POETAS EN EL EXILIO. Pedro Garfias y su Primavera en Eaton Hastings

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

  

POETAS EN EL EXILIO

Pedro Garfias y su Primavera en Eaton Hastings

 

¡Qué terrible palabra encabeza esta columna! ¡Exilio! Me ha llegado con algunos versos del poema indudablemente ya leído por usted, sobre todo si conoció a su autor, Pedro Garfias, quien hará ya muchos años, avecindado en nuestro país, vivió sus añoranzas en tierras neolonesas. Una tarde lo vi sentado en una barra mirando fijamente su copa; no pude acercarme: temí llorar con él. La pasaba mal, muy mal: alejado de sus lares patrios agonizaba por la ausencia del amor materno ─su amada “piel de toro”─ y el desgajamiento de las propias raíces.

Pedro Garfias

Primavera en Eaton Hastings. Poema bucólico con intermedios de llanto narra la epopeya emocional vivida durante una estación en tierras británicas, mirando y mirando y recordando y recordando el horizonte abandonado. En 1939 lo publicó el Fondo de Cultura Económica en su Colección Tezontle. Tengo a la vista mi edición, la segunda, con el sello de era (1962).

Garfias consideró a Osuna, Sevilla, su lugar de origen, si bien nació en Salamanca, España, el 20 de mayo de 1901. En abril de 1939 va desterrado a Inglaterra:

 

 aunque el silencio cruja y se despierte el cisne

–que es propiedad del rey– y quiebre aleteando

las aguas impasibles; aunque las aguas corran

a golpear la orilla con sus tiernos nudillos

y el rumor se propague por el bosque curioso

y llegue a despertar la brisa, que dormía

tras la colina curva; aunque la brisa vuele

a sacudir los prados y pulsar las ventanas;

aunque el temblor sonoro se extienda a las estrellas

y perturbe un momento su formación tranquila

mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando

mi llanto de becerro que ha perdido a su madre.

 

En ese mismo 1939 Garfias marcha hacia tierras mexicanas donde residió hasta su muerte. Fue docente de la Universidad de Nuevo León. Después de una importante actividad cultural, murió en nuestra ciudad de Monterrey el 9 de agosto de 1967.

La tierra dando vueltas va alejándose

con la soga del tiempo a la cintura.

Fuera del tiempo y el espacio estoy

con mi vida enlazada por sus puntas.

No olvidaremos a otros poetas exiliados que ya no regresaron a España, y cuya obra permanece en libros y en revistas de gran calidad, peninsulares e internacionales: Juan Ramón Jiménez, José Moreno Villa, Pedro Salinas, Emilio Prados. Tengo presente, con afecto inmarcesible, a mis amados maestros: Luis Cernuda, sevillano de incomparable voz elegíaca, en cuya trágica actitud parecía revivir toda su patria andaluza, y al malagueño Manuel Altolaguirre, editor y tipógrafo impecable, maestro único en estos menesteres, de quien recibí mis primeras lecciones editoriales y el maravilloso acercamiento al mundo tipográfico. Ambos poetas marchaban cada día con la mirada triste, agobiada, nostálgica, invadida por un sangrante abandono de la tierra a la que, bien lo sabían, no habrían de volver. Aún hoy, tan lejos en el tiempo –no en el recuerdo─ escucho sus voces: pausadas, agónicas, como ausentes.

José Moreno Villa

¡Expatriado!, ¡exiliado!, ¡desterrado!, adjetivos malsanos, crueles, ingratísimos, cargan en su aljaba negra el dolor y la agonía, el resentimiento por la injusticia, y la impotencia amarga ante el futuro. Quien haya conversado con alguien cobijado por este herrumbroso fardo habrá reconocido en sus ojos la añoranza fallida.

Luis Cernuda

Quizá todos guardamos en nuestra historia la congoja del exilio en tantas de sus formas: desde el primero y fatal del útero sagrado, hasta el ineludible cuando hemos de fundar un nuevo hogar; no se diga del adiós a la ciudad amada, a los amigos inolvidables… y cuando nos llegan esos momentos, decimos con Garfias:

Andar es lo ordenado.

Seguir nuestro camino

llevando a los costados

el césped satisfecho

y el alto pino, demasiado alto.

Así nuestra palabra

va bien con nuestro paso solitario.

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