Mesa para uno

Mesa para uno

Isai Monterrubio

Eran los primeros rayos del día los que me besaban la mejilla para traerme de vuelta al mundo consciente. Ocho de la mañana; le había ganado a mi alarma.

La fecha resultaba importante: tenía una cita con alguien especial. Y no es que esa persona fuera única en el mundo -o tal vez sí-, quizá había más como aquella alma, pero, aún así, significaba mucho para mí.
Nos conocíamos desde hacía ya mucho tiempo atrás y habíamos salido en algunas ocasiones, pero pocas veces le había puesto la atención que se merecía.
Tomé una ducha tibia. Recién me había tatuado y no quería que se dañara. Here comes the sun, en voz de Nina Simone, sonaba.


Jabón, agua, shampoo, zacate, crema de afeitar y un rastrillo como micrófono fueron las herramientas que usé en el escenario de mi bañera mientras me limpiaba y me preparaba para partir; no quería verme desalineado.

Pasaban de las nueve y mi alarma apenas había reaccionado, sin embargo, había servido de algo, y es que era la señal para salir de casa rumbo al restaurante en donde vería a ese ente especial.
Me despedí de mi familia, aunque esta se mostró incrédula ya que pocas veces salía de casa.

-Seguro irás con alguna amiga- afirmó mi madre.
-Tas loco, mejor ahorra- extrañamente dijo mi padre.
-¡Se va a ir a coger!- exclamó mi tía sin pudor.

Había un océano de suposiciones alrededor, y  misterio sobre mi salida que todos presentían que les estaba jugando una broma, hasta que tomé mis llaves y subí al taxi. Solo ahí, cuando estuve fuera de casa, se dieron cuenta que todo era muy real; iba de camino a mi encuentro.

-¿Está bien la música, joven? Podemos apagar la radio si gusta -me dijo Gerson, quien en ese momento me conducía al punto de reunión.


-¡Está perfecta! Déjala así- le respondí con cierto cinismo, ya que en ese momento reproducía música en mis manos libres.

Doblamos en avenida Rojo Gómez, el ambiente estaba tranquilo. El auto olía a desinfectante, lo cual me dio una gran sensación de bienestar y seguridad.

Dimos vuelta en Eje 5 y luego a la izquierda en avenida Tezontle. Las calles se veían extrañas, pero bellamente desiertas. Era de suponer, no pasaban de las diez de la mañana. En el auto sonaba algo de electro, lo podía reconocer a pesar de mi ignorante oído musical para ese género.

Llegamos finalmente a Parque Tezontle, lugar en donde tenía mil y un anécdotas, y ese día agregaría una más. Quizá una de las más placenteras e inolvidables por la persona con la que estaría.
Rodeé la plaza. Por fuera se percibía un ambiente sepulcral. Había mucha calma, o quizá era el miedo recitando un movimiento musical de esos que solo se escuchan cuando hay silencio.
Por dentro era un escenario apocalíptico. Era tanta la escasez de gente que por un momento extrañé a las masas, pero fue muy leve aquella melancolía, puesto que el silencio, la calma y la quietud me traían paz.

Estaba por llegar al restaurante donde me encontraría con aquella persona que, debo confesar, extrañaba. Quería verla, hablarle, escucharla, leerla, abrazarla, acariciarla, besarla, apreciarla. Me sentía emocionado y algo desesperado por estar ahí.

Finalmente llegué al sitio. Subí algunos escalones; los últimos obstáculos que me separaban de la razón de mi emoción. Sonaba en el fondo «Senderito de amor», de Julio Jaramillo.

Cinco pasos contados desde el último escalón hasta la recepción y a todo lo que daba el corazón. Por fin había llegado.

Me acerqué con seguridad al vestíbulo del restaurante y con la voz entrecortada de la emoción le dije al recepcionista:

-¡Buenos días! ¿Cómo le va? Mesa para uno, por favor.
La cita había comenzado.

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