CIELO INVADIDO

CIELO INVADIDO

Fernando Curiel

 

I

Por residir en el Sur, en un departamento que, cuanto yo estaba metido en lides políticas llamaba “Bunker” (a la par trinchera defensora de “grillas” a matar, y campo seguro de “tenebra”), y ahora que ya no lo estoy, denomino Estudio (paz de libros, cuadros, “chácharas” amadas), llamó mi atención el siguiente E-Mail, caído en mi buzón electrónico, y cuyo contenido suscribo. Al extremo de reenviarlo a diestra y siniestra en ánimo de imitar aquellas propagadoras “Cadenas” del pasado (¿las recuerda?). Esto es una cadena. Reprodúzcala.

 

II

“Yo no sé qué tantas vueltas y revueltas le ha dado usted a la Ciudad de México [la verdad, estuve a punto de contestarle, que… ¡muchas!], pero yo he vivido todo el tiempo en la Colonia Copilco-Universidad, y del retumbar aéreo sólo tenía noticia cuando abordaba aviones de ida y vuelta, o el tiempo que mi Notaría la ubiqué en un local de la entonces Delegación Venustiano Carranza. A toda hora despegaban o aterrizaban en las pistas del Aeropuerto cercano, Jets, Jumbos, avionetas, helicópteros y, los años que duró en el aire el raja-tímpanos Concorde. Los restos de cuya flota imagino pudriéndose en hoscos hangares, al igual que los legendarios negros taxis de Londres agonizan, por falta de pasaje, en corralones de las afueras del puerto. Y sí que eran cómodos, con una valla de cristal, con todo y puerta corrediza, separando al chofer de los ocupantes, que, si eran muchos, podían ocupar sillitas plegables. A lo que me acicatea.”

III

“El cambio de las rutas aéreas, sin decir ‘¡Agua va!’ como solía advertirse en tiempos coloniales, está colmando el vaso en ánimos que la maldita pandemia ya mantiene de por sí alterados. Le llaman en sigilo ‘Rediseño del Espacio Aéreo del Valle de México’. Al cielo del Sur, lo están invadiendo horribles ruidos de turbinas intrusas que no dan tregua al viejo silencio, por no referirme a las descargas de heces que contaminan una atmósfera limpia, acostumbrada tan sólo a esponjosas nubes, nubarrones, relámpagos y rayos naturales. De disculparse son monerías como las de intentar proyectar poesía indígena en la hoja del empíreo, y que la irresponsabilidad de la empresa de drones contratada dejó en ridículo. ¡Pero esta tempestad de ruidos intempestivos, colándose por azoteas, ventanales, ventanucos, cubos de edificios, para reventar en oídos hasta el mes de abril vírgenes! Y eso que el tráfico volátil, con tantas líneas reventadas, no se restablece del todo. ¡Lo que nos espera! ¡Mal haya!”.

IV

“¿Por qué el agresivo cambio aéreo? ¿Decidido por quién? ¿Por qué no avisaron para proveernos, además de cubrebocas, gel, paciencia franciscana ante la ineptitud gubernamental frente al coronavirus, de tapones auditivos? ¿Quiénes diablos se creen para dictar medidas ante las que el idiota por imposible cambio del nombre de la Ciudad de México por la marca CDMX, o el re etiquetado indígena de algunas de sus calles (¡pero si la Conquista pasó hace siglos!), semejan babosadas contrabandeadas de justicia histórica? ¿Acaso vivimos ya sin remisión en manos de Poderes chicharroneros? Al principio me hice guaje, di oídos sordos. Hasta creí entretenerme imaginando a dónde partía tal o cual vuelo, de qué sitio provenían estos otros. No funcionó. Las rajaduras del cielo me seguían a donde se me ocurriera huir, un clóset, debajo de una cama, el volumen a todo dar de la radio o de la casetera o del televisor, la desempolvada tienda Boy Scout en la que me meto. ¡Imposible! El estrépito invasor me acechaba, me sumía en lúgubres pensares y rabiosas mentadas de madre. Para consolarme, pensaba en el estrés de los pilotos y de los controladores aéreos, arrojados porque sí a regiones desconocidas. Y nosotros allá abajo, aguantando ya no lo duro sino lo tupido. A segundo plano pasó el ulular gimiente de las ambulancias, a toda hora, nuevo sonido de fondo de la capital. Una adorada amiga, que gusta trabajar frente a su ventana, me cuenta cómo a cada rato, el paso, la enorme panza de los Boing, le oculta al mismísimo Astro Rey”.

V

“¿Qué me queda por hacer? ¿Volverme loco? ¿Ampararme como lo están haciendo algunos vecinos? ¿Cambiarme de domicilio, abandonar una Colonia que me sé a pie juntillas? ¿Qué me sabe a mí, niño, joven, maduro, viejo? ¿Quién carajos me asegura que no les dará por volver a modificar el mapa sobre nuestras choyas? Nadie. ¡Nadie! Caigo en la cuenta de que, de seguir como vamos, dando traspiés, golpeando a ciegas, una ocurrencia aquí y un caprichito allá, no nos queda más que prepararnos al Juicio Final”.

Y tantán.

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