Requiem y consolatio por Enrique González Rojo Arthur

Requiem y consolatio por Enrique González Rojo Arthur

Fernando Corona

 

I / Adiós

Murió tu voz y tu sonrisa de Enrique múltiple y diverso. Murió tu barba y tu estatura de hombre que era espiga. Murió la mano que se alzaba, el puño que flotaba al cielo, la esperanza irrevocable y una luz de ojos discretos. Murió la sensación de estar en ánimo para desconcertar todos los órdenes y hacer de la humorada la primera y más tenaz de todas las insurrecciones. Moriste, González Rojo Arthur, y me queda como lección de maestro la ola de experiencias musicales en las que navegaste: las rituales asistencias a la Sala Nezahualcóyotl los domingos a mediodía (“son nuestras misas”, decías sonriendo junto a tu Alicia); la iniciación operística que planeaste una vez para mí con los amigos del Estudio Ricardo Castro, donde, en una suerte de team back, declaraste que la primera de varias revisiones que veríamos en estudio a puerta cerrada sería Rigoletto; los desafíos a que me sometiste revestidos de acertijos (“responde de inmediato para definirte: ¿Wagner o Mozart?”). Me quedo con tu ser musical, amigo y maestro, guía y mentor, porque aprendí en tu compañía a seguir el ritmo de conciertos y sinfonías con el dedo índice orquestando e incluso dejando adivinar lo que seguía si no era de mi repertorio la melodía, pero sobre todo porque, mozartiano como fuiste siempre, me dejaste como tarea nunca ignorar que “la poesía debe ser como la hija obediente de la música”.

 

II / Subrayo lo manifiesto

Dos manifiestos recubrieron los suelos ante tus pasos en la variada condición de tu pluma. Un par de proclamas porque todavía fuiste, no sólo de los que creyeron en los manifiestos y su poder de arenga y pregón, sino de los que tejieron sus caminos de acuerdo con las sentencias y las consecuentes resonancias. No podías haber sido el autor que existió en ti si no hubiera sacudido tu pulso el ansia de enunciar y dejar un manifiesto. Y dos fueron los ecos que hoy se abren camino por las ansiosas galerías. Dos fueron los retumbos porque son como tus pulmones guardando y devolviendo los aires que te hicieron respirar y ansiar y contener el aliento. Dos fueron esos soplos en tu inmensa y firme existencia de centinela y faro: al aire poeticista y el aire autogestivo. En el primero, un Enrique forjaba las meditaciones del quehacer poético al tiempo que soltaba un río de versos cargado de la metaforización de la vida y el deber de reasumir la existencia en cada línea vuelta poema. En el segundo, otro Enrique esboza una teoría de las diferentes prácticas socioeconómicas en busca de la humanización del hombre. El manifiesto poeticista, que terminó resumido como Reflexiones sobre la poesía (2007), y el Manifiesto autogestionario (2003) fueron los dos ejes de tu credo, un programa de vida que uno acababa por compartir apenas al sentir tu saludo y tu abrazo.

 

III / Requiem por el infinito

Debería decir, junto con tus deudos y admiradores, “que descanses en paz”. Pero caigo en la cuenta de tu deber fundamental, de tu “Poemáximo”, y recuerdo que una y otra vez, Sísifo de tiempo completo y por voluntad insobornable, asumiste una condición y una labor: deletrear el infinito. Y, sonriendo contigo, en un dejo de sesgo filosófico, asumo que no es posible esa labor si el sujeto deletreante no es, no se vuelve alguna vez, de plano interminable. La vida fue, por ende, simple calentamiento, calistenia para acometer la faena que requiere ser perenne y que tiene una vacante para el que sea inmortal. Como si un día, simplemente, hubieses dicho: “ya sé qué voy a hacer, voy a deletrear el infinito para saber bien a bien cómo se pronuncia toda la existencia, todo el cosmos”. Y cual Borges, siendo humano, aun cuando te inscribiste en labor eterna, te has enfrentado con el dilema del aleph: debiendo ser simultáneo, no le queda más que ser sucesivo. Por eso el deletreo. Bendita tu tarea porque ahí comienza y termina la poesía. Bendito el trajín porque el que va a dejar de ser un día será el infinito. Cuando logres al fin pronunciarlo, como sin duda lo harás en un confín de la existencia, tal vez de pronto una luz se vuelva instante y ese instante deslumbrará abarcándolo todo. “Descanse en paz el infinito”, digo desde ahora, la poesía, tu/nuestra poesía, Enrique, habrá cumplido su afán.

 

IV / Consolatio por el amigo

Todos van a morir, todos deben morir… Lo sabemos y acaso lo olvidamos en el habitual regocijo de los días o en la morriña perezosa en que de pronto nos caemos. Todos deben morir, como murió también la estrella en algún cielo o como murió el grillo del camellón que una noche nada más ya no chirrió sus ecos. Todos deben morir, como murieron tus amigos con los que compartes ya la zona del silencio en el allá y el ansia del recuerdo de quienes subsisten de este lado. Como Salvador Díaz Cíntora, mi gran maestro de saberes clásicos no sólo helénicos y latinos, sino de varios otros, quien un buen día sonrió sabiéndote en mi vida y de forma categórica me supo a buen resguardo. Como Arturo González Cosío, quien un día presentó uno de sus libros y en primera conversación descubrió que eras mi maestro, asunto que siguió celebrando numerosas mañanas después entre desayunos y charlas hasta encender las pipas. Como Max Rojas, con quien después de compartir incesantes tardes y noches de mezcal y cigarro, de poesía en voz alta y conversaciones hondas y sencillas, supo también que eras mi maestro y lo brindamos. Todos deben morir; aún el más viejo, aun el más joven, como Víctor Mantilla y yo, que te sentimos aún sonriente hablando entre versos propios y de otros tantos poetas rememorados. Hemos de morir, claro, y hoy nos consolamos sabiendo que eres verso, el verso más remoto de una sombra que nos será contigua.

 

 

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