CONFESIONES DE “PINCEL”

CONFESIONES DE “PINCEL”

Fernando Curiel

 

Lo cuento como me lo contaron

I

Desde que “subí” a este PUÑO ELECTRÓNICO “Oh anhelada Amelia Gorman”, me he acostumbrado a que lleguen a mi correo electrónico textos desde cuentas que, o esconden a sus remitentes o son al punto borradas; impreciso queda, asimismo, el género, él o ella, ella que es o se convirtió en él, él que es o se convirtió en ella, homo o trans. Me guío para darles cabida a mi sola intuición. Este es el relato de “Pincel”.

 

II

“No soy una celebridad ni en la pintura ni en el dibujo ni en la escultura, de esas que exponen en Galerías de moda o Museos dizque de Arte Moderno, que no saben bien a bien, qué es Moderno y qué es Contemporáneo, pero se lo inventan con teorías irrisorias; ni mi nombre anda de suplemento cultural en suplemento cultural, bruñido de encendidos elogios (o, si no es parte de la “mafia”, y molesta, bañado de excremento). Ni siquiera se me ocurrió, cuando la cultura burocrática, gozaba de “caché” y presupuestos, cortejar a “cacagrande” alguno, para que me favoreciera, y hasta me encargara, el mural de algún edificio novohispano, al que se aplicaba respiración boca a boca, nomás porque le había diseñado algún libro a algún marxista “nylon” ahora en el poder. Pero no me quejo, ni en la pintura ni en el dibujo ni a veces en la escultura, de menor demanda, de que me falten encargos y morlacos. Además de que no se trata de mi ocupación exclusiva.

Foto: Octavio Olvera Hernández

III

“Soy miembro de una familia que por tres generaciones ha prosperado, como bodeguera, si bien ahora menos por culpa de la Pandemia, en el Mercado de San Juan. Desde tierna edad, en el kínder y luego en primaria y secundaria, último grado que cursé, y no me arrepiento, caí en la fascinación de líneas y colores, de plastilinas que casi podían saborearse, como cocadas, como ates. Y a falta de estudios superiores, me hice de una buena biblioteca, corta pero sustantiva; y, lo definitivo, tuve la suerte de que mi papá, Don Teódulo le nombro aquí, incluyera a todo su clan, en los viajes por Europa, por Estados Unidos, que abusadas compañías de viaje, organizaban a sectores no por placeros menos pudientes. Ya sabe usted, “¡Toda Europa en dos días!” Bueno, bueno, exagero, pero recorridos agotadores en que las familias medio se asomaban a ciudades famosas, pero también, aunque de pasada, a sus grandes museos. El Louvre, el Prado, la Galería Nacional y la Tate en Londres; y en un Nueva York turisteado a todo vapor, la Guggenheim y el Museo de Arte Moderno. Cada año, por años, nos acarreaban, guías casi siempre afables y con lo suyo de cultura, a enteras familias comerciantes de San Juan, de la Merced, del Mercado de Jamaica, y hasta de los Mercados de la Roma y de San Ángel, a recorridos de los que regresábamos apaleados, las mamás con los pies estrenando juanetes, los papás gastados pero ufanos de conocer el mundo, y yo, la verdad, briago de tantos pintores y escultores geniales. Recuerdo el paraíso de compras que era España: piel para dar y regalar, aceros y bisutería toledanos, y yo con un cargamento de postales, que dejaban chiquitas las reproducciones de arte universal de las cajas de cerillos marca CLÁSICOS. Al regreso, las maletas, reventaban. Entre los ricachones compañeros de aventuras turísticas, “¡TODO MANHATAN EN MEDIO DÍA!, jeje, empecé a formar mi clientela. Además, no deja de pesar mi papel de administrador, en la bodega familiar.

 

III

“¿Qué pinto, qué dibujo, qué esculpo? Opto por formatos de mediano tamaño. Y tengo un secreto. Aunque al principio me costó que gustaran, que me las compraran bodegueros, mayoristas, puesteros al menudeo, mis piezas son abstractas, para nada figurativas, realistas, fotográficas. Decía que tengo un secreto. Manchones a lo Tapies, formas geométricas a lo Picasso, digamos, las inspiran modelos, que no faltan, a las que, en vez de copiar, ella y yo de pie, primero fotografió, desde diversos ángulos, a ras del suelo o trepado en una escalera o en acercamientos milimétricos: senos; piernas de costado y de frente y por detrás, ángulo este no muy frecuente; pubis, clavículas, pantorrillas, el trazo hermoso de nalgas y sus sombreados; las espaldas que deslizan su tenue musculatura a la cintura; el juego de un muslo levemente reposando en el otro; el trapecio de las clavículas, la osamenta de rodillas y empeines, los dedos caprichosos de pies entre más aherrojados mejor; los precisos tajos en la ingles que anuncian las piernas; floraciones y rizos y recogimientos de los Montes de Venus sobre los que, en ocasiones, lo reconozco, soplo, asperjando su diminuta maleza. Soplaba. Antes de la Peste. También le indico que se tiendan como lo harían en una playa, o se arrodillen, descubriendo juegos de sinuosidades tersas; aunque la desnuda modelo inmóvil, su cuerpo desplegándose.

“¿Qué hago con ese material fotográfico? Los traduzco en ondulaciones de fuertes colores contrastados o derramándose en tonalidades suaves, manchas, formas sin forma, salpicaduras, masas rectangulares, guiños para estar al día a los cubrebocas y caretas, yelmos de estos tiempos del Demonio. Abstracción. Pero yo sé que los detalles de los cuerpos de mis modelos están ahí, sus turgencias y quiebres, lo punzante de los pezones, los claroscuros, la redondez de hombros y nalgas, las planicies de vientres y espaldas, para qué sigo…

“No me quejo, por un anonimato, que apenas quebranta la letra, inclinada, P, de firma. Ni de que mis pinturas y dibujos, cuelguen en paredes de casas de ostentoso mal gusto; y mis esculturas reposen sobre muebles horribles, que, para ahuyentar el polvo, se cubren de plástico.

“Si algún estilista, digo, crítico o historiador del arte, reparara en mi obra, la descalificaría como mala imitación, en formato pequeño, de Pollock. Y yo asentiría. Feliz como una lombriz.

Y tantán.

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