PERRA VIDA

PERRA VIDA

Fernando Curiel

 

Lo cuento como me lo contaron

 

I

Lo sé: la Historia (la Historiografía es otra cosa), cruel, cuando no despiadada, se desata en conflagraciones locales o mundiales, simples reyertas de un país contra otro, quítame allá esas pajas; o se remansa en Hemerotecas a institutos de investigación, y monumentos: Arcos, bustos, estatuas. De esto último trata el texto llegado a mi correo.

 

II

“Ardua fue mi vida toda, y lo está siendo el legado de mi momento cumbre, el equivocado, lo admito, descubrimiento de un nuevo continente, que debiendo haber sido bautizado con mi nombre, lo fue con otro: América. No me demoro en las circunstancias y las figuras que hicieron posible, o intentaron escorarlas, mis cuatro navegaciones. Y me limito a la primera. Salí del puerto de Palos con fecha 3 de octubre de 1492, con una pequeña flota, la nao Santa María y las carabelas Pinta y Niña. Dejo a la curiosidad fijar la tripulación de las carabelas. La Santa María la capitaneaba yo, llevando de piloto, a Pero Alonso Nuño, y con algo así como cuarenta marineros. Me salto hasta 12 de octubre, en que vimos cañas y yerbas nacidas en tierra, y ya por la noche, desde la Pinta, me hicieron señas de que miraron al fin tierra, mirándola el primero, Rodrigo de Triana. Dos leguas nos separaban, de la isla que llamé San Salvador y sus pobladores, llamaban Guanahaní. Ya en ella, toméla en posesión a nombre del Rey y la Reina, protestaciones de las que dio testimonio y fe Rodrigo d’Esteva, escribano de la flota. En mi Diario anoté la desnudez de los nativos, su buena disposición, los desconocidos frutos a la vista y los intercambios de presentes que se llevaron al cabo; de parte nuestra, cuentas de vidrios y cascabeles, y de ellos, papagayos, hilos de algodón en ovillos, lanzas con un diente de pescado en la punta. No conocían las armas, pues al mostrarles nuestras espadas, las tomaron por el filo, hiriéndose. Nos preguntaron a como se pudo si veníamos del cielo. Así empezó todo”.

Foto: Octavio Olvera Hernández

 

 

II

“Si bien, el 15 de marzo de 1493, ya estaba de tornaviaje en Palos, y a finales de abril, los Reyes me recibieron en triunfo en Barcelona, y no obstante salir con vida de mis tres navegaciones posteriores, tormentas, litigios, desencantos, tumbos, violentas derivas, marcaron mi existencia hasta que esta expiró su postrer aliento, en Valladolid, día 20 de mayo de 1506. De mal presagio de debí haber supuesto, durante el primer viaje, el naufragio de mi fiel Santa María entre el 24 y 25 de diciembre. Y no menos tormentosa me ha resultado la posteridad”.

Foto: Octavio Olvera Hernández

III

“No escaso ha sido el numero de reconocimientos que se me han tributado, en el Viejo y en el Nuevo Continente. Nombre de calles, teatros, distritos enteros; y bustos y estatuas. Aunque de estas últimas, mi preferida es la que se levantó en una de las glorietas del Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, levantada esta a su vez en las ruinas de la Gran Tenochtitlan, esplendorosa ciudad lacustre que me hubiera gustado conocer. Más de una ocasión, me imaginé acompañando a don Hernando Cortés en el botón de oro de su empresa, por mi facilitada, luego de que al hallazgo de Guanahaní, siguieran con buenos vientos en popa, los de las islas Fernandina e Isabela, los de Cuba y La Española. Pero estaba en mi estatua preferida, entre todas. Allá por 1873, el acaudalado mexicano Antonio Escandón se hizo eco del proyecto del emperador Maximiliano de levantarme una escultura, aderezada con alegorías de los mares que espuman costas de México. Estando Escandón exilado en París, encargó la obra a Charles Cordier. Llegué, estatua, a Veracruz, en 1875, y se me instaló de fijo dos años después. Feliz viví ahí hasta el 12 de octubre de 1992, en que se me abalanzaron grupos indigenistas, gente del común y bandas punketas, intentando derribarme con sogas y el tirón brutal de un camión Ruta 100; lo que frustró el Cuerpo de Granaderos. Volví a la normalidad, o eso creí. Movimientos antirracistas, empezaron a derribar mis estatuas en Estados Unidos. Y me llegó la hora de la verdad. Para el 12 de octubre de 2020, se convocó una concentración con el propósito de tirarme al suelo. Anticipándose, la autoridad capitalina, me retiró, so pretexto de mantenimiento. No sé dónde me encuentro ahora, todo es oscuridad. Extraño la altura desde la que vi extenderse al Paseo de la Reforma, y constatar los brutales cambios de la ciudad que, a modo de reflujo, hasta mi llegaban. Ignoro cuál será mi suerte, dónde, cuando, y en qué condiciones pararé”.

Y tantán.

 

Foto: Octavio Olvera Hernández

 

 

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