EN QUÉ LA GIRO

EN QUÉ LA GIRO

Fernando Curiel

 

Lo cuento como me lo contaron

 

I

“Maldita la época y maldita la edad, en que me debato, aburro, los días se derrumban”. Así empieza el I-mail que me llegó, con singular clave: equisigriegazeta@gmail.com

Le hice saber, a la remitente, que de una remitente se trataba, mi confianza plena en ella, en lo que me escribía. Y, si estaba de acuerdo, en el “subidón” de nuestra correspondencia, o parte de ella, al blog PUÑO ELECTRÓNICO, y, si se animaba, de fotos suyas al Instagram que estamos por arrancar. Respondió que sí, claro, de eso se trataba, a lo primero. En cuanto a las fotos, se lo pensaría. Elegí el correo suyo inicial.

 

II

“¿Que en qué rayos la giro, a los 22 años, siguiendo mis clases en línea del primer año de arquitectura en la Ib*; pero, me lleva, truncado mi sueño, desde niña, de dedicarme al modelaje, cerradas las pasarelas, las agencias como la de Lupita Jones, también cerradas, y ella sintiéndose Gobernadora de Baja California, achaques a lo mejor de la edad, y para colmo, con la metida en el ajo de Princesas e hijas de Princesas, nietas de  Reyes, en competencia desleal con quienes, desde la clase media acomodada, como es mi caso, aspiramos a un legítimo lugar en el mundo de la Moda, realeza plebeya; chicas modestas de pronto codiciadas por firmas afamadas, mironas y mironas en las primeras filas a cada costado de la roja alfombra, y asediadas por los paparazzis?”. Se pregunta mi corresponsal. Y se contesta:

“No, no que me rinda a las primeras de cambio. O deje de ensayar cada día, cada día haga mi sesión de yoga, y algo de bicicleta fija, experimente en mi tocador distintos maquillajes, peinados; aplicaciones de rímel y polvos y cremas de las que salgo costeña o pálida subido, niña o fruta madura. O de pasarme horas siguiendo el desfile virtual de modelos que, ¡Dios mío!, me pregunto de dónde las sacan, maniquíes que se mueven en compás idéntico, marcha medio militar, los brazos rígidos pegados a los costados, las miradas vacías. En todo me fijo, todo lo imito. ¡Ser como ellas! De otro mundo. He montado en mi enorme recámara mi propia pasarela. En la que desfilo, al frente, marcho, o en sentido inverso, corriendo a mi vestidor para cambiarme de trapos, en segundos; trapos de marcas finas que compro on line, para todas accesibles hoy que las marcas se han democratizado. Desfiles, con fondo musical, a tono con el atuendo, en los que sólo yo me miro en un gran espejo”.

“Si encuentro una página, que sobran, de aspirantes a modelos, me recluto; sin pararme a investigar su seriedad profesional, y pagando sin chistar, la cuota, en dólares, que exigen. Pero no sobran los pretextos, ni las promesas que uno sabe mentirosas, para seguir cobrando. Sigo dócil el juego. ¡Maldita, mil veces maldita Peste!”.

[Perdón por el cebollazo, pero nos felicita a los del blog, por nuestras arremetidas contra el gobierno y su ineptitud, disfrazada de eficacia, contra la pandemia, su uso partidista, que ella juzga más de mañosa autoridad municipal que de una nacional, con todos los recursos a la mano; por eso se animó a escribirme].

Y sigue:

 

III

“Me sé guapa, larguirucha pero guapa. Senos breves, “brevas” las llama el enamorado que cargo -¿para qué, con el muro del cubrebocas?-, sé que fácilmente tendría lugar en el ejército de modelos, únicas pero todas iguales, hermosas, escogidas con un fino gusto de porcentajes, rubias, morenas, castañas, negras, asiáticas. Mi rostro es de ángulos marcados, el lóbulo de las orejas ceñido a los parietales, un discreto tatuaje en el hombro izquierdo, mis pies perfectos si de desfilar descalzas se indica, mis formadas caderas, estrechas; el porte pienso yo, majestuoso. ¿Qué más falta? maldita sea, que uno de esos Fidias, a la cabeza diseñadores de alta costura, fabricantes, publicistas, publirrelacionistas, fotógrafos, periodistas de la fuente… me descubra”.

 

IV

“Para desestresarme de mis horas de ensayo en mi amplia recámara en un departamento de Bosques Mayorazgo; de las clases vía Zoom; de la espera del llamado de alguno de mis vivales agentes; del espeso aburrimiento; de las horas de encierro, compartidas con mi padre y mi madre, maravillosamente comprensivos, y solidarios, con esta ambición que me consume; con la indiferencia monótona de mi hermano mayor, si me asomo a su recámara, pegado a su computadora, horas infinitas de trabajo en la firma de fondos de inversión que comparte con un socio, mete aquí, saca allá; a la media noche, me enfundo mi traje de motociclista, y sin despertar sospechas, salgo del departamento, uno de los dos del cuarto piso, el casco en una mano, bajo por la escalera de servicio al estacionamiento. Ahí me espera, potro, mi poderosa, aunque grácil motocicleta Suzuki, negra, dócil, perfecta para lo que los del gremio, hermandad, mejor dicho, tildan de racing. Salgo empujándola para no hacer ruido, y a buena distancia de la torre, mis padres bien servidos de Seconal, mi hermano urdiendo marranadas financieras o navegando en sitios porno, ya con el casco puesto, monto la Suzuki, la enciendo y corro entre los cien y los 150 kilómetros por hora. Las calzadas, anchas, perfectamente iluminadas, del todo solitarias, son una invitación para correr, acariciada por el viento nocturno. Subo, bajo cuestas. Llego a la altura del Club, en el que algunos beben solitarios o juegan póker. Soy un fantasma entre las torres y las enormes fuentes que dispersan las direcciones, los manchones de bosque que se levantan aquí y allá, o el gran bosque que circunda al fraccionamiento de, en exclusiva familias “pipirisnais”, esas tribus “Fifí” que sacan chispas a AMLO, y sueña se pudran en el infierno. Bueno, eso aparenta.”

Y concluye el correo, mi remitente:

“Vuelvo a mí. Hora, hora y media después, hago un alto, para tomarme selfies. Encasquetada, sin casco, voluptuosa o sentada en la Suzuki, imitando a Taylor Hill, guapísima, mi top model, a la que no me cuesta reconocer, me parezco, ella de pelo negro, el mío rubio. También me fotografío hierática, junto al caballo de fierro. Terminada la sesión de poses, regreso, no sin dar algunas vueltas. Cuando a toda velocidad bajo la principal avenida, sufro la tentación de cerrar los ojos, y frenar de golpe, o dejar que la moto, ligero Titanic, encuentre su Iceberg. Y todo sea fracturas, oscuridad que cae sobre sí misma.

Y tantán.

 

*Universidad Iberoamericana.

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