DOÑA ALICIA ARGÜELLES

Hace ya muchas letras

ANA ELENA DÍAZ ALEJO

 

DOÑA ALICIA ARGÜELLES

 

Mayo, mes en el que tradicionalmente rendimos homenaje a los maestros. Suelo desobedecer esta clase de imposiciones comercializadas, pero me es inevitable traer a este ahora viejas memorias de mis años niños, si bien usted y yo lo sabemos: no sólo en nuestra edad escolar recibimos enseñanza: nos visita cotidianamente si dejamos nuestra puerta franca.

Desde nuestra maravillada silla escolapia, mi hermano y yo iniciamos, azorados, un gran viaje: conocimos personas, lugares, magos, libros, versos, animales, personajes, historias. El mundo llegó a nosotros desde la voz primera que nos mostró la luz: esa voz fue la de nuestra profesora de primeras letras. De esa voz inolvidable conservo un recuerdo perenne: ahora mismo aparece ante mí el saloncito donde recibíamos su palabra fresca y alegre: un escritorio en cuya carpeta un enorme diccionario presidía la pequeña asamblea; a su espalda, un librerito con una obra enciclopédica, huésped de honor en mi memoria y en mi biblioteca: el tesoro de la juventud, con su militar traje oliváceo. A un lado, el pizarrón, misteriosamente vestido de negro, con una cajuelita adjunta, receptáculo de algunas barras de gises y un borrador de gamuza, objetos quizá muy familiares para usted y para mí y hoy sólo dos vocablos en desuso ya muy extraños en estos tiempos: pizarrón y gises. A la izquierda, una ventana dejaba ver un jardincillo de árboles frutales sembrados por mi abuelo. Y aún escucho claramente una premisa: “Debe leerse con luz izquierda”. Ignoro el motivo de esta orden, pero, obedeciéndola, sigo manteniendo mi zona de trabajo al amparo de aquella luz izquierda prescrita por mi maestra. Y por esos momentos añejos, permítame evocar con usted el amado, el respetado nombre de mi profesora, doña Alicia Argüelles. Ella enseñó a aquellos cuatroañeros, el poder de la lectura. Con un apuntador –varita mágica esgrimida por quienes se entregaban a la noble tarea de iniciar a los párvulos en el arte de reunir sonidos y transformarlos en imágenes–, iba señalando en la pizarra el valor de cada signo. Y el mundo se abría… y tomaba color… y todo era más claro… y revelaba significados desconocidos, arcanos. Con el alfabeto aprendimos el nombre de los insectos, el de las estrellas, el de los árboles, el de las flores, el de los metales, el de los países. Y el mundo se abría… Bajo su tutela, experimentada y bienhechora, descubrimos las frases inductoras de nuestra afición a la lectura: ella conducía amorosamente nuestra curiosidad original por las líneas de una obra aún presente en mi vida: el ingenioso hidalgo don quijote de la mancha. versión para niños. Ballescá, 1936.  Y el mundo se abría… Y en nuestra imaginación coloreada por el tono pausado de mi maestra, el maravilloso manchego combatía contra los molinos de viento y soñaba con Dulcinea y se lanzaba en sublime locura a “desfacer entuertos”. Él era nuestro héroe. Y el mundo se abría…

Hoy tengo frente a mí una hermosa y docta edición de El Quijote pero, lo sé muy bien, nunca podrá superar a mi hermosa, a mi munífica “versión para niños” donde el mundo se abría y se abría y se abría…  desde la voz generosa de doña Alicia Argüelles. ¡Gracias, Maestra!

 

 

 

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