ni que el nieto King, de cuerpo presente, lo celebre con todo y dosis de halago al “preciso” de aquí y al de allá; ni que, juntos, Guerrero y el Movimiento de los Derechos Civiles, de Estados Unidos, sustenten la fantasía de que se pueden cambiar las profundas estructuras “opresivas”, desigualdad pura, sin el expediente de la violencia.

Tres. Cosa distinta hubiera sido que el genuino Luther King, de haber sobrevivido al disparo que lo mató, aceptara, a sus 92 años de edad (nació en 1929), participar en el montaje orquestado para el aniversario del fusilamiento del sureño. Y ni caso tiene detenerse en los discursos alineados de los gobernantes de Oaxaca y de Guerrero, si bien salga avante (lo más seguro), la petición del último citado, de que, en el pase de lista de próceres, que se surte el Día del “Grito”, se incluya a don Vicente.

Cuatro. “Grito” que, todo lo acusa así, mientras la campaña de vacunación contra el Covid-19, siga el curso programado, electorero antes que, de salvación de vidas amenazadas, volverá a proferirse frente a un zócalo vacío. Bocado, me imagino, duro de tragar.

Cinco. Nacido en Tixtla, de ascendencia africana, en el seno de una familia dedicada al oficio arriero, lo que resultaría decisivo para el conocimiento, estratégico, en una lucha guerrillera, de brechas y atajos, Vicente Guerrero desempeñó un papel protagónico en la lucha por la Independencia de España, emancipación primera, jurídico-política (restarían la social y la popular), de una Colonia Ultramarina, parte de un Reino Europeo, en su paso a Estado-Nación de América. Morelos, sucesor de Hidalgo, depositó en Guerrero, la tarea de proseguir la lucha en el sur. Su enemigo: el militar realista Agustín de Iturbide.

Seis. En el complejo proceso, en el que la larga guerra entre Realistas e Insurgentes, se opta por caminos de independencia de España, envuelta en sus propias crisis, los nombres de Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide cobran relevancia extraordinaria. El encuentro en Acatempan, población del Estado de México (el de Guerrero se decretaría más tarde, en 1849), se haya celebrado entre los dos, o entre Iturbide y un representante de Guerrero, punto que debaten los especialistas, lleva a los sucesivos episodios del fin de la crudelísima guerra (que había cobrado las vidas de Hidalgo y de Morelos).

Siete. Aludo, por supuesto al Plan de Iguala (y su defensa de la religión, de la unión de españoles europeos y americanos, y de la Independencia); a la entrada a la Ciudad de México, del Ejército Trigarante; y a la consumación de la Independencia.

Ocho. En la apoteósica entrada a la capital, el 27 de septiembre de 1821, Guerrero no hace acto de presencia, ni al día siguiente se encuentra entre los firmantes del Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

Nueve. Logrado el triunfo, al que contribuyeran por igual, Guerrero e Iturbide, ¿desaparecen estos de la escena? ¡Ca! Fieles a sus biografías, la de un Insurgente en el primero, la de un Realista el segundo, promulgada ya la Constitución de 1824, republicana, Iturbide alentará la configuración de un Imperio, en tanto que Guerrero, destruida la fórmula imperial, aspirará a la Presidencia de la República, a la que asciende en 1828. El 15 de septiembre de 1829, decreta la abolición de la esclavitud.

Diez. La Presidencia de Vicente Guerrero, queda caracterizada no sólo por su decreto abolicionista, sino por encarar el frustrado intento del brigadier Isidro Barradas por reconquistar para España el país que conquistara y dominara por siglos, y por la irrupción, junto a la ambición política personal y partidaria, del racismo, un suprematismo si no del todo blanco sí criollo, de la arrogancia académica, enconándose con su color de piel, su pasado arriero, su falta de instrucción. Vertidos venenosos en tertulias y papeles impresos. Hoy hablaríamos de acoso.

Once. Aunque lo que lo privará de la vida será la traición, en despiadado cortejo. De sus enemigos, que no le perdonaban su tenaz papel en la caída de la sujeción española. Del vicepresidente Anastasio Bustamante y su ansia de poder. De su lealtad a la amistad, representada por un aventurero marinero, contrabandista de todo, florentino, Francisco Picaluga. Invitado a una comida o cena, no estoy seguro, a bordo de su navío, surto en Acapulco (El Colombo), mi futuro paisano Vicente Guerrero, hombre de carne y hueso, dado a la fiesta, es apresado. Por las malas.

Doce. Entregado al gobierno, de antemano condenado a la pena máxima, se le fusila en un convento de Cuilapan, Oaxaca, el 14 de febrero de 1831, él de 39 años. El mismo sitio en el que, 120 años después, en recuerdo de su sacrificio, los dolientes, los oradores, sacarán raja de la efeméride.

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