El festín de los vacunados

El festín de los vacunados

Por Ingrid Brena Sesma

 

A mi hija Liliana

 

¿Me vacuno o no me vacuno? He ahí la cuestión. Esta disyuntiva me mantuvo ocupada mentalmente por varias semanas. Resulta que soy alérgica a ciertos medicamentos y no me imaginaba cuál podría ser la reacción de mi cuerpo a la vacuna ¿y si me da un shock anafiláctico? No voy a entrar en detalles médicos de lo que esto significa, pero es malísimo y pone en riesgo la vida. Pero, por el otro lado, caray… si me da la Covid-19 puedo acabar en pocos días con esta vida que tanto cuido. No están para saberlo pero de todas maneras les cuento que cumplo diariamente con mis rutinas de ejercicio, como sano y sabroso y duermo 7 horas de rigor (aunque algunas veces ayudada por la seratonina)… en fin, que soy ordenada. ¡Uyy! pero ya me desvié del punto. Lo que pretendo hacer notar es mi miedo a morir antes de lo que tengo pensado.

Mi esperanza de vida, según mis cálculos, ronda un poco mas allá de los ochenta y cinco años. Sobra decir que no tengo ningún dato médico ni estadístico para sostener esta afirmación, así que mas bien es un deseo. Para redondear mis elucubraciones, imagino mis últimos momentos rodeada por mi progenie y sostenida por alguna mano querida. Esta imagen la he de haber visto en alguna de las películas de la edad de oro del cine mexicano, al que soy aficionada. Pero con esto de la pandemia mi idílica imagen se trastocó. Existe la posibilidad de que me vaya de este mundo en un santiamén. Imagino el escenario: Tos, falta de aire, temperaturas altas, inflamación pulmonar; vaya, ni a la intubación llego gracias a unas mentadas Guías Bioéticas que andan circulando por ahí. Y, en menos de una semana: tantán; adiós mundo cruel.

Así que la vacuna o la Covid. ¿Quien me ayudará a tomar la decisión? ¿La tomo yo o espero a que el Siervo de la Nación en turno la tome por mi? ¡Ni maiz! Le pregunté a dos queridos amigo, especialistas y muy picudos (cuyo nombre me reservo por temas de privacidad) y cada uno, por su lado y enfáticamente, me recomendaron la vacunación.

Acudí en tiempo y forma a la sede que me correspondía, confieso que arrastrada por mi hija, quien ya no vivía de la angustia de pensar en quedarse sin progenitora. Juntas llegamos; pero al poco nos separaron, tanto para evitar las aglomeraciones como por el hecho inexorable de que yo tenía que enfrentarme sola a mi destino.

Ni cuenta me di de cómo empecé a caminar en una larga fila que fluía velozmente. Caminando, caminando, me dieron una ficha; me sentaron bajo un toldo, vamos, hasta me dieron mi botellita de agua, una naranja y una alegría ¿qué cara me verían? ¿se me notaría el susto? Sin perder tiempo me pidieron mis datos. La mente se echó a andar ¿estaría yo viviendo mis últimos minutos antes del shock? Ni tiempo de contestarme. Estaba a punto de que me tocara la vacuna. Diez personas… ocho… dos… una…. ahí voy.

Piquete. Ligero dolor. Pase usted a observación, dice una voz lejana. Ahora ya tengo tiempo de reflexionar, ¿de veras ya me vacuné? Me pellizco para comprobar que no estoy soñando. Sí, ya me vacuné; no me pasó nada y ya estoy vacunada. La amenaza de perder la vida en ese momento se disipó.

Estoy consciente de que el bicho me puede atacar, pero el riesgo de una situación grave se aleja. Éjele que ya no voy a necesitar la codiciada intubación, o al menos, eso quiero pensar. Siento que vuelvo a vivir, no sé cuanto, así que mejor aprovecho el tiempo. Ahora puedo afirmar, como oí decir por ahí: “eso de morir lo dejo para lo último”.

Me estrenaré un vestido amarillo muy mono que tengo por ahí guardado, me tomaré una o varias copas de champagne, me iré de viaje con mi nietos. Dentro de poco, con cuidados y la protección debida, podré volver a ver a mis amigos, quienes por la edad, ya estarán vacunados. Sí, haré una reunión con Fernando, Oswaldo y Fito, en el jardín. Será el festín de los vacunados, celebraremos estar vivos… por ahora.

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