CATÁSTROFE

CATÁSTROFE

(TEATRO PANDÉMICO)

Eulogia Crespo

 

La Línea 12 del Metro, llamada por sus artífices, como un colega de blog ha señalado, sin misericordia (yo añadiría sin recato), “Dorada”, solución técnica a un problema ingente, comunicar la zona oriente de la capital, se fue convirtiendo en cada etapa de su construcción, en un ejemplo atroz de desaseo, componenda, carga de profundidad.

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Vicios de origen que salieron a la luz, apenas inaugurada. Manchas en el diseño, la planeación, la ejecución, el mantenimiento. Punto nodal, el cambio de curso enteramente subterráneo, al de trechos elevados. Lo que debió agudizar la prevención del sistema, al costo presupuestal que se requiriera.

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Pero no ocurrió así. En la medida que, en rejuego político, la Ciudad de México disque entraba a la Modernidad, remudaba sus regencias, incluso se promulgaba una no menos viciada de origen Constitución, la Línea 12 quedó al garete.

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Y la noche del 3 de mayo, en la estación Olivo, en Tláhuac, ocurrió la catástrofe por mil señales anunciada. La rotura de una trabe, desplomó dos vagones, aplastó vehículos que circulaban bajo el tendido, mató a 29 pasajeros, cobró decenas de heridos, hizo correr para salvarse a niños en situación de calle que pernoctan bajo el puente.

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Las historias particulares de los caídos, informan la brutal realidad, a la que no podremos escapar. Y ante la que fantochadas como la de políticos opositores tomándose una selfie en el lugar del siniestro reclamando insensibilidad presidencial, o la insólita respuesta de “¡Al carajo!”, o la babosada de una senadora de afirmar que una mano perversa movió la trabe, suenan, todas, a insulto a su memoria.

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Por décadas el Metro de la Ciudad de México lució a la ingeniería mexicana, a la capacidad administrativa de vigilante operación y preservación, traducidas en seguridad y eficiencia para millones y millones de usuarios; extendiéndose bajo tierra como decidida solución pública al transporte masivo.

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Pero lo asedia y termina por tomarlo la “política”. El luto, el pesar, la duda, el realismo, la resignación  permean ya las ingentes interrogantes. ¿Pagaran los responsables? ¿Qué sucedió, qué pudo impedir el desplome? ¿Se aprenderá la lección?

 

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