METRO

METRO

(Agenda urbana)

Fernando Curiel

Noticia

En sus profundidades ningún Metro se parece a otro; pero cuando emerge y cursa por puentes elevados, todos se igualan en los extremosos cuidados ingenieriles y de orden técnico, porque si en las entrañas pueden ocurrir accidentes, no ponen en riesgo más que a los pasajeros. Salvo, claro, el Metro de la Ciudad de México a partir de cierto momento de su notable historia…

El momento de la malhadada Línea 12, bautizada sin conmiseración alguna “Línea Dorada”, que so pretexto de atender un ingente problema social, la comunicación masiva, moderna, de bajo costo de la Zona Oriente de la desparramada al tuntún —pero con la lógica de la especulación— Ciudad de México, dio pie a un amasijo de oportunismo político, improvisación, cambios ayunos de perita consulta, negocios turbios. Presumiblemente.

Presunción que, la noche del 3 de mayo de este Segundo Año de la Peste se pobló de muertos y heridos al colapsar dos vagones, y caer del paso elevado -V de vencimiento. Pasajeros, los ocupantes de un vehículo. Y terrible fue el susto de los indigentes que pernoctan en la base de trabes a la postre de papel. Y de los vecinos, previendo lo que, pudiendo no haber pasado, pasó. Conmoción, dolor, luto.

No debe de perderse de vista el reflejo del conductor que impidió que los vagones desplomados arrastraran a los que habían librado el vano…

El caso es que esta “fantasía” la escribí, después de que, a un grupo de amigos nos congregara una singular empresa, CULTURA MATERIAL, que urdió la guía El Metro, puertas a la cultura, y antes de la aparición de mi libro de aforismos Tren subterráneo, dividido no por Capítulos sino por Estaciones.

A continuación, me permito compartirla con quienes favorecen PUÑO ELECTRÓNICO. Sin desaprovechar la ocasión para algunas enmiendas.

Texto

El primer cráter se abrió en el Anillo Periférico, a la altura de Las Flores, dirección Sur-Norte, poco antes de las doce del día.

No menos de cinco metros cuadrados de asfalto estallaron antes de desplomarse junto con numerosos automóviles (las estadísticas oficiales consignaron 20 muertos, nosotros 100).

Algunos conductores, que lograron frenar, fueron empero lanzados al súbito cráter por quienes manejaban tras ellos a más de ochenta kilómetros por hora.

Un minibús escolar se columpió antes de hundirse irremisiblemente.

La oleada de pánico refluyó hasta Xochimilco (aunque la policía acordonó el sitio de inmediato, cubriéndolo con una carpa amarillo yema, no pudo ocultarnos la evidencia de un boquete negro, negrísimo, fragante a cieno).

Durante cerca de seis meses la circulación de automóviles se desvió al carril lateral.

Una comisión de expertos, campanudamente calificada de “multi institucional y pluri disciplinaria”, investigó los hechos in situ protegida por la carpa que de amarillo brillante pasó a amarillenta (inútil protección de ese sol que, a últimas fechas, nos salpullía la piel, pero, ante todo, del morbo legítimo que nos instigaba esta nueva calamidad capitalina).

Un escueto comunicado, que en realidad no suscribía abiertamente organismo alguno, local, federal o académico, confirmó lo que ya se sabía. A los vehículos y a sus ocupantes se los había tragado la tierra.

Si bien se tendió un puente de fierro sobre “El hoyo de las Flores”, el tráfico, receloso, siguió fluyendo por la lateral del Periférico, congestionando a todas horas el trayecto entre Avenida Toluca y Barranca del Muerto (y aún más lejos).

Empezaba apenas a usarse el puente de fierro cuando un segundo cráter, este descomunal, devoró, también un mediodía, la Estación Bellas Artes del Metro…

¿Recuerdas el penetrante olor a fango? ¿Los muñones de las vías cercenadas? ¿Ese vagón encallado en uno de los bordes que pendía como una espesa lágrima color naranja?

 

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