Vida en Londres ofrece una enorme riqueza de perspectivas y de temáticas

Vida en Londres ofrece una enorme riqueza de perspectivas y de temáticas

Virginia Guedea

 

Palabras de presentación de Vida en Londres, leídas en septiembre de 1999.

 

Una confesión antes de empezar. Al invitarme el autor del libro que hoy presentamos a tomar parte en este acto, con mucho entusiasmo y ninguna reflexión, acepté de inmediato. Si bien la lectura de la obra me resultó una experiencia particularmente grata, lo peculiar de su naturaleza y lo alejada que parecía encontrarse del campo de la historia, que es el que en lo personal cultivo, despertaron en mí una enorme inquietud respecto a cómo llevar a buen término la tarea que me encomendara Fernando Curiel, inquietud que, debo confesar —entre otras cosas porque ustedes sin duda se percatarán de ello— no he podido acallar del todo. No obstante, una vez reconocida mi natural falta de aptitudes para hacerle plena justicia, al tratar de organizar las notas que sobre el libro había ido tomando mientras lo leía, caí en la cuenta de que de alguna manera quedaba comprendido dentro de mi campo de trabajo. Me quedó claro que la tercera edición de Vida en Londres era muchas cosas, por lo que podía ser visto como un testimonio histórico, y que también de alguna manera podía yo abordarlo, ya que se trataba no sólo de un testimonio histórico sino el que nos ofrecía alguien de mi misma generación, esa generación que en buena medida tenía vuelta por entonces la mirada a la capital inglesa, a la que desde la década anterior, la de los sesenta, consideraba, nada más ni nada menos, como la capital mundial de la modernidad.

  Visto como testimonio histórico, Vida en Londres ofrece una enorme riqueza de perspectivas y de temáticas. Esto puede constatarse tan sólo revisando su por demás original estructura, en la que cada capítulo resulta sorprendente y agradablemente distinto. Los hay de cortísima, corta y mediana extensión; los hay en que el autor nos da su muy particular punto de vista mientras que en otros nos brinda precisa información sobre algún tema; asimismo encontramos algunos más que se ocupan de recoger recortes de periódico, o poemas o algún otro tipo de documento, coetáneo en la mayoría de los casos, incluyendo numerosas ilustraciones de muy diversa índole. Respecto a este último punto, el de las ilustraciones, debo decir que en mucho contribuyen a que se trate, como bien se señala en alguna de sus páginas, de un “libro ilustrado”, pero que este adjetivo lo merece en más de un sentido.

Por otra parte, y como asimismo se registra en él, se trata también de una audacia experimental tipográfica que da cabida a muy diferentes expresiones, tanto de los textos como de las imágenes. Es un libro para leer y para “hojear”, con h y sin ella. Algo que debo destacar aquí es que, no obstante ser una muestra asombrosa de diversidad capitular, de estar profusamente ilustrado y de constituir una audacia y un experimento en cuanto a su tipografía, hay una especie de clásica simetría en cuanto a su estructura y hasta en el número de páginas que contienen las dos partes en que está dividido el libro, compuestas cada una de doce capítulos y separadas por un entretenido intermedio compuesto en su totalidad por lo que, usando un lenguaje del siglo XIX, podemos llamar «vistas» de la capital inglesa. Una aclaración antes de seguir adelante. Esta referencia —y alguna otra que pueda aparecer— al siglo XIX se deben, desde luego, a que se trata de mi centuria favorita. Pero también a que Vida en Londres tiene algo de decimonónico e incluso, si se me apura, hasta de dieciochesco. Prueba de ello es el reconocimiento que en su primer párrafo su autor hace al momento dorado que para el ejercicio de nuestra Educación Sentimental —así con mayúsculas— representa viajar a Europa. También la cita de José Blanco White que se recoge al inicio del último apartado del volumen, titulado “(Casi) 25 años más tarde”.

Dado que el libro se construye y articula alrededor de la estancia que en Londres hizo Fernando durante varios meses hace ya casi tres décadas, y dado que da cuenta de la manera en que el autor hizo suya, y para siempre, a la capital inglesa, Vida en Londres puede inscribirse en ese género tan grato —y tan útil— a los historiadores, en particular a los que nos ocupamos de la centuria pasada, que es la literatura de viajeros. Con una modalidad novedosa: hasta ahora quienes nos hemos ocupado de historiar a nuestro país nos hemos beneficiado principalmente de los relatos de viajeros que del exterior arribaron a México y nos dejaron interesantes testimonios sobre la realidad que en él encontraron. Creo que deberíamos de recuperar también como fuente histórica los relatos que algunos mexicanos —tal el caso que hoy nos ocupa— nos han dejado sobre sus experiencias en el extranjero, tanto para conocer la realidad que en tierras ajenas encontraron como para contrastarla con la nuestra.

En este último aspecto, el de la posibilidad de comparar realidades diferentes, Vida en Londres nos ofrece muy diversas e interesantes aportaciones. Una de ellas aparece en el capítulo I de la Primera Parte, donde se establecen ciertos puntos de posible comparación entre la que fuera la otrora conocida como la Muy Noble y Muy Leal e Imperial Ciudad de México, Cabeza de todos los Reinos y Provincias de la Nueva España y Metrópoli de la América Septentrional —o sea nuestro actual Distrito Federal— con la capital inglesa y donde —dicho sea de paso— encontramos algún acertado pronóstico, como el de que la Ciudad de México podía superar en un futuro próximo —acordémonos que el libro fue escrito en 1971— a la de Londres en cuanto al número de habitantes.

Otra aportación más en este sentido se da en ese mismo capítulo, en cuyo título se hace un homenaje al inventor de la televisión y en el que se compara la televisión inglesa de entonces con la mexicana, al tiempo que se nos proporciona información veraz y de primera mano sobre la inglesa, la que por entonces —se nos dice— era poca —tan sólo tres canales— pero buena, tanto en su vertiente comercial como en la no comercial. En la comparación que de las televisiones mexicana e inglesa hace Fernando, resulta superior esta última por la calidad de su información, documentación, evaluación y crítica de la realidad británica y por la enseñanza electrónica, aunque también es criticada por el autor a causa de ser tediosa y presentar comerciales infumables y empalagosos —los adjetivos son del autor—. Y si bien éste reconoce que la inglesa hace propaganda indiscriminada del establishment, nos precisa que la mexicana la supera con mucho en este aspecto.

Pero lo que más llamó mi atención, y por obvias razones, fueron las interesantes y sesudas reflexiones que hace el autor del libro respecto a la relación que tienen una y otra televisión, la inglesa y la mexicana, con la historia. La primera —la inglesa—, al decir de Fernando, la asume con plenitud mientras que la segunda —la mexicana— la deja completamente de lado. Creo que esto último no es del todo exacto. Más que hacer a un lado a la historia, pienso que en la televisión mexicana, al igual que en otros medios de comunicación, se ha asumido una historia de México poco histórica, digámoslo así, esto es un pasado que no pasó pero que se decidió adoptar como propio. Actitud que, en honor a la verdad y dicho sea sin ánimo de ofender, no se originó en los medios de comunicación y que no ha cambiado demasiado.

Otra institución inglesa analizada con cuidado por el autor es el pub inglés, al que compara con la cantina mexicana en ánimo de cumplir con su compromiso, explícitamente asumido en el libro, de estudiar en Inglaterra las instituciones que trasladadas a México pudieran servir a la mejor felicidad del pueblo. Esta tarea la lleva a cabo en el capítulo VI de la Primera Parte, titulado “Primera carta a un amigo progresista, o la reforma de la cantina mexicana a la luz, radiante, de la inglesa”.

En este capítulo, Fernando hace un interesante análisis de los pubs y su función social, los que proporcionan un espacio cotidiano de esparcimiento a los parroquianos al tiempo que son promotores del pasado, de algún momento del pasado de su país. Al compararlos con las cantinas mexicanas encuentra que su principal desemejanza es que éstas no permiten el paso a la mujer. Entrar a una cantina, nos dice el autor, expresa voluntad de exilio. No postula una estación normal de la existencia. Esto se debe, según Fernando, a la ausencia de la mujer, copropietaria de la vida y dadora de la normalidad.

Reformar a la institución mexicana ofrece, en su opinión, varias ventajas, tanto de índole económica como social. Unas y otras resultan bien importantes, aunque aquí voy a referirme tan sólo a una de estas últimas, la relativa a que las cantinas abran sus puertas de par en par a todo tipo de personas, lo que permitiría que todos departieran con todos. Hombres y mujeres, ricos y pobres, viejos y jóvenes. Esto es, su propuesta era en el sentido de que las cantinas dejaran de ser excluyentes y se convirtieran en instituciones incluyentes, lo que en cierta forma constituiría un paso más hacia la modernidad.

Tema casi tan actual como el de contar con instituciones incluyentes es el de la participación de México en los mercados mundiales, producto de una globalización que si bien se inició hace muchísimos años —hay quienes dicen que desde el siglo XVI— en los últimos tiempos se ha convertido en una tendencia incontenible. La problemática isleña de Inglaterra, de la que se ocupa el capítulo VII de la Primera Parte, no resulta tan ajena a un país como el nuestro, cuya geografía y cuya historia se han confabulado para marcar con el aislamiento su desarrollo. Así como el inglés, al decir del autor, no había decidido a principios de la década de los años setenta su verdadero lugar en el mundo, esto es dudaba en ser isleño o europeo al enfrentarse a la necesidad de tomar una decisión respecto a pasar o no a formar parte del Mercado Común Europeo, así recientemente los mexicanos hemos dudado, y seguimos dudando, en definirnos ya sea como latinoamericanos ya como norteamericanos para cuestiones de índole al parecer comercial pero que en el fondo conllevan toda una muy particular y diferente forma de vida.

Un testimonio que permite no sólo apreciar el tiempo transcurrido desde que Vida en Londres fuera escrito sino cuánto han cambiado ciertas cuestiones es el que contiene el Capítulo XII de la Segunda Parte, en el que se narra con algún detalle lo ocurrido durante una manifestación de estudiantes celebrada en la capital inglesa el domingo 23 de enero de 1972. No deja de resultar doloroso el hacer comparaciones, pero quizá tenga un costo mayor emocionalmente hablando el dejarlas de lado, por lo que haré siquiera una breve mención del asunto. En primer término, las manifestaciones de descontento estudiantil hace ya rato que dejaron de hacerse en otras latitudes. Por otra parte, los contestatarios, si bien contaban con la simpatía de diversos sectores sociales, pertenecían en su totalidad a la academia y se enfrentaban a unas autoridades manifiestamente empeñadas en incrementar su control sobre ellos. Esto es, los actores y los papeles estaban definidos con bastante claridad, lo que al tratar de entender lo que ahora sucede en nuestra Universidad Nacional Autónoma de México produce no poca añoranza y aumenta enormemente la angustia de enfrentarse a una situación que se antoja del todo inédita.

Respecto a los cambios a que puede dar lugar el tiempo transcurrido, encontramos otra muestra en el capítulo V de la Primera Parte. En él se hace referencia, entre muchas otras cosas de interés relativas a la moda de esos años y a su relación con la vida política, a cuando se cortó el pelo Abe Hoffman —uno de los “Siete de Chicago”—, o sea a cuando el pelo largo perdió su carácter de honesta inconformidad social. También en este aspecto se ha pasado en los últimos tiempos a la indefinición. Ni el pelo largo ni el corto son ya necesariamente testimonio de inconformidad social, por no hablar aquí de la honestidad que pueda invocar, con derecho o sin él, esta inconformidad. Así, uno de los más publicitados dirigentes del CGH tiene el pelo largo, larguísimo, mientras su principal “lugarteniente” lo lleva a rape, lo que para nada impide actúen de común acuerdo.

Otra muestra más de que los años no pasan en balde es el capítulo IX de la Primera Parte, que se ocupa de analizar la personalidad y biografía del inventor del brassiere y que resultaba del todo actual en el momento en que la modernidad demandaba el “no uso” de dicha prenda, uso que en los tiempos presentes se encuentra no sólo del todo legitimado sino promovido por medio de grandes despliegues publicitarios. Díganlo si no los gigantescos anuncios que adornan nuestras llamadas vías rápidas y que han servido tanto de motivo de protesta por parte de quienes los consideran impropios y ofensivos a la moral como para hacer más llevaderos los embotellamientos cotidianos a no pocos de quienes se ven obligados a transitar por la ciudad.

Son muchos, muchísimos más los temas de interés que encuentran cabida en Vida en Londres. Podría mencionar aquí algunos, como son el de la reforma de un género macabro o de cómo hacer mejores obituarios, o la sugerencia de adoptar una nueva forma de difundir la poesía mediante el uso del teléfono, pero creo que cada lector tiene derecho a buscar y a encontrar los que le resulten más llamativos. No obstante, hay un capítulo, de hecho dos capítulos, que no quiero dejar de mencionar, ya que me resultaron particularmente gratos. Me refiero a la “Galería de personajes inolvidables” que compone el capítulo IX de la Segunda Parte del libro y al que le sigue el que lleva el número X y el título de “Posdata al capítulo anterior”. La Galería empieza con el retrato de Queen Victoria y termina con el de Virginia Woolf, pasando por otros 12 retratos que contienen las imágenes de otros 14 personajes, escritores todos ellos, mientras que la Posdata contiene tan sólo un retrato y un personaje, nada menos que William Shakespeare. Estoy de acuerdo en que son inolvidables todos, o casi todos. Además, también estoy de acuerdo en lo que se nos dice sobre ellos, información que se registra en el reverso de cada uno de los retratos. En una primera lectura me hizo falta la presencia de John Keats, pero esta omisión casi quedó compensada —digo casi— al percatarme que buena parte de los personajes pertenecían al siglo XIX y que en su mayoría habían nacido en él.

Para terminar con estas notas quisiera repetir aquí la aseveración que en su libro hace Fernando relativa a que Vida en Londres destila felicidad. Sólo me resta agradecerle a su autor la muy particular y temeraria muestra de amistad que me diera al invitarme a comentarlo y a ustedes su paciencia por haberme prestado su atención.

Muchas gracias.

 

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