¡MOCHILA AL HOMBRO!

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

¡MOCHILA AL HOMBRO!

Leer está de moda, y con esta afirmación retornan a mi presente algunas frases como la que encabeza esta columna y cada mañana escuchaba en la voz de mi abuelo, al encaminarnos hacia la escuela. Sí, amigo mío, yo fui niña de mochila al hombro. Y permítame contarle de su contenido: por la mañana, una libreta con divisiones para las diversas materias en español, una más para los ejercicios de caligrafía, un diccionario (vocabulario, sinónimos y antónimos) y una cartera con manguillo, lápices, plumillas y pluma fuente. En la mano un sempiterno tintero y una cajita de pastillas Garde como estuche de las plumillas de cambiante uso diario para el manguillo ─instrumento desconocido por los colegiales de hoy. Dos veces por semana, un cuaderno para dibujo y lápices de colores, de madera y de cera. Por la tarde, otra libreta con divisiones y el diccionario inglés-español, obedientes auxiliares en las labores vespertinas en lengua inglesa.

Al cursar el quinto año de Primaria fuimos iniciados –mi colegio era mixto– en la lengua francesa, y un nuevo amigo llegó a mi vida: mi adorado Petit Larousse francés-español. Madame Dégrais, nuestra profesora, nos enseñó a consultarlo.

Rosas de la infancia, de María Enriqueta; Corazón, de Edmondo d’ Amicis; Lecturas literarias, de Amado Nervo y El jardín de las letras, de Carlos González Peña, fueron títulos inevitablemente asociados con mis primeros pasos por la vida. Una hora de lectura matutina en español; una en inglés y otra en francés en las horas vesperales marcaron el compás de mis años verdes.

Sí, mi mochila era pesada y nadie me ayudó a cargarla jamás. Mi abuela –matrona espartana– no permitía a otro brazo hacerse cargo de mis responsabilidades. No fui niña consentida, sino receptora de una educación especialmente laica y muy ambiciosa. Mis maestros del Instituto Cervantes, donde recibí la enseñanza primaria, en la Ciudad de México, pertenecían a la España del Exilio. Su vocación instructora y educadora era total, y el currículo, un sólido compromiso para formar a sus educandos.

Si bien conocimos con profusión la historia de México, no nos fue ajena la de España y la de Roma, Magna Mater de los peninsulares. Una hora cada viernes recibíamos un curso de Contextualización de frases latinas, dirigido por el director del Instituto: oídos y conciencias se abrieron hacia las verdades universales: allí iniciamos los primeros escarceos en las letras clásicas. Durante el último año escolar, ideas y palabras ya inflamaban nuestros infantiles corazones al escuchar la voz de Cayo Julio César, el célebre militar e historiador, en sus Comentarios de la guerra de las Galias. Así visitamos a Virgilio, a Horacio, a Tibulo, a Propercio y a Ovidio, contemporáneos de Augusto y descubridores de las delicadezas literarias que innumerables veces cobraron vida en el riquísimo anecdotario de los césares. La respetabilísima presencia de don Rodrigo Giral Siller, director del instituto, nunca fue extraña en las aulas: su visita diaria estimulaba las horas de trabajo y anunciaba el programa social del colegio, alguna visita importante o la invitación a algún concurso y, especialmente, el tema del “viernes clásico para los chicos del tercer ciclo”. Su presencia era esperada cada día con especial interés.

En cada mayo de mi vida ─mes dedicado a las madres y a los maestros─, emerge de mi pasado, con profunda veneración, la singular y extraordinaria presencia de mis amados maestros españoles del Instituto Cervantes. ¡Sea para ellos mi imperecedera admiración y mi permanente gratitud!

 

 

 

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