Todos perdimos un canario

Todos perdimos un canario

Por Rebeca Zaga

 

En mi deambular por los angostos y laberínticos pasillos de la cultura occidental descubrí a Katherine Mansfield. “El canario” (último cuento escrito por ella) me reveló para siempre el misterio que envuelve la lectura de los cuentos.

 

Por definición, un cuento es una novela corta y al ser así, me deja más espacio a la imaginación. El gozo de su “rápida” lectura solo fue una trampa cerebral que me dejó obtusa por días.

Esta historia breve nos salpica de tristeza en voz de una mujer que está en un duelo permanente por la pérdida de su canario. El clavo en la pared que revela la ausencia de su jaula es la imagen mental que perdura con la sonoridad de su lectura.

 

¿Un canario? ¿Por qué un animal tan reemplazable puede destrozar el alma de su dueña de esa manera? Pues sí, por que todos tenemos un canario, un evento emplumado que dejó de mover sus alas y murió con una parte de nosotros.

 

Empapada hasta la médula del “mal de absoluto”, Katherine nos traspasa con este cuento que bien puede ser la disparidad de medidas entre su cuerpo tuberculoso en talla extra chico y su espíritu talla extra grande.

La cotidianidad es el tema principal de Mansfield, quien habiendo habitado solo 35 años este mundo, logra elevarla de  manera atípica y voluptuosa.

 

Escritora virtuosa, profunda y ligera. Versión femenina de Chéjov. Y prologada post mortem por la mismísima Virginia Woolf, Katherine Mansfield es un atisbo de luz en un mundo de sombras.

 

Y sí, sus claroscuros me invadieron. Con mi clara tendencia nostálgica no pude evitar perderme en mis  propias sombras, en mi propia pérdida. Vi de frente a mi jaula vacía… a mi enorme y oxidado clavo en la pared.

 

Sin embargo, no es tristeza absoluta lo que evoca si no un instante mágico. “El quod” . En términos de Yankelevich es “El no sé qué que puede ser todo”. Su prosa atrapa. Te atrapa. Revela ese instante insignificante que es el todo de la nada. . .

 

Como ejemplo perfecto, un canario. Un ser pequeño y anodino envuelto en un torbellino de letras y renglones que nos deja desplumados y confundidos. No es un duelo, es EL duelo. La permanente pérdida. El desprendimiento del creer en el siempre para solo contemplar con manos atadas su caída a pedazos.

 

Conviviendo con la enfermedad y deterioro físico de su propio cuerpo, la Mansfield nos entrega con manos temblorosas su pasión. En sus propias palabras extraídas de su diario “Soy escritora antes que mujer”, así nos seduce con sus letras cual caricias de mujer que ama la vida y abraza el instante.

-“¡Aquí estoy, patrona!”, escuchaba la mujer en voz de su canario.

Un pequeño ser que regaló complicidad y compañía a la soledad.

 

La jaula vacía representa esa fugacidad, la imposibilidad de atrapar la felicidad. Pero el cuento no es per se un himno a la tristeza sino una exaltación de los impulsos vitales que nos construyen. Las ausencias que nos definen y las fugaces miradas en complicidad que hacen más vivible nuestro andar.

 

Esta mujer tocada por la gracia nos voltea la mirada, nos invita a habitar de otra manera el mundo.

 

Sin temor a equivocarme, mi paso fugaz por sus renglones fue y será una invitación a la vida. Una puesta en abismo y cualquiera de sus cuentos es un instante por atrapar.

 

 

 

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