ESCRIBIR CUENTOS

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

ESCRIBIR CUENTOS

 

Hace ya un par de lustros, invité a un amigo –columnista de temas políticos, escritor dotado de poderosa imaginación, “héroe” de múltiples aventuras– a escribir cuentos, y me respondió con algo inesperado: “Me gustaría, pero me da miedo”. Me extrañó esa frase en un suspicaz observador capaz de obtener lúcidas conclusiones sobre la conducta humana y dueño de una propia versión de la Vida. Según mi opinión, este amigo era un inmejorable candidato a cuentista: ya sabe, presentar a un personaje en un conflicto que le exija reconsiderar su ética y su estética, mostrar cómo lo resuelve y apreciar su transformación en el devenir de esa aventura, y todo ello en la brevedad quintaesenciada de un apretado discurso pleno de significados dispuestos a emerger, intensos, en cada palabra, en cada signo.

Hace apenas unos días, ante una invitación semejante a otro amigo –también escritor–, recibí la misma respuesta. Me fue inevitable regresar al pasado, y ahora con una pregunta: ¿de dónde procede el miedo a “contar”? Ciertamente, publicar es un compromiso, un acto de responsabilidad, ya sea para aclarar, precisar o, in extenso, refutar. Y tratándose de escritura literaria, hay ciertas exigencias que deben respetarse para el desempeño eficaz de la función vehicular que abra camino a la visión del mundo del escritor.

Contar es ofrecer el otro lado de lo ya visto, de lo conocido; hacer escuchar lo ya oído desde un nivel capaz de dejar al descubierto los meandros más íntimos de un personaje ante las miradas apremiantes. ¿Será esto el germen del supuesto miedo a la escritura? Veamos:

¿Alguna vez se ha encontrado frente a una circunstancia que lo haya  obligado a modificar sus perspectivas?, ¿le gustaría platicar de cómo enfrentó esos momentos difíciles?, ¿se ha detenido a meditar en el proceso de sus propias crisis? Estoy segura, todos hemos estado frente a hechos, propios o ajenos, dignos de ser contados, pero tememos dejar al descubierto ese escondrijo secreto de voyeur, o tal vez pretendemos ocultar ese código cuyas valvas se abren y se cierran cuando nos ubicamos en el punto justo para entender a los otros.

Contar es desenmarañar esos casos peliagudos en el instante preciso de tomar decisiones. Después de la resolución de una crisis, el personaje en juego cambiará, ya no será el mismo: estos hechos son materia literaria básica. Y ya entrados en la escritura, nosotros podríamos ser protagonistas de múltiples historias si retuviésemos más tiempo del necesario una sola de las múltiples máscaras elegidas con celosa fiereza cuando salimos a la calle, a la oficina, al jardín, al mercado, al cine o hasta cuando nos detenemos frente al televisor.

Como género literario, el cuento tiene sus exigencias y hay múltiples teorías para construirlo. Aprovechemos la experiencia personal: esas aventurillas, más o menos trascendentes, dignas de llevar al papel. No necesitamos ser fieles reseñistas de los hechos –no se trata de un informe de laboratorio. Adecuemos esas “aventuras” con el matiz particular de nuestro estilo, y si cumple las finalidades ya citadas, estaremos seguros de haber cubierto los requisitos, es decir: un personaje en conflicto cuya resolución lo moverá hasta las entrañas y lo hará actuar como nunca lo hubiera hecho… porque este suceso deberá modificar su ética, su estética, su vida. Y eso es todo: hechos excepcionales, inesperados: jamás rutinas ni automatizaciones; sólo situaciones imprevistas: el otro lado de lo conocido, lo que estaba allí y no lo sabíamos mirar, en fin, lo ajeno al menú habitual: lo extraordinario.

Ahora bien, tal vez a usted, escritor de vanguardia, no le guste seguir normas. De acuerdo, no las obedezca, sólo no le llame cuento a lo que escribió: ésta es la figura más exigente de la narrativa: es como si pretendiera hacer un soneto de veinte versos: quizá logre un gran poema, pero no habrá escrito un soneto: le sobrarán seis versos.

¡Estoy convencida! Si repasamos la agenda, encontraremos más de una cosilla cuya revisión nos modificó ciertas consideraciones relativas a nuestro  hacer cotidiano. ¿Lo intentamos? ¿O tiene miedo?

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