SEGUNDO PINCHAZO (¡Y OH SORPRESA!)

SEGUNDO PINCHAZO (¡Y OH SORPRESA!)

Fernando Curiel

 

I

No me detuve en la edad, el sexo, la identidad, de quién me remitió el E-Mail; ni si la vaga dirección domiciliaria era real o inventada; vaya, ni en el guiño personal que me dirigió. Sólo lo juzgué sincero, emotivo y, novedad en estos días, ya no engolfado en turbia espera sino promisorio, esperanzador. El navío maniobra para escapar del furioso Eolo que, emulado por altas olas burbujeantes, lo golpea a barlovento, en el ánimo de seguir su derrota a sotavento. Creí escuchar el grito jubiloso de que se tocaría tierra, tarde o temprano. Reza de esta guisa.

 

II

“Unas tres horas antes de hora señalada, mi acompañante y yo, subimos al Uber. Si bien, salió rápido del fondo de la callecita que da a Francisco Sosa, en donde resido, y en un santiamén irrumpimos en Taxqueña para tomar Avenida Universidad, el tráfico empezó a rodar con lentitud. Parecía que todo el mundo, se dirigía a la misma hora al cruce con Insurgentes para enfilarse al Estadio de CU. El Uber pudo llegar al sitio donde empezaba la interminable cola de los que podíamos movernos con nuestros propios pies, ya que, para las sillas de ruedas, también miles, se había dispuesto otro punto de ingreso. Mi acompañante se aprestó a aguardar mi salida. Gel, tapabocas redundantes en un ejército de embozados. Seguí de forma mecánica las instrucciones: avanzar, dar un número telefónico, recibir una ficha, avanzar, ingresar a la enorme carpa, seguir una determinada fila, sentarse por grupos, reiniciar la marcha, ocupar una de las sillas frente a una enorme mesa, proporcionar datos, el INE o una copia, responder a la hipertensión y No a la diabetes, recibir el documento pasaporte a la zona de vacunación, sentarse, escuchar el rosario de prevenciones, disponerse al pinchazo. Me entretenía leyendo los datos de mi COMPROBANTE DE VACUNACIÓN: fecha (20.04.21), Marca de vacuna (Pfizser), Lote (Ew2245), Dosis (Segunda); cuando reparé en que nos mirábamos y que segundos antes nos habíamos sonreído. Una de las instructoras, palmariamente, extraordinariamente, joven. Sensación por meses adormecida, nula, me excité.”

 

III

“¿Le llamaba la atención la camiseta blanca que escogí, para facilitar —la manga subida a la altura del hombro— el pinchazo, y cruzada de aforismos ni más ni menos que escritos por usted, entre ellos el que sentencia EL DIÁLOGO DE LOS LIBROS PRODUCE UN RUMOR DE HOJAS SECAS ¿(le sorprendería saber cómo llegó a mi poder)? ¿O el saco de lino negro, arremangado, con todo y su pañuelo vistoso, que coloqué en el respaldo de la silla? ¿O mi gorra a gajos multicolores? ¿O mi bolso de piel negra? ¿O los cucos tenis, con calcetines a la altura del tobillo? ¿Yo? Miradas que van y vienen, inesperadas, insólitas. Al momento de pasar a la zona de reposo, media hora, nos despidió una sonrisa. Únicamente nos faltó intercambiar señales, las que fueren. Para mí todo había cambiado”.

 

IV

“Lo dice la fotografía que con el celular tomó mi acompañante. Ya en casa, comí con inusual apetito, hice una siesta y me dispuse a una tarde lectora. Con eso de que las librerías, cierran, abren, vuelven a cerrar, sacio mi compulsión librera en los puestos de periódicos. A tres colecciones guardo devoción: una de aventuras, otra dedicada al pensamiento y la tercera a mujeres legendarias o de hazañas por ser conocidas. Reconozco que acecho cada “novedad” como si se me fuera la vida. Esta vida nueva. Me explico. Dividí la tarde, y parte de la noche, entre una bien pensada y escrita aproximación a Walter Benjamin, por Carlos Marzán, y una no menos amena biografía de la baronesa Isak Dinesen, tan danesa como africana, debida a Eva Díaz Robelo. Cazadores de fina puntería ambos, Walter de quimeras culturales reales; Dinesen de bestias en si esculturas. De fondo: divas del blues y del jazz. Aunque, debo confesarlo, en momento alguno olvidé a la chica de esa mañana. La veía verme, me veía verla. Y sonreírnos. Cené ligero y a poco rato me sumergí en la almohada. Soñé con ella de tan vívida manera que pensé en la fiebre, posible efecto de la vacunación. Pero no, no. El sueño se construía con su propia materia. Desnudos los rostros, recorríamos el Parque de la Conchita, entrábamos al templo, nos sentábamos en las bancas para abrazarnos y besarnos entre explosiones de ternura. La Peste había quedado atrás.”

Y tantán.

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