SOR JUANA VÍA ZOOM

SOR JUANA VÍA ZOOM

Fernando Curiel

I

Aunque me pareció un relato en clave, confieso que me sedujo su ingenio y, por qué no, desparpajo. Bienvenida pócima en estas horas sombrías que acumulan datos terribles de caídos por el Covid-19, en lo que podría calificarse de matanza; errática política pública sanitaria que contribuye a ella, ¿disponiéndose a superar la cifra de bajas en la Revolución?; ansiedad y claustrofobia; desesperanza. De ahí que me animara a compartirlo. Lo cuento como me lo contaron. Reza de esta guisa.

 

II

“Sor Juana Inés de la Cruz se sentía incómoda, fuera de lugar. Pero la orden de la Superiora del Convento, fue terminante. La monja debía ser entrevistada, vía zoom, con motivo del Día Internacional de la Mujer. La Iglesia pasaba por una especie de aggiornamento, que alzaba algunos de sus velos al mundo. Y entendía que la hubieran escogido a ella. Pero se dolía, de que la distrajeran de sus afanes, de su manguillo, de su silencioso meditar. ¡Oh dura estrella! ¡Oh cuerpo del sol! Pero se encamina, desde su hogareña celda, al claustro despejado, donde otra monja le indica una mesa con una pantalla de computadora ya encendida. Toma asiento, y la monja, de la que advierte el agrio gesto subrayado por espeso bigotillo, busca y acciona el link que le entrega dos rostros, hombre y mujer, sus entrevistadores. Una voz, en off, femenina, lanza al viento los lauros que la coronan bajo la cofia. Natural de San Miguel Nepantla, poeta, filósofa, música, labradora del prado grecolatino y blablablá. Que El Primer Sueño, que El Divino Narciso, que la Inundación Castálida. Le asombra verse en uno de los cuadros de la pantalla, pero, sobre todo, lo que contienen los otros dos cuadros. Una especie de bruja, vieja, la cara aguileña a punto de explotar de afeites, irrefrenable la expresión burlona. Y un hombre mayor, regordete, con trazas del buen mozo que sin hesitación lo fue, en el pasado, con una marca indeleble de arrogante. Poco tardó Juana de Asbaje en descubrir que de lo que les importaba hablar era de sí mismos, no de ella ni con ella. Mero pretexto el mentado Día Internacional de la Mujer; cosa menor la suerte dichosa de su obra en la Corte y en las casas principales; nadería que tantas preseas, obsequiadas por la Universidad y numerosas corporaciones, llevaran su nombre.; y, puro morbo, la joya de la corona, el tema de su bisexualidad. Temas todos, palomeados por la Superiora, y de los que ella se enteró al último minuto. Mero pretexto, no tardó en descubrirlo. Perdió a buen paso la ansiedad, se fue sintiendo tranquila, y soportó la sesión como un lenitivo. Ni siquiera le preocupó la presencia vigilante de la monja a su vera. Sin dejar de responder a sus preguntas a la buena de Dios, salvo lo de la bisexualidad, frente a la que aduciría el Derecho de Confesión, como lo hará llegado el momento, se ocupó en observar cómo exhibían sus plumajes pavorreales, el par de interlocutores”.

 

III

“Los llamó, mentalmente, a ella, ‘Urraca´, y a él, ´Tlatoani´. Observó el ‘set’ de cada uno. Ningún librero a la vista porque los libros, sobraban, como sobran los pleonasmos. ‘Urraca’ y ‘Tlatoani’, estaban ya muy por encima de esos modestos objetos que encuadernaban el saber, la belleza. Ellos eran la viva encarnación del Saber y la Belleza. Por el contrario, las paredes rebosaban de pinturas. En las de ella, una explosión de arte mexicano: Orozcos, Khalos, Chuchos Reyes, Sorianos, un pequeño Tamayo; en los de él, dominaba la pintura surrealista, Varos, Carringtons, Tanguys, Ernsts; un Duchamps, un Man Ray. Y por excepción un mediocrísimo Rojo, más diseño gráfico que otra cosa. ¡Y cómo se pavoneaban al interrogarla! Urraca, exhibiendo una mascada Hermes que ocultaban los estragos del tiempo implacable, presumía colocar en el hilo de su discurso, palabras piedras preciosas, émulos exactos de los anillos que ornaban los dedos de ambas manos que, al hablar, no paraban de revolotear, y del enorme broche colocado al lado derecha de su blusa sedosa. Se decía tejedora de vocablos e ideas atrevidas, la boca sarcástica, remarcada por el rojo sangre de un tubo labial que se aplicó una, dos ocasiones. ‘Tlatoani’, grave en su majestad, vestía un blazer azul, camisa blanca y corbata a rayas. No obstante, su parloteo burlón, “Urraca”, manifestaba sumisa sumisión a ‘Tlatoani’, en quien una y otra vez reconoció la máxima autoridad en el estudio de vida y obra de la entrevistada, de la que ambos fueron olvidándose, para el íntimo solaz de ésta. Aparentando beber los alientos de lo que escuchaba, en realidad urdía redondillas, e incluso una pastorela en la que “Urraca” la hacía de travesti Diablo. Y ocasión no faltó que sus mientes, sobrevolaron el Convento, la Ciudad, para depositarse en el empíreo y su juego de astros. Por esos rumbos andaba, cuando el par, arrebatándose la palabra, la amonestaron por su retiro del mundanal ruido de la calle, los brindis, las revistas, las pasarelas de los Medios y las Ferias. Pregunta no prevista que los quemaba. Hasta la madre, casi gritó ¡Mal haya!, ¡andad en horamala!, y, por puro instinto, sin pedir el auxilio de la monja cancerbero, oprimió la palabra END. Y decidida regresó a su celda.

Tantán.

 

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