“¡¿VICTORIOSA TENOCHTITLAN?!”

“¡¿VICTORIOSA TENOCHTITLAN?!”

(Anónima crónica)

Fernando Curiel

 

Lo cuento como me lo contaron

 

 

I

Quiero suponer que toda esta “alegadera” levantada, aquí y en España, sobre Conquista, no, Invasión, no, Ocupación, no, Fundación, no, Encuentro, y etcétera al cubo, inspiró el texto que, “felice”, comparto con los seguidores de PUÑO ELECTRÓNICO, que por cierto ya estrenó Instagram. Sólo me entrometo para decir que, en lo personal, historiador titulado por la UNAM, me regocija (a lo mejor efecto de la pandemia), el género contrafactual. Lo que pudo haber ocurrido de no ocurrir lo que ocurrió. Reza el texto llegado a mi buzón electrónico:

II

“¡Malditos, cien, mil veces malditos, fijos de mala, malévola, entraña¡ ¡Perros del mal! ¡Sabandijas! ¡Engendros de Lucifer! ¿Qué días e sus noches levantaron las murallas filosas de sílice alrededor del centro de México-Tenochtitlan, reduciéndonos a un paraje desolado de la isla? ¿Cómo redujeron a su Emperador Moctezuma a la condición de ignaro y palurdo, frágil, letrado ignorante? ¿Con qué artilugios mudaron las señales ominosas a los indios, aquel llover cenizas, aquel volar de águilas degolladas, aquel sol oculto, en signos promisorios para la Nación mexicana? ¿Con qué invocaciones adelantaron el regreso de Quetzalcóatl, a quien suplantaríamos, ahora encarnado por Cuauhtémoc, invencible? ¿Bajo qué condiciones amansaron odios añejos en Culhuacán e demás sitios de su guerrear, e pactaron alianzas que trujeron la paz entre enemigos los siglos de los siglos, alianzas ventajosísimas para todos los Señoríos de la Cuenca, e todavía más lejos, Tlaxcala a modo de para nos acojonante ejemplo? ¿Por qué no descubrimos cuando debíamos, para nuestra salvación y gloria y riqueza, imperecederas, el doble juego avieso de Malintzin, fementida lengua?”.

Tal el comienzo.

Que continúa de esta guisa:

 

III

“¿Cuánto pedernal gastaron para incendiar las moles demorosas de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, paso que resultó a la nada? ¿Cómo atrincheraron la perfecta calzada de Iztapalapa, en la que debieron resonar triunfantes voces y aceros castellanos, hincarse a nuestras plantas, colmarnos de presentes, empezar a rendirnos el imperial palacio, sus ídolos e oro, el secreto de su ciudad esplendente? ¿Con cuántos quintales de madera empavesaron con canoas e otros bateles copia de los nuestros, flota en pie de guerra, los lagos de Texcoco e Xochimilco e Chalco? ¿Con qué artes nos impusieron un sitio convexo e maléfico: nosotros, dueños del campo, sin bastimento, ni galleta ni tocinos, y ellos, cercados, llenándose la tripa de cocoles de agua, de tamales de gusanos, de ánades e chichicuilotes, de verduras inagotables? ¿Con qué sustancias pudrieron las riberas en las que alzamos nuestras tiendas, aguas negras a las que nos asomamos alucinados? ¿Quiénes robaron el pendón de nuestro capitán Don Hernando Cortés, blanco e azul e colorado? ¿Con qué hechizo anticipan nuestras más recónditas maniobras? ¿Con qué argumentos o yerbas hacen escarnio de Dios Jesucristo e Santiago equino su cerbero? ¿Cómo nos trajeron a esta desgracia?”

Lamentaciones que se prodigan:

 

IV

“¡Mondas aves de rapiña, nos, predestinados por la providencia a reducirlos a legítima servidumbre, al gozo de encomiendas: tantas fanegas de tierra, tantos pastizales, e tantas familias de indios! Nos, sucios e malolientes, acuchillándonos por un adarme de suela, otra vez, un puñado de nos, astrosa carne de presidio! ¡Nos, delirando con muchachas e acequias e chinampas floridas e oro, oro, oro! ¿Cómo, por qué/ (lamentablemente, aquí se interrumpe la crónica).

Y tantán.

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