DE LA CRÓNICA Y SUS COLINDANCIAS

YA MUCHAS LETRAS

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

DE LA CRÓNICA Y SUS COLINDANCIAS

 

Si bien la crónica ha sido considerada, de manera muy general, como una labor periodística, su participación en la historia le ha concedido un perímetro genérico mucho más extenso y perdurable, y también le ha exigido una pulcritud mayor en su discurso. En México tiene orígenes remotos e imperecederos: Bernal Díaz del Castillo, quien habló “a nombre de la chusma que nació para obedecer y callar” y Francisco Cervantes de Salazar, cuyas nobles páginas recogieron “los datos verídicos y las rectificaciones que le iban proporcionando los conquistadores” (Reyes). De esos años a los nuestros, una ineluctable evolución ha modificado intereses temáticos y formalidad discursiva, ciertamente, pero ha mantenido –a veces sostenida sólo por hilos adventicios– su original y enérgica función informadora y su precisión cronológica.

 Los cronistas –como los historiadores– parten de hechos reales contemplados no con la mirada reporteril detenida en eventos sin asidero en el tiempo, o a la búsqueda de una atención premeditada o, peor aún, calificados con la simpleza de la premura propia de las impresiones superficiales. No. Los textos procedentes del pulso de un cronista viven documentados en una realidad inserta en su circunstancia, condición esencial para el juicio histórico. Un sólido bagaje cultural, compañero fiel de este escritor, es su mejor apoyo. Su palabra –fundamental y exacta– se afinca con certeza en los sucesos trascendentes y esclarecedores de todo devenir. El documento comprobable será siempre su mejor obra de consulta, y la cautela, su aliada suprema: abundans cautela non nocet!, principio jurídico a la vera de todo texto informador.

Vicente Leñero y Carlos Marín, en su Manual de periodismo  (Grijalbo, 1986), definen a la crónica como el “antecedente directo del periodismo actual. Es el relato pormenorizado, secuencial y oportuno de los acontecimientos de interés colectivo.” A esta definición, aúnan la importancia de la veracidad de lo “narrado” y privilegian la oportunidad de “capturar” lo sucedido en el instante preciso. De los ya conocidos qué, quién, cómo, cuándo, dónde, por qué, “a diferencia de la noticia, cuya función primordial es responder a qué pasó, la crónica se sustenta particularmente en el cómo”, vive escoltada por la historia y puede penetrar los linderos del ensayo. En nuestros días los géneros literarios han abierto sus fronteras antes vigiladas por un exigente hermetismo: las teorías al respecto son múltiples y permiten cauces hacia distintos ámbitos, inclusive el artístico: no olvidemos esa cotidiana línea observadora ─omniabarcante─ iniciada por Manuel Gutiérrez Nájera en el último tercio del siglo XIX y continuada por José Emilio Pacheco en el XX, ambas apoyadas en el deseo invariable de pincelar la Ciudad de México para sus pósteros, desde el comentario de experiencias espectaculares hasta el juego dialéctico de las más enconadas ideologías.

A la aguda observación, a la mirada comprometida por conocedora de antecedentes ─sucesos y voces─, a la veraz referencia histórica, al penetrante conocimiento de hombres y de situaciones, a la intuición potenciada hacia el futuro por el cuidadoso análisis del pasado, al valiente y atrevido veredicto desde la perspectiva individual: a todo eso, el cronista ha de sumar un discurso firme, preciso, claro, soportado en el conocimiento del lenguaje y su gramática, así como del acceso certero a la retórica ─enriquecedora en metáforas y ritmos─, a sabiendas de que no será leído por el curioso y fugaz buscador de amarillistas acontecimientos pasajeros, sino por el historiador, por el político, por el gambusino de verdades y de augurios entre líneas, es decir, por el lector profesional para quien la justa voz de un cronista es su mejor sustento. Esa voz habrá de precisar el rostro de una ciudad en cada uno de sus tiempos.

 

Pero dígame, ¿no le gustaría seguir el ejemplo de estos escritores?, ¿qué le gustaría conservar de nuestra ciudad? Seamos peripatéticos y caminemos por cada uno de sus tramos y escuchemos sus latidos y conversemos con sus baldosas y entremos a sus callejones y admiremos sus avenidas y amemos sus nobles virtudes… sus gloriosas fortalezas… y recordemos cada uno de los momentos que le dieron honra y prez o que la colmaron de desdichas. ¡Sí! ¡Vivamos la ciudad!… ¡esa ciudad amada por los cronistas y por nosotros, sus amantes eternos!

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