A LA MÁS JOVEN DE MIS AMIGAS

 A LA MÁS JOVEN DE MIS AMIGAS

Fernando Curiel

Para Rosana y Octavio

 

I

Tal es el título del I-mail que esta madrugada primaveral hallé en mi buzón. Cuenta y nombre, con sus apellidos, existen. Si bien entendí el tácito propósito de compartir, resolví mantenerlos en el anonimato. Cuento tal y como me lo contaron.

 

II

Empieza de esta suerte el correo: “A ti, dulcísima Lisandra, veinte añera, me dirijo en primer término. Corrí la suerte de que ayer, en un trámite que tengo por vertiginoso, una hora a lo sumo, me vacuné: filón de luz, esperanza que irrumpe en una espera, Apando lo llamaría José Revueltas, de semanas, de meses, de un año al que se monta otro. En un lugar del Sur, donde está mi Estudio que no pocas ocasiones has iluminado, hermosa, plena de paz, en la mano, un ramo de flores. En medio del descarado tráfico, ya evidente con lo que pasó en un aeropuerto de Campeche; en el agandalle de naciones poderosas frente a las débiles; entre los desaciertos del mal gobierno que nos tocó, pero que así decidieron tantos, para toparse con “la misma gata, nomás que revolcada”; etcétera, etcétera; me tocó la vacuna Pfaizer, una de las más eficaces en este mercado de la tecnología farmacéutica (la Ciencia no ha estado muy ducha). Uno de los efectos fue soñar esta conversación contigo, que escuchaste, mirando como miras, directo al corazón. Vigilante estuve al manipuleo electoral. Pero todo en orden. Y no puedo menos que destacar el trato, como de edecanes, de médicas y médicos, operadores y operadoras (no se me vaya a tachar de insensible al tema de Género).”

 

III

Continúa el I-mail: “Te platiqué el fondo: la experiencia terrible del grado de acabamiento, especie de mezcla de involución y comedia humanas. Coetáneos (de mi rodada), y contemporáneos (mayores que yo), devastados, reos de otras enfermedades, cojeando asistidos, con bastón, en sillas de ruedas, arrastrados casi o de plano en vilo; el paso, si es que paso puede llamarse, agónico. Aunque en la raíz de opacas miradas el empecinado deseo de escapar a la Peste, vencer a una Muerte que ya de por sí anida en los cuerpos, longevidades, mala o buena vida personales, obesidad, hipertensión, soledad, insomnios crueles, nítidos sonidos de antiguos anuncios radiofónicos, hojeo de fotografías familiares que se animan como testimonio de lo por siempre (siempre, siempre) perdido. Y ahí íbamos, filtro por filtro, una exclusa tras otra, al puerto del pinchazo”.

 

IV

Faltan dos párrafos. Dice el primero: “Mi conversación contigo, y tú lo sabes, no buscaba ni moralejas ni advertencias. Víctima has sido de mi compulsión testimonial, que, no me preocupa, alguien ha tildado de “chismorrienta”, restándole méritos a una costumbre que me viene de mi privilegiada infancia pueblerina. “Todos para uno”, en pocas, espadachinas palabras. Sólo me dio en gana platicar contigo, que tienes el don de escuchar, como escuchan los que ejercen yoga. En un oleaje humano que no cesa, ya a un paso de la salida, cumples la previsión de reposar, atento el personal médico a tus reacciones. Lo haces bebiendo un botellín de agua y degustando con ganas una pequeña palanqueta de cacahuate (lo de pequeña trae cola, si el obsequio iba a estallar el recuerdo remoto, del niño devorador de palanquetas de cacahuate, de pepita, que fui los Cuartos Viernes, sobre todo, entonces que me proporcionaran una grande). Se bebe y mastica luchando cada quien de los que esperábamos el banderazo de salida, con su cubrebocas. Todo tranquilo. Nadie, de los de mi turno, manifestando malestares, si acaso una mujer con levísimas convulsiones al punto atendidas. Y ¡¡¡ZAZ!!!, la calle otra vez, otra vez, no importa qué tan tarde, la vida. ¿Importaba que AMLO y Córdoba se estuvieran sacando los ojos, o que, en mi amado Londres, la Familia Real vivieran días amargos con el Henryxt? No, no importaba. O, bueno, sí, importaba un rábano.”

V

Lacónico, breve, el postrer párrafo, rezuma ternura: “Gracias por existir, Lisandra”.

Y tantán.

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