“¿PARA QUÉ POETAS?”

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

“¿PARA QUÉ POETAS?”

 

Una reciente conversación con un querido amigo me ha hecho pensar en el budismo: para dejar de sufrir, propone entrenarnos en ver, pero “ver” más allá del sentido de la vista… ver y aceptar al mundo con una perspectiva sin prejuicios: sin mezclar creencias ni expectativas, y asumiendo sin obsesiones, sin matices previos, lo percibido por los sentidos y quizá hasta apercibido por la inteligencia. Desde esa perspectiva, se nos abriría el camino de la liberación, es decir: las ideas –en su mayoría heredadas y no de la mejor fuente–, nos esclavizan en cuanto atañe al universo y al propio ser, y luego, con voz sustentada en principios desgastados las imponemos como normas y nos empeñamos en conservar los viejos moldes y nos cegamos ante la verdad. Sentir, abrirnos a todo lo ofrecido por la vida, incluido el dolor, no es una alternativa sino la vida misma.

Estos conceptos me llevan, inevitablemente, a las teorías de Martín Heidegger (1889-1976). No es de mis preferidos –no tengo instrumentos suficientes para penetrar sus ámbitos–, pero este portentoso pensador ha enfrentado el gran problema del siglo XX cuya continuidad en el XXI es evidente: ¿hacia dónde vamos si lo estamos destruyendo todo?

Me detengo en uno de sus ensayos fundamentales: “¿Para qué poetas?”. Aquí comenta la pregunta de Friedrich Hölderlin (1770-1843) en su elegía “Pan y vino”: ¿y para qué poetas en tiempos de penuria? Esos “tiempos de penuria” se han prolongado hasta el más reciente hoy, cuando “la tarde del mundo se inclina ya hacia su noche”. Nos acercamos, dice Heidegger, a tal oscuridad y ni siquiera podremos vislumbrar el sentido de la carencia y ésta se ve “ensombrecida a tal grado que ya solamente aparece como necesidad que quiere ser satisfecha”.

Ciertamente, el pragmatismo nos absorbe y la tecnología nos invade. No por ello debemos alejarnos de ellos, sólo no debemos caer en el extremo de adorarlos como a dioses y únicos guías de nuestros pasos. Los extremos en cualquier religión se abisman en fundamentalismos nefandos. Y a sabiendas, la tecnología y sus “beneficios” integran ya el nuevo panteón de creencias posmodernas. ¡Sólo aceptamos como cierto lo que pasa por los filtros de la máquina! ¡El espaldarazo de la mercadotecnia garantiza la bondad de lo que sea! ¿Y el espíritu?, ¿lo tenemos en cuenta alguna vez? Ya hemos olvidado hasta su nombre. ¿Y el arte?, ¿y las expresiones personales?, ¿y el maravilloso vuelo del pensamiento?

Para Heidegger los tiempos actuales son de penuria: ocultamos la esencia del dolor, de la muerte, del amor y no sabemos nada de su verdad: los tres se pertenecen. Hölderlin afirma: “los poetas son como los sagrados sacerdotes del dios del vino que en noche sagrada peregrinaban de tierra en tierra”, y ahora, videntes, estorban a la sociedad consumista: ¡la descubren flagrante en el proceso de su autodestrucción!

Hemos perdido conciencia de los deberes para con la Naturaleza; porfiamos en no creer en nuestro origen; la falsa cultura nos empaña los ojos, nos ensoberbece y no nos deja reconocernos. “El fundamento del hombre –dice Heidegger– no solamente es del mismo tipo que el fundamento de la planta y del animal: aquí y allá es el mismo: es la naturaleza como `naturaleza plena´”.

¿Por qué perdemos minuto a minuto la maravillosa capacidad de mirar limpiamente el entorno? Y más aún, ¿por qué el planeta debe aprobar y compartir esa mirada atardecida y a punto de la oscuridad total? ¿O usted qué opina?

 

 

 

 

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