¡CIUDAD AL AGUA!

¡CIUDAD AL AGUA!

Fernando Curiel

 

Lo cuento como me lo contaron

 

I

Advierto, a quien leyere, que se trata de un intercambio de correos sostenido con regular frecuencia, entre enero y febrero, la Peste en su Segundo Año, repuntando y amainando al capricho de la autoridad sanitaria, oronda, además, con la promesa de una vacuna, que, de existir, gringa, china, rusa, se aplica con criterio electoral. La cuenta del remitente existe, aunque bajo el nombre de desesperado@gmail.com

Me da la impresión de que se trata de alguien joven que practica o practicó el buceo. Las imágenes de la pesadilla, recurrente, y lo más grave, que lo asalta aún despierto, son demasiado vívidas para estar basadas en videos o revistas; y más de una ocasión ha deslizado el pavor de encontrar, al zambullirse, que lo soñado, o visto despierto, es real. Tengo su autorización, para divulgarlo en nuestro blog PUÑO ELECTRÓNICO…

II

Abrió preguntándome qué tanto conocía yo la Ciudad de México. No tuve empacho de decirle que con la avidez de quien naciendo en ella, la perdió a los tres o cuatro años de edad, y la recuperó a los diecisiete. Me pidió que fuera más explícito. En resumidas cuentas, le hablé de los lugares en que viví, la Roma de los primeros años, y al regreso, la Colonia del Valle, el Desierto de los Leones, la Narvarte, la Colonia Cuauhtémoc, la del Valle de nueva cuenta, el Primer Cuadro por razones laborales, la temporada en los rumbos del Xoco, San Jerónimo, este final de Ruta en un Copilco en el que jamás pensé residir; y que, cuando lo hice, lo tomé como expulsión a la me condenaba la ciudad (con todo y la cercanía de la Ciudad Universitaria, dónde terminó mi periplo profesional, y la rapidez con la que me permitía tomar la carretera rumbo a mi pueblo de adopción). Quiso saber, enseguida, de qué catástrofes guardaba recuerdo. Por oídos, del Terremoto de 1957 y, en vivo, de los de 1985 y 2017; amén de los aguaceros que desató la llegada expropiatoria de Tlaloc, y la conversión de los deportivos de la Delegación Venustiano Carranza, en la que me desempeñaba como Sub Delegado de Cultura, en lugares de acogida de los sobrevivientes de San Juanico, víctimas sobrevivientes de las brutales explosiones gaseras. ¿Le gustaría, añadí, que le hablara de las catástrofes políticas, el 68, el echeverriato, el jolopo-delamadrismo, el salinato que aún boquea, el fox-calderonismo, el pandillerismo peñanietista, este hoy por hoy de autoritaria caoscracia? Me replicó que no le interesaba en lo más mínimo, ni le quitaba el sueño. Lo que volvía dantesco su sueño, y no sólo su sueño, era otra cosa. Se abrió de capa.

 

III

¡Oh paradoja, todo empieza paradisíaco! Se zambulle, escafandra, aletas, lámparas, cámara fotográfica, en esas luminosidades líquidas que van descubriendo cardúmenes inimaginables, una flora ondulante, extrañas rocas, restos de embarcaciones a los que su anclaje definitivo, la herrumbe, su paso a nidos de corales, les otorgan dignidad de ruinas clásicas. Se desplaza con su clan de buzos por catedrales de hermosura inefable, observa cara a cara pulpos pegados en las rocas, nada entre peces amigables… Y, de pronto, está solo… Y lo que contempla lo horroriza… A distancia abisal, pero nítidos, la Cabeza del Ángel de la Independencia, los pisos superiores de la Torre Latinoamericana casi por entero sumergida en el cieno, también el Palacio de Correos, también en extraña pirueta El Caballito con la base arriba y jinete y cabalgadura casi del todo hundidos, también el Monumento de la Revolución del que únicamente se aprecia la cúpula. Aunque con sus tres pisos expuestos, el Palacio Nacional, va hundiéndose en su extremo izquierdo… Ve pudriéndose automóviles de marcas por él desconocidas, también tramos de Insurgentes, de los despedazados Pisos Elevados…

 

IV

Pero, lo en verdad escalofriante, es que, a últimas fechas, observa bajo las aguas el propio edificio de la Colonia Condesa en el que vive con su encerrada familia de padre y madre, distantes, pero igual de neurotizados, y dos hermanas gemelas todavía más entrelazadas por silenciosa y cruenta guerra. La pesadilla, dormido o despierto, cobra otra tonalidad. Cuando se hablan los padres, el tema de las colegiaturas en la escuela privada en la que están inscritas las gemelas, estalla como una granada. Los ingresos del padre, restaurantero, se han ido al suelo. ¿Y una escuela privada, sus puertas cerradas a cal y canto? (un informe reciente, habla de miles de deserciones, de honda crisis). Mi remitente, por lo que entiendo, estudia en el IPN, ingeniería, supongo. El caso es que, a través de su visor, y de las ventanas del departamento, pegado como una lapa, respirando con dificultad, como si se vaciara el tanque de oxígeno adosado a la espalda, atestigua la discusión de sus padres, altisonante, agresiva, al tiempo que las gemelas lloran inconsolables. La madre aduce, el valor social de la escuela, su prestigio (nombre la Escuela que, por razones obvias, omito); y que están dando facilidades para los pagos, ya vendrán mejores tiempos. El padre, furioso, levanta los puños. Las gemelas, gritan.

Dos detalles lo aterran. Él, ahí dentro, se mantiene neutral, indiferente, aunque voltea a verse, descompuesto tras el doble cristal, el de la escafandra y el de la ventana. Y, por la sala o el comedor, se deslizan tiburones de mirada y dentaduras asesinas, cerrando un círculo…

Y tantán.

 

 

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