SELENA VIVE

SELENA VIVE

Fernando Curiel

 

Lo cuento como me lo contaron

 

I

“Borro mis señas y omito mi nombre y el de mi hija, el de la cantante no, ¡imposible!, por la situación en la que me hallo. Conocí a Selena, bueno, supe de ella, por primera vez, en unos de mis viajes a San Antonio, Texas, por razones de trabajo. Fayuca, lo reconozco, y encargos que me hacían mis clientes. Me iba bien. Vivía en una ciudad distante seis horas de la frontera, y manejaba mi propia camioneta, no del año pasado, pero rendidora; con mi esposa, matrimonio que se había sobrevivido a sí mismo; compartiendo el infortunio de nuestros dos hijos; él, el mayor, con unas pretensiones a las que quedaban chicas sus capacidades; ella, dos veces casada sin lograr embarazarse. Mi esposa murió a comienzos de 2020, y no por el horrible contagio, sino a causa de un corazón fatigado. A gloria me supo que mi hija me propusiera vivir conmigo. No sabía en lo que me metía.  Casi de inmediato adoptó el papel, no de esposa sustituta, sino de madre, mi desaparecida madre. Me vigilaba, me amonesta, al principio suavemente, después con gestos despóticos; y se le metió entre ceja y ceja que me había vuelto adicto a la pornografía en mi televisor. Le daba por meterse a mi cuarto, para según ella, sorprenderme ahora sí que con las manos en la masa; y cuando resolví poner el seguro, me reconvenía tras la puerta. Soy de edad avanzada, lo reconozco, pero aún puedo valerme por mismo, acudir a un OXXO por mi periódico y mi cajetilla de cigarros (¡otro chispazo de su cólera!) y a una farmacia Benavides, por mis medicamentos, purgantes, paliativos a la presión baja. Aunque intentó mi de pronto desconocida hija, por ponerme una trampa, preparándome los guisos que prefiero, terminamos haciendo nuestros alimentos, solos como ostras y en distintos horarios. Mal consejero es el confinamiento. Si llegábamos a coincidir, intercambiábamos expresiones descarnadas, faltas del respeto que nos debíamos. Un padre. Una hija. Ahorro ejemplos”.

 

II

Con semejante parrafada, empezaba el E-Mail que cayó en mi buzón. Al principió imaginé a un loquito furioso, buscando camorra. Pero seguí leyendo y cambié de opinión, porque la verdad yo también soy fanático de Selena. Por eso decidí “subirlo” a PUÑO ELECTRÓNICO.

 

III

“Había concluido mi ronda por los Centros Comerciales, guiado por el anuncio BARGAIN. Maletas y bultos reventaban. Mercancía a la que doblaría o triplicaría el precio, ya de regreso. Estaba en unos de esos Moteles baratos que acostumbraba, y me había provisto de una Big Hamburger, la obligada bolsa de papas fritas y un six pack de cervezas Corona, que en San Antonio abundan. Coloqué los castigados pies sobre una almohada. Prendí la tele, el canal que cayera, y empezaba un concierto. Un Rodeo de la ciudad de Dallas, donde cazaron a Kennedy. En una de las puertas, entró un auto, descapotable los llamaban, y en el borde del asiento posterior, apareció una Diosa, lo digo sin remilgos, Selena. La carroza divina dio una, dos vueltas, no recuerdo, mientras los miles de miles de congregados gritaban en una especie de trance. Paró junto al alto escenario, iluminado por bengalas, y la Diosa, Selena, reapareció.”

IV

“No miento si digo que el concierto duró lo que una exhalación. La batería de cámaras, atrapaban, desmenuzaban, aquel vértigo; aquella chaqueta medio vaquera, con unos pantalones que se untaban al cuerpo, relamiéndolo. La verdad, me embelesé, con los giros constantes; los bellos rasgos mexicanos; la cabellera dividida en dos negras cascadas; la distancia de dos ojos redondos en una de esas, pequeños botones; los labios, jugoso el inferior; la sonrisa. En un momento, se desprendió de la chaqueta, desnudando hombros, brazos, cintura de rara perfección. Descubrí letras que ahora deletreo, decir canturreo sería una herejía: ´I could fall in love’, ‘Dreaming’, ‘Amor prohibido´, ‘Techno cumbia’, ‘Bidi bidi bom bom’…¡´Como la flor’! Al día siguiente, retrasé unas horas mi regreso, esperando que abriera una tienda de discos, con los suyos. Juré que, en uno de mis regresos a Texas, asistiría a un concierto de Selena. No pudo ser. Semanas después del concierto que vi arrobado en el Motel, una de sus colaboradoras, la mató a mansalva”.

V

“Anoche, esperé a escuchar los ronquidos de mi hija, en su cuarto, para ver el DVD de aquel concierto memorable. El sonido, apenas audible. Selena vivía, seguía viviendo. Lo vi una y otra, y otra vez. Por supuesto que vivía. Lelo, lo admito, escuché el violento toquido de mi hija, que se había despertado; sonó como el balazo que alcanzó a la Diosa, mientras corría. Sin darme cuenta, había subido el volumen.

-¡Deja de tomarme el pelo! ¡Apaga tu porquería y duérmete ya!

Gritó, furiosa”.

Y tantán.

 

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