La chamarra

La chamarra

Por Elena Escalante Ruiz

 

Este breve cuento pertenece a una serie de borradores que escribí hace muchos años. Entonces, buscaba reflejar la irrupción de la violencia en la vida cotidiana: por esta razón utilicé un objeto tan común, como una chamarra. Desde la mirada del objeto, en este caso la chamarra, el mundo se transfigura; el ser humano es deshumanizado y el lector centra su atención en el objeto. Este recurso literario es conocido como animismo, y lo utilicé para crear una separación entre el texto y yo, pues el dueño de la chamarra era Carlos, mi hermano mayor.

 

No sé cuánto tiempo llevo postrado sobre esta insensible silla. El frío inmoviliza mis miembros. En la penumbra de la recámara escucho sollozos. Veo las manecillas fluorescentes del despertador sobre el buró; la tenue luz de luna me permite distinguirlas; pasan de las cuatro de la madrugada. La silueta espectral me estruja contra su pecho. Me interroga suplicante:

—¿Dónde está? Tú sabes qué le pasó. Tú estabas con él. —su abrazo es tan fuerte, que apenas puedo respirar y no logro pronunciar palabra.

Nos conocimos en una tienda de San Antonio, Texas. Era un hombre joven, bien parecido, de mirada profunda… en fin, todo un galán, como dicen por ahí. El color de mi piel estaba en perfecta armonía con el bronceado de la suya y no podía contrastar mejor con su pelo negro: juntos formábamos una imagen realmente atractiva. Tras seleccionar un par de prendas más, salimos de la tienda y días después me encontré en mi nuevo hogar.

Desde el primer momento mis compañeros de armario fueron amables conmigo y rápidamente me pusieron al tanto de su vida: tenía novia, dos hermanas menores y la casa donde me encontraba pertenecía a su madre: —Sin duda, esto ampliará mis posibilidades para conocer a una piel atractiva. —me dije—.  Estaba feliz. A los pocos días me sentí como pez en el agua.

Nos volvimos inseparables. Los viernes por la noche salíamos con los amigos. Entre copa y copa, hablaban y ponían discos que traían el recuerdo de alguien o algo; entonces él fumaba sin apuro. Al llegar a casa yo descansaba sobre la silla y lo veía dormir; casi siempre boca abajo, con la cara sumergida en la almohada.

La conocí en la fiesta de cumpleaños. No sé a quién se le ocurrió abrir una botella de champaña. Ella se acercó para brindar con nosotros; minutos después comenzamos a bailar, cómplices y sonrientes, mirándonos aturdidos por el sopor de las burbujas que se nos subían a la cabeza. La chica era hermosa: su piel color avellana era la más suave que había sentido hasta entonces. La noche pasó volando… Durante días saboreé el olor a jazmín que había dejado enredado entre mis fibras; hasta la semana siguiente, que fuimos al cine y la volví a sentir. La vida no podía ser mejor.

Una tarde de invierno, pasábamos el rato con un amigo y cuando comenzó a oscurecer, decidimos que era tiempo de regresar a casa. Las calles estaban desiertas y mi dueño manejaba a lo largo de las avenidas con tranquilidad. Mientras, yo jugaba con una luna platinada que se escondía entre los edificios, invitándome a buscarla.

Una inesperada parada me hizo despertar del ensueño. Al bajar del coche, sentí un fuerte dolor en las costuras de mi espina dorsal; entonces noté el objeto frío y puntiagudo que me oprimía. Estábamos asustados. Cuando los hombres nos cercaron, tratamos de conservar la calma, pero bruscamente nos sujetaron de las mangas, obligándonos a entrar de nuevo en su automóvil. Así comenzó una noche de martirio. Esos hombres no conocen la piedad. Pensé que nunca más regresaría a nuestro hogar. Sé que él también, pues sentí su piel estremecerse contra la mía. Luchamos, intentamos defendernos, pero unas manos sucias me arrancaron con fuerza de su cuerpo, separándonos.

Sé que estos hombres tenían la intención de llevarme con ellos, pero en el último momento se olvidaron de mí.

Durante días soñé que lo arropaba, hasta que una mañana encontraron su coche y, a mí, delirando en su interior.

¿Cómo puedo decirle a quien me interroga con impaciencia que él ya no regresará? Aquí, en su recámara, languidecemos todos: el reloj se detendrá para siempre y el olor a encierro nos sofocará. Pero no importa. No quiero salir de aquí.

 

 

 

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